Mis parientes, los locos, me persiguen

Los locos me persiguen.

Se quieren tomar venganza por mi huída de su ghetto consistente en camas desventradas; expuestos al viento, cigarrillos mangueados y coronitas de flores de papel de cigarrillos, al decir de Charly.

Los encuentro a la vuelta de cada esquina como quien se topa con parientes en una ciudad donde la familia ha pasado a ser el vulgo menesteroso. El abuelo fue a fosa común y los nuevos venden estampitas. El primo es aquel que vende muñequitos y el tío, el de más allá, cuida las motos. La prima lejana vende gorilas de plástico que dan vueltas. O patitos de patas giratorias en una palangana.

Están ahí. Son muchos. Es una parentela de miles. Flotan, semiahogados por debajo de los 550 pesos de indigencia obteniendo, en mugrosas oficinas, 150. Saben que 8 pibes se mueren de hambre por día. Llevan la información en la sangre mutante: están conectados allí por un vínculo indestructible. Venden biromes en las tardes anestesiadas de este otoño que presagia —lo sé, lo sabemos— un hongo venenoso consistente en una plaga de inflación o licuación del sueldo o jucio sumario y fusilamientos sin cadáveres. En las paredes hay calaveras pintadas que observan y te miran desde sus huecos: Soja Muerte . Hay leche derramada en vano y la cara de un Neustadt todavía vivo en las vidrieras muertas con televisores gigantes: Piper Dakota para de Angelis, Pueblo contra pueblo, Evasión en el campo, Daremos batalla. Titulares de films sin estreno.

Derivan trepando montañas y peldaños con una tarjeta mugrienta que exhiben en los colectivos, mientras hablan del Sida y entregan un almanaquito a cambio de ahorrar para medicamentos de tres dígitos que no existen. Abajo, por los bares, tobas de pelo que más de un Giordano quisiera para sus modelos, ofertan pajaritos multicolores por dos pesos que merecerían estar expuestos en el Malba.

Los locos están sueltos. Les faltan algunos dientes.Usan pulloveres que encontraron en bolsas. Están demasiado zarpados para vivir así. Detecto a un padrino desde el ómnibus: almuerza, merienda y cena al paso, apoyado en la barra de una cantina pero sin barman, solo en el conteinner azul, cuadrado, tan duro como el acero pero plástico: masca algo verde y marrón, que puede ser lechuga con asado, erguido arriba de su caballo pero en cuerpo de bicicleta.

Están locos, tengo miedo por ellos, porque me recluten nuevamente. Soy uno que se les ha desbandado y ya no los quiere reconocer. Viajo más o menos acolchado en mi campera evitando mirarlos a los ojos. Ya no intento hallazgos ni dejo que me expongan como carne salida de manicomio. Este nuevo amanecer me trae remembranzas fuleras: yo fui al colegio, yo tuve una vida, ¿por qué caí entonces? Ahora puedo pensar, elaborar una frase, escribirla en un cuadernito celeste mientras camino y me cruzo con un pariente que no me ve, ocupado en despiojarse. Ha madrugado el pibe alto, un primo de mano pesada que supo hacer guantes con soderos de zona sur y que a todos dejara fuera de combate. Es insomne por épocas. Limpia los vidrios de la civilización de Tribunales que, a esta hora, lleva prolijamente sus hijos al colegio. Y él con las manos en el agua helada, meta estrujar el trapo.

Otro anda por ahí, me tienen cercado. Vende praliné, pero vencido. Es el que los roba de los cines, abandonados en las butacas y al fuego de los que han dormido fuera, los calienta un poquito y los encaja a desprevenidos.

Me da verguenza haberme salido de mis cosanguíneos sin ayudarlos: si los rozo, me caigo al pozo con ellos; si me alejo, los cruzo en cualquier lado. Mejor andar callado, con el conchabo ahora y ser uno más, disimulado, conciente de su destino, uno que alcanzó el trabajo y la salud y al que ya no tocarán ni electroshock, policías o asistentes sociales.

Fue hace unos días, pesqué una buena. Me bañé, resté al canibalismo la necesidad, emboqué un triple y pegué un trabajo seguro apartándome de la selva donde ellos, pobres, todavía están dando vueltas, mareados, enfermizos y babeantes, muy serios con su inconciencia de bestias montunas y yo, esquivándolos, huyendo por ese terror helado de no ser nadie, luego de haber pertenecido a la progenie recolectora de las llanuras junto al río pardo y haber huído de los pabellones, de las lunas frías y los bancos de madera carceleros, la leonera y los huecos en los parques. Del perraje que busca para hacerte compañía como si se dieran cuenta que estás en la vía, del pegamento con que soportar todo o el 22 para llevarte a alguien con vos, a tu agujero, a tu mismo dolor por uno o dos disparos, total, pocas cosas duelen y hay que cobrarse la lastimadura con que se viene a este mundo.

Ya no soy del club ni de la familia de los enajenados: creo haberme salvado. Soy custodio de un gordo de pelo blanco. Me mandó al dentista, me dió este 38 con funda de cuero, otra para el colmillo y una obra social. No quiero saber nada más con los lunáticos.

Solo a un loco se le ocurre que eso que hacen todos los santos días de sus vidas, se le puede llamar vida.

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