Mi mejor enemigo

Cristina Kirchner realizará su primera visita como presidenta a Brasil, vecino necesario y socio inevitable para la Argentina. La primera entrega de este informe analiza cómo el liderazgo brasileño en la región se asentó sobre una agresiva respuesta al proceso de apertura y desregulación de la economía de los ’90. Hoy, sus inversiones en el país casi superan a las españolas, con más de 10 mil millones de dólares en cuatro años.

Se podrán decir muchas cosas a favor y en contra del Brasil, pero su peso es cada vez mayor en la política latinoamericana. Es la octava economía del mundo y su influencia en la Argentina, principal socio en el Mercosur, ya adquirió una dimensión estratégica. Ya no hay lugar a dudas de que las futuras generaciones de argentinos, paraguayos, uruguayos y bolivianos deberán prepararse para negociar con un país cuyas pretensiones hegemónicas están más cerca que nunca. Un ejemplo se da en nuestro país. Brasil está por desplazar en importancia a las enormes inversiones españolas y ahora es uno de los principales inversores en Argentina: controla el 15 % del combustible nacional y 9 de las 17 plantas nacionales de cemento, además del 21,6% de la cuota Hilton. Sus capitales como inversión extranjera directa en Argentina crecieron del 0,2% en 1997 al 25% en 2007. Radiografía de dos desempeños que determinarán el futuro de una relación inestable, pero menos desconfiada que hace 10 años atrás.

Dos a quererse

Los especialistas consideran que Argentina y Brasil combinan muy bien, especialmente porque sus diferencias los transforman en socios inevitables que han comenzado a aceptarse, algo similar a decir que el movimiento se demuestra andando a pesar de todo. En los últimos años, el desempeño de las dos principales economías del Mercosur ha mostrado diferencias significativas, principalmente porque sus trayectorias productivas se gestaron en tiempos similares, pero con resultados distintos. La historia económica argentina se encuentra signada por constantes crisis económicas y cambios de modelo. Estas circunstancias, sumadas al crecimiento relativamente lento de la economía durante los últimos treinta años, han generado un contexto inestable y hostil para el desenvolvimiento y expansión de las empresas argentinas. Las crisis y la profundidad y celeridad con que fueron puestas en marcha las reformas económicas durante los ‘90 terminaron con una gran parte del aparato productivo argentino que quedó en manos extranjeras. Los que pudieron resistir fueron sólo un grupo acotado y selecto de firmas industriales que articularon estrategias ofensivas y de expansión en el exterior y que si pudieran, no dudarían en hacer lo mismo que están haciendo sus pares cariocas o paulistas en el Cono Sur.

Las comparaciones que permiten comprender cómo el país más grande está comprando los mejores tesoros de su vecino más chico, se remontan a los comienzos de esa remanida década del ‘90, cuando el menemato produjo una profunda extranjerización de la economía argentina donde, convertibilidad mediante, se destacaron como orígenes de la Inversión Extranjera Directa (IED) España, Estados Unidos, Francia, Países Bajos, Italia y Alemania. Sin embargo, el proceso de desnacionalización de las firmas locales se ha caracterizado no sólo por la escasa resistencia con que se llevó adelante sino también por cierta pasividad de la opinión pública y el activo rol del Estado en ese traspaso. Los investigadores coinciden en que a lo largo de la década de los noventa el proceso de privatizaciones y apertura de la economía a los capitales y a la competencia externa generó una grave crisis en el tejido productivo argentino. Y 1994 significó un duro encontronazo con la realidad de la competencia. Tras la devaluación de la moneda brasileña la competitividad de las firmas argentinas se vio afectada dentro del propio Mercosur. Desde entonces, no sólo se verificó un proceso de desnacionalización sino también de desindustrialización de la maltrecha economía argentina.

A partir de 1998, la crisis económica y el alto nivel de endeudamiento de las firmas locales abrieron la puerta al traspaso de gran cantidad de activos a manos de competidores regionales de mayor porte y mejor situación financiera. En aquél momento, cualquier empresa estaba mejor que las argentinas.

Sin embargo, al otro lado de los grandes ríos de la cuenca del Plata, el caso brasileño mostró una marcada diferencia de respuesta al proceso de apertura y desregulación de la economía, y llevó a las principales firmas a adoptar una agresiva política de internacionalización a escala regional de modo de deshacerse, en parte, del riesgo que traía aparejado su desempeño en el mercado doméstico. Así fue que se comenzó a gestar el Brasil de hoy. La compra de empresas extranjeras, significó para las empresas del país vecino una disminución de los costos financieros y del denominado “riesgo brasileño”.

Los ‘90 no sólo implicaron reformas desreguladoras para la Argentina. Brasil también lo padeció, pero para las firmas brasileñas, la incertidumbre sobre los efectos locales de la apertura frente a la competencia extranjera, los impulsó a expandirse y sumar activos, no a contraerse y deshacerse de todo. Las diferencias también estuvieron en sus estados. El Estado brasileño fomentó activamente la internacionalización de las empresas nacionales y jugó un rol preponderante en la mayoría de las intervenciones brasileñas en el mercado argentino. Así fue que las privatizaciones en los países del cono sur significaron un jugoso atractivo para las empresas brasileñas que buscaban acceder a esos mercados. Pero la oportunidad definitiva la ofreció la crisis de 2001. Cuando Luis Inácio Lula Da Silva sucedió al sociólogo socialdemócrata Fernando Henrique Cardoso, en enero de 2003, ya estaba todo dicho y quedaba todo lo bueno por hacer. Es que tras las reformas de fin de siglo, Brasil pudo sostener e, inclusive, profundizar el patrón de internacionalización que lo ha caracterizado históricamente. Argentina, por el contrario, no sólo ha desaparecido prácticamente como inversionista externo sino que también ha sufrido la desnacionalización de gran parte de su tejido productivo.

¿Y ahora, quién podrá ayudarnos?

La integración no sólo será política. En términos económicos el Mercosur es sinónimo de buenos negocios en la Argentina para los empresarios brasileños. Según el Centro de Estudios para la Producción (CEP), los principales destinos de las inversiones brasileñas en Argentina desde mediados de los noventa hasta la actualidad fueron los recursos naturales (Petróleo y gas), las manufacturas basadas en recursos naturales (Alimentos y bebidas; Materiales para la construcción; Industrias básicas del hierro y el acero; Petroquímica), algunas manufacturas de contenido tecnológico medio (Automotriz y autopartes; Fabricación de productos metálicos) y servicios de tipo variado (Comercio; Construcción; Bancos y servicios financieros; Energía eléctrica; Transporte).

Sólo en 2007 las empresas brasileñas anunciaron 46 compras argentinas, cuando el año anterior habían cerrado 34 operaciones de ese tipo. Fue un desembolso de 2.243 millones de dólares, y entre 2006-2008 la inversión llegó a los 6.698 millones de dólares. Si el cálculo se hace desde 2004 las compras llegan a los 10.714 millones de dólares. De ellos, más de la mitad fue para el sector industrial, un 40% para petróleo y gas y el 8% para construcción.

Estos impresionantes totales fueron construidos pacientemente por la diplomacia política y económica del Brasil. La empresa mixta brasileña Petrobras compró en 2002 la firma privada argentina Pecom, de la familia Pérez Companc, y se erigió así en la segunda compañía petrolera de este país, después de Repsol-YPF, la ex firma estatal que sólo conserva sus iniciales de Yacimiento Petrolíferos Fiscales. El grupo Camargo Correa adquirió en 2005 la cementera argentina Loma Negra y duplicó así su capacidad productiva. Ambev absorbió la cervecera Quilmes, auspiciante del seleccionado argentino de fútbol, y en la actualidad domina el mercado de esas bebidas en el Cono Sur de América. El frigorífico brasileño Friboi se quedó con Swift Armour, gran productor de carne vacuna. Belgo Mineira de Brasil compró la privada argentina Acindar, un «paso fundamental en el control estratégico del sector siderúrgico en la región», según la CEPAL, pero no fueron los únicos, también se instalaron Natura, que vende cosméticos, el Banco Itaú o la empresa textil Santana, que fabricará telas para pantalones desde el Chaco.

Así como en los años ‘90 llegaron a la Argentina capitales de Estados Unidos, de España, Italia, Francia y otros países europeos atraídos por el proceso de venta de empresas estatales, ahora son los brasileños los que avanzan desde 2004 en busca de oportunidades de negocio.

La política exterior, la clave de un socio ambicioso

El proceso de expansión brasileño encontró en Lula al líder de su consolidación. Jefe de una agresiva política exterior, los dos gobiernos del ex obrero metalúrgico que lideró el Partido de los Trabajadores (PT), ha logrado afianzar sus lazos políticos en toda la región y sus inversiones son consideradas una alternativa mucho menos voraz que las que impulsaron Estados Unidos y Europa sobre todo el Cono Sur. En pocos años, y especialmente desde 2001, Brasil se comporta como el hermano mayor que ha llegado a la adultez. Quizás por eso, en las desiguales relaciones del Mercosur, los países más pequeños se lleven la peor parte, como es el caso de Paraguay y Uruguay, cuyos gobiernos denuncian desde hace años que los socios más grandes del pacto no tienen en cuenta sus necesidades, algo que es morigerado en cada cumbre cuando todo parece que terminará mal. En ese esquema, el contrapeso de las “asimetrías” es equilibrado por una política exterior que busca consolidar la independencia política y militar de América del Sur frente a Estados Unidos, pero afianzando el liderazgo brasileño, algo que para los socios más chicos del Mercosur, como para Bolivia, implica un elegante colonialismo de segundo nivel. Sin embargo, en el plano de las paradojas, ese peso también resultó una herramienta útil cuando Lula tuvo que respaldar al presidente boliviano Evo Morales ante los riesgos institucionales impuestos por la oposición autonomista.

Sin embargo, no fue más que un aporte positivo a una larga deuda cargada de abusos. Más allá de los gestos, la nacionalización hidrocarburífera que impulsó el gobierno de Evo puso en duda las buenas intenciones de Brasil, que siempre consideró al altiplano como un excelente terreno para conseguir gas a buen precio. Cuando la nacionalización avanzó y llegó hasta la puerta de las refinerías de Petrobrás en las zonas más ricas de Bolivia, un Lula acosado en plena campaña electoral de reelección, le preguntó a sus oponentes, si veían otra alternativa que apoyar al gobierno de Evo. “¿Qué quieren, que bombardee Bolivia?”, les espetó.

La anécdota resume en pocas palabras el actual papel de Brasil en la región. Dueño de una de las mayores reservas naturales de agua potable del mundo, multiplicó su capacidad petrolera gracias a los últimos yacimientos descubiertos y se prepara para liderar la política militar de la región por una sola razón: además de Venezuela, es la única potencia de peso del subcontinente que cuenta con una autonomía militar digna de envidia. Brasil ya no es un vecino necesario para la Argentina. Es un socio inevitable y ya no hay tiempo para lamentos. La tardanza argentina para enfrentar su crisis estructural también fue una buena ventaja económica para Brasil. Por eso la alegría, por ahora, seguirá siendo brasileña.

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