Moyano y Milagro Sala, el esquivo password al 2011

Las entrevistas a Pablo Moyano y a la líder de la organización Tupac Amaru que encabezan esta edición contienen definiciones importantes y, a la vez, permiten bocetar un análisis.

El camionero es hijo del jefe de la CGT, símbolo de la defensa de los trabajadores en blanco y del sindicalismo peronista. Sala moviliza a los desocupados, desarrolla cooperativas y arenga con la imagen del Che a sus espaldas.

Ambos abruman con cifras poderosas. Moyano recuerda la multitud del 30 de abril en la 9 de julio, promete 70 mil camioneros en Vélez el próximo día 15 y se jacta de que su sindicato tiene más capacidad de inaugurar sanatorios que cualquier gobernación. La jujeña sostiene que en la creación de puestos de trabajo en Jujuy «después del Estado y de Ledesma, venimos nosotros». Habla de 70 mil afiliados en su provincia y, sobre todo, de 3000 casas construidas. La Tupac posee fábricas (textil, metalúrgica, de caños, de bloques) y realiza una enorme tarea educativa y sanitaria.

Este poder de organización social y gremial tiene orígenes que pueden rastrearse en una militancia que trasciende esta década pero que sin dudas encuentra un punto de consolidación a partir de mayo de 2003. Los gobiernos de los Kirchner han contribuído de manera decisiva, con recursos y apoyo político disímiles pero concretos, con el crecimiento de ambos. Sin embargo, el meridiano político no parece alcanzarlos en ninguna intersección.

Los cegetistas se posicionan en el universo peronista para meter baza a la hora de ungir al candidato de 2011. La Tupac Amaru fue la estrella de la Constituyente Social de la CTA de octubre del año pasado. La pira de la polémica sobre la personería de la central liderada por Yasky y De Gennaro vuelve a encenderse. En ese debate sindical, en el que Pablo Moyano afirma irreductible que “la creación de muchos sindicatos por rama debilita al movimiento obrero”, se anuda el conflicto madre que hoy obtura una alianza superadora de los sectores populares.

Trabajadores en blanco y desocupados, obreros sindicalizados y argentinos excluidos organizados en cooperativas, conforman un bloque social que podría convertir al Estado en una herramienta política transformadora que no dependa de iniciativas institucionales espasmódicas.

La distancia política que hoy los separa es estrictamente proporcional a la dificultad de que un proyecto popular que pretenda continuar de manera virtuosa el proceso insinuado (o iniciado, según quien lo vea) desde 2003, pueda acceder con posibilidades al dificilísimo ballotage presidencial de 2011.

Como se dice acá de manera bella y contundente, cuando venga la malaria “lo único que va a quedar es lo que no pueda ser destruido”. Las exitosas experiencias de Camioneros y de Sala, sus sanatorios y sus viviendas, tal vez se enrolen en esta definición.

Quienes entienden la política como el arte de construir mayorías y no como un ejercicio de monotributismo electoral, están obligados a poner su granito de arena para encontrar en 2011 la clave que nos conduzca hacia un horizonte más promisorio que un aciago destino de resistencia.

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