Mira quien se opone para saber por qué la apoyo

En “Actualización Doctrinaria….” (Getino y Solanas, 1971) Juan Perón habla de apresurados y retardatarios con sus múltiples interpretaciones de época. Había que ser peronólogo para entender, porque tanto los propios como el enemigo, los que iban de prisa como los que no, los que disputaban la Conducción como los que se avenían a ella, creían haber encontrado su lugar en el Mundo con otra de las genialidades criollísimas del Viejo.
La referencia histórica puede ser falsa, pero al menos es creíble.

Dicen que sólo se puede hacer historia con testimonios directos o indirectos: sin embargo, en la Argentina, el pasado argentino fue reinventado por Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López –y todavía hay calles que los recuerdan como si tal cosa– para construir un presente falso. Alguien dijo alguna vez que Mitre, como historiador, era un buen traductor de la Divina Comedia, y como traductor, un verdadero traidor. Es decir, un traidor en toda la línea.

¿Subsisten los apresurados y retardatarios?

Semejante pregunta soporta distintas respuestas. El “progresismo” argentino, en general, podría inscribirse en un cómodo justo medio: no son ni tibios ni calientes, ni chicha ni limonada, ni apresurados ni retardatarios, porque solo pretenden “modernizar” la sociedad incorporando algunos derechos posmodernos sin cambiar la lógica económica. Dejando todo como está. Y no es que uno adscriba al determinismo dialéctico en sus (también en esto) múltiples interpretaciones, pero la Justicia Social –base de sustento de lo Nacional– ya está sugiriendo la naturaleza económica del problema, por cuanto no la hay si no se pone límite al Capital. A los mercados, se diría hoy eufemísticamente. Libres mercados y Justicia Social son términos antagónicos por más que uno se haga el progresista. Y por eso conviene reflexionar sobre el papel del Estado.

A los retardatarios se los encuentra rápidamente: son los que constituyen el “partido del coloniaje”. Podrá argumentarse que el término es ambiguo, por cuanto no existe hoy, en términos de partidos políticos, uno que se identifique como tal, con representación, sede social y autoridades legalmente constituidas. Es más: todos los integrantes de ese tal partido del coloniaje se esmeran en presentarse a sí mismos como lo contrario de lo que realmente son: Grondona, Iglesias, Morales Solá, Van der Kooy, la Pitonisa Psicótica, entre muchos otros, son argentinos como el que más. O quizás sí lo son y no solamente se presentan como tales, pero no de la Argentina que uno tiene en mente: sencillamente, como diría el Pelado Cordera, una Argentina que nos incluya a todos.

Sueño módico.

Y no es que uno no haya sido también retardatario, pero a su modo, como por ejemplo en los 90: “¡Paren de modernizar!”, pudo haber sido una consigna propia de aquella época, por cuanto cada innovación, cada “modernización”, cada reforma (diseñada por el imperio) abría una nueva herida a la Argentina.

Contra eso, ni olvido ni perdón, porque un partido no puede dar un giro en 180 grados y dedicarse a destruir a lo bestia y en profundidad todo lo que se había construido con gran esfuerzo. Es decir, hablamos en términos de razón de ser o naturaleza, ya que las representaciones políticas son genuinas en tanto sirven a los fines para las que fueron creadas, y si no, los traicionan.

Esta interpolación histórica en la que arbitrariamente se puso como punto de partida a la famosa frase de Perón, no puede entenderse si no la contenemos en la irresistible decadencia o desvalorización de todas las representaciones y significados.

Un apresurado de los primeros setenta era un tipo que se había definido por la Patria Socialista, incluso sin saber qué era el socialismo y menos que menos, sin tener idea de lo que era el socialismo real, ese que se expresaba crudamente en las ambiciones imperiales (Hungría, Checoslovaquia, etc.) de Moscú ni en el obturamiento de la construcción social que implicaba tratar a un crítico del sistema como un esquizofrénico incapaz de entender las bondades de las que solo disfrutaban los aparatchiks, y como tal, sujeto a prisión, chaleco de fuerza y electroshock. Historia antigua, es cierto, pero no viene mal recordarla brevemente.

… y líquidos

Hoy en día, ser “apresurado” es un valor constitutivo de la civilización en su etapa de predominio del capital financiero, la forma superior de saqueo y apropiación privada. Las ganancias ya. El deseo realizado ya. El goce satisfecho ya. El Nesquik ya. El amor líquido ya.
No existe, sin embargo, un delivery de Nación ni de Justicia Social, que vienen a ser aproximadamente lo mismo.
Los apresurados del siglo XXI creen que la construcción política puede reemplazarse por la ficción de las redes sociales. Los ficcionales atribuyeron la autoría de la renuncia del comisario Fino Palacios al intercambio de mails. Ahora, circula un petitorio virtual para revocar el mandato de Macri. Otros creen que la nueva Ley de Medios Audiovisuales cambiará mágicamente la realidad, cuando todos sabemos que la Madre de Todas las Batallas comienza inmediatamente después de sancionada y promulgada.

Los apresurados de hoy en día confunden poder con militancia, y política con comentario político. Son formas líquidas de encarar la política, probablemente asociadas con formas líquidas de sus respectivas vidas privadas.

Somos los piratas

Siendo así, se les puede escapar el significado de lo publicado por la AEA (Asociación Empresaria Argentina) que aglutina a lo más concentrado y tradicional del poder concentrado y tradicional, quien ejerce sus eventuales derechos mediante dos eufemismos.

El primero se refiere a los “derechos adquiridos”.

Habida cuenta de que la nueva Ley de Medios Audiovisuales no legisla sobre la libertad de expresión o de prensa sino sobre la administración pública de las ondas radioeléctricas, la defensa de los “derechos adquiridos” se refiere al viejo “derecho de captura”. Como no podía ser de otra manera, este derecho de filibusteros es parte del “derecho consuetudinario” de Gran Bretaña refiriéndose a la propiedad de las naves “halladas” en altamar. Siendo harto difícil que una tripulación abandone voluntariamente el navío dejándolo a merced de la naturaleza, los “hallazgos” casuales solían producirse luego de que los corsarios pasaran a degüello a los legítimos ocupantes del navío.

A eso mismo se refieren los derechos adquiridos en el negocio audiovisual. Nadie está impedido de publicar, de editar un diario o revista si sabe cómo hacerlo (o incluso aunque no sepa) y tiene con qué. Pero las ondas radioeléctricas son limitadas. Y la realidad es tal, que un grupo, o un puñado de grupos, se apoderó de ellas siendo un bien público.

Que los medios hayan sido lícitos o no, es harina de otro costal. Pero aunque fueran lo primero, es absurdo que un país otorgue algo de su propiedad sin límite de tiempo, a perpetuidad, y sobre todo siendo tan limitado el espectro radioeléctrico. De modo que cuando se dice “derechos adquiridos” debe leerse “derecho de captura”. Y detrás de ello vienen marchando otros eufemismos tóxicos: seguridad jurídica avasallada, legitimidad de origen pero no de ejercicio, etc. Todo repaso a las columnas de Grondona, Morales Solá o Cachanovsky contendrá necesariamente alguno de estos equívocos.

La AEA también pide que “la prensa sea independiente del poder político”. Bien que nos haría. ¿Y por qué no del poder económico? O en otras palabras, todos aceptaríamos que fuera independiente del poder político si lo fuera también del económico, pero lamentablemente también estamos seguros de que la actividad social es esencialmente política aunque se desenvuelva en un marco económico.

Es que la satisfacción garantizada, llame ya, es en esta etapa de la vida pública argentina es adyacente a ciertas formas mafiosas de actuar.

Si la definición “medios independientes” ya es un oximoron, y nunca se aclara si independientes respecto de qué, lo cierto es que para algunos observadores del conflicto social, el periodismo, la emisión de ideas, no es mas que un soporte del verdadero mensaje de los grandes medios, que consiste en legitimar al sistema económico vigente, al Poder, al modo de vida capitalista, en sus múltiples manifestaciones. In extremis, el contenido no es mas que una fachada. Por eso será que los medios “más prestigiosos” no se preocupan demasiado por la calidad de las noticias que emiten.

Se necesita ser un individuo crítico (ese que puede recrearse a sí mismo) para no ser manipulado –a través de días, años y décadas– por la opinión de un medio independiente del poder político pero no del económico, de modo tal que nuestra opinión independiente no sea la opinión de Techint, La Serenísima, La Rural, Bunge & Born, Grobocopatel, Pérez Companc, Socma.

Que es lo que nos ha sucedido (para ser compasivos) en cierto modo.

Ah, lo alternativo

También hay una interpretación líquida de lo alternativo, adyacente al 33% del espectro que podrían ocupar los medios “alternativos”.
El término es ambiguo. Una primera acepción indica a todo aquello que se opone a lo instituido, o que, sin oponerse y hasta deseando fervorosamente ser reconocido como tal, es rechazado por lo instituido. De ninguna manera se debe dar por sentado que lo alternativo tiene una calidad asociada con esa definición, o que la calidad integre la naturaleza de lo alternativo. Por demás, lo alternativo tiene connotaciones precisas relacionadas con la visión eurocéntrica de “contrapoder”.
Asimismo, lo “alternativo” está con frecuencia asociado al tercer sector, a las ong’s, publicitado como la panacea al fin de los Estados-nación por una cuestión elemental: porque a través de ellas, las corporaciones pueden evadir impuestos.

En Argentina, las ong’s no tienen ningún tipo de control social, y en eso se incluyen sus autoridades, forma de elección, fines y financiamiento. Una cosa es otorgar el 33% a instituciones reconocidas, y otra muy distinta a sospechosas fundaciones cuyos verdaderos móviles el público desconoce.

Un poco más de seriedad. No es suficiente con decir “mira quien se opone para saber por qué la apoyo”. Hay que competir. Todos somos capitalistas.

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