Militancia y libertad sindical

La militancia, sin lugar a dudas, se ubica entre las actividades más golpeadas por las disfunciones y rémoras de estos 25 años de democracia.

Esta edición de ZOOM ofrece evidencias categóricas para corroborar esta afirmación. De aquella épica de Ortega Peña y los héroes anónimos de Ezeiza al análisis feroz e imperdible de la actualidad que realiza Ricardo Sidicaro, hay una distancia cruel e inabarcable. Una película cargada de traiciones que se va decolorando con el paso de los años hasta disolverse en la intrascendencia.

Las Felices Pascuas de aquella Plaza de Semana Santa del ’87, la indiferencia gobernante a las movilizaciones contra el Punto Final y los indultos, la vuelta de campana que transformó la revolución productiva y el salariazo en la extranjerización de la economía son ejemplos altos pero no exhaustivos del estallido de los pactos básicos que le propinaron una paliza tras otra a la voluntad y la credibilidad militante. En simultáneo, la globalización y el crecimiento incesante de la crisis social local achicó los márgenes de maniobra individuales y colectivos. Y el menemismo (transversal de la primera hora) se erigió en una cultura dominante donde todo podía ser comprado y vendido. Inclusive, las convicciones, claro.

“Hoy, la política es plata” me dispararon en una mesa de café dos fascinerosos que la juegan de simpáticos y la discusión ya estaba perdida antes de empezar. No es que uno no tuviera cartas para jugar, pero un mazo rebosante de ejemplos perversos les daban clara ventaja. Porque no se trata solo de honestidad y ética. Hace falta mucho más que eso para reconstruir los lazos y la gimnasia de la política y de la participación.

En este contexto de atomización, incredulidad, desmovilización y ausencia de referentes, la Corte Suprema de Justicia, con el voto unánime de sus siete jueces, defendió la libertad de agremiación de los trabajadores y declaró inconstitucional la exclusividad que tienen los sindicatos con personería gremial en la representación de sus afiliados. También anuló la obligatoriedad de estar afiliado a un sindicato con personería gremial para ser elegido representante de un sector de trabajadores.

La medida fue festejada por la CTA, que ve recompensada una década de lucha democrática en pos de su reconocimiento y de establecer mecanismos de representación que escapen de la asfixia de los gremialistas burócratas. A la vez, encendió luces de alarma en la CGT y disparó encendidos elogios de las empresas periodísticas y del poder económico, que ven en la libertad sindical una derrota histórica del sindicalismo peronista.

La semana próxima será el momento de desmenuzar este pronunciamiento histórico de la Corte en Revista ZOOM. En el camino, vale la pena tener presente que la connivencia de los dirigentes gremiales que entregaron a sus representados a las fauces de la flexibilización laboral fue decisiva para alimentar el desánimo de la participación sindical en los ‘90. Y que el verdadero progresismo de este fallo se verá en la cancha si contribuye al bienestar de los trabajadores, quienes deberán despertar el músculo de la militancia para que el veto al artículo 41 de la ley 23.551 de Asociaciones Profesionales no se transforme en una herramienta de la patronal para dividirlos y horadar sus derechos.

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