Menem, Grosso, Manzano y Chacho Alvarez en Unidos

Carlos Menem, abril de 1985

No hay democracia sin justicia social, y es indudable que nuestra comunidad carece de ella. Las buenas intenciones, reitero, deben acompañarse de propuestas congruentes, y las únicas visibles e idóneas son las que contiene el Proyecto Nacional para el Modelo Argentino del general Perón, que debe ser, más allá de banderías, el encuadre rector de una acción para el futuro. Es indudable que la recuperación organizativa del peronismo –que sigue, pese al revés del 30 de octubre, siendo mayoría–, devendrá en el retorno al triunfo, permitiendo que cuadros técnicos y políticos idóneos realicen la revolución en paz que todos anhelamos, sustentados por un pueblo que se sienta cabalmente interpretado. La unidad nacional es posible a partir de la Doctrina Nacional, y ella ha triunfado porque está en el espíritu de cada argentino patriota, esté o no militando en las estructuras del Justicialismo. También es realizable la unión latinoamericana, pero sólo persistiendo en consolidar los lazos comunes a los pueblos hermanos sin ceder principios atinentes al sentido de la liberación, única opción para realizarnos en el contexto mundial, que ante el fracaso del sistema imperialista, requiere de un nuevo equilibrio que conjugue las aspiraciones de todos los hombres de la Tierra.

José Manuel De la Sota, abril de 1985

Hoy nuestros productores salen a pelear precios sin haberse puesto de acuerdo entre ellos. El peronismo no se ocupa de estos temas. Hay una nueva división internacional del trabajo. Importantes países capitalistas no resisten la competencia de otros del Tercer Mundo: los suizos ya no pueden competir con la relojería japonesa. Hay un reacomodamiento internacional. El peronismo debe proponerse la adecuación de la Argentina a esa situación, sin renunciar a una idea de transformación. Tenemos que fomentar tecnología para las industrias, aprovechar el gas, el petróleo, el uranio que están inexplotados. Ocupemos el espacio que surge del nuevo orden, pero modifiquemos al mismo tiempo las pautas de consumo interno que no deben ser las de las sociedades post–industriales. No debemos adoptar esas pautas porque nunca conseguiremos quebrar la brecha tecnológica y porque ese perfil de consumo no es deseable. La autarquía absoluta es impensable pero debemos propender a que el mercado interno sea satisfecho casi totalmente por nuestro aparato productivo. De esa forma lograremos mayor independencia. El descreimiento actual es total. Hay una conciencia fatídica que nos lleva a pensar en la imposibilidad de crecer.

Ocupemos la franja que nos dé posibilidades concretas. La realidad mundial no se opone a nuestro camino porque les abrimos las puertas de una sociedad que puede recibir consumo «de afuera». Pero nuestra inserción no debe ser pasiva. Hay que cambiar nuestro poder y nuestro perfil de consumo para avanzar sobre mercados similares al nuestro, donde la tecnología «de punta» no tiene cabida; en especial pensamos en Latinoamérica. Si Argentina y Brasil obran de acuerdo, hay tecnología y producción suficiente para América latina. Con cobre, gas, uranio y petróleo se puede volcar nuestra producción en un mercado latinoamericano. Hasta ahora los economistas sólo han propuesto una adecuación a la situación real y punto. El peronismo debe hacer realismo pero no sólo para detectar la dependencia sino también para revertirla. Esa es la nueva empresa nacional.

Carlos Grosso, abril de 1985

Los peronistas, que siempre nos hemos definido a través de una ideología nacional y revolucionaria, sabemos que la estabilidad no es un fin en sí misma. No obstante, nadie que haya vivido en la Argentina de las últimas décadas puede dejar de reconocer que la interrupción permanente y sistemática de los ciclos institucionales, producto del agotamiento del proyecto liberal–dependiente, ha sido una herramienta perfectamente instrumentada por las diversas expresiones de la oligarquía y los imperialismos para abortar todo proyecto unitivo y liberador de la Nación. Conscientes de ello, y de la imperiosa necesidad de rechazar el sistemático intento de destrucción moral y material a que se sometió al hombre argentino, pensamos que eso sólo será posible si revertimos el proceso de desintegración de los valores constitutivos de nuestra sociedad, a través de la puesta en marcha de un proceso de refundación de la Nación que implica retomar el proyecto de reconstrucción y liberación asumido por el conjunto del pueblo, aunque tantas veces interrumpido y postergado.

José Luis Manzano, diciembre de 1987

En ocasión del debate de la ley llamada de «obediencia debida», tuve oportunidad de fundar la oposición del Bloque de Diputados del Peronismo Renovador, al proyecto del Poder Ejecutivo, por considerarlo moralmente inadmisible, políticamente inconveniente y jurídicamente inconstitucional. Intervine en dos oportunidades, en las que desarrollé diversos puntos de vista que justificaban el voto negativo, criterio que lamentablemente no prevaleció, como consecuencia de la relación de fuerzas existentes entonces en la Cámara de Diputados. Luego de haber demostrado que el proyecto era incompatible con la vigencia del estado de derecho, dediqué un breve lapso de la exposición a replicar argumentos derivados del llamado principio de «oportunidad», es decir a rebatir a quienes justificaban la decisión del partido del gobierno, desde la óptica de la «razón de estado». La historia argentina contemporánea exhibe elocuentes ejemplos en los cuales, quienes tuvieron responsabilidades de gobierno, optaron por ceder ante la fuerza so pretexto de evitar la instalación de gobiernos autoritarios. Esa misma historia, pone de manifiesto que la claudicación política lejos de preservar las instituciones, estimuló sucesivos golpes de estado. Fue en el contexto de esa discusión, realizada en el clima golpista de Semana Santa, que argumenté que una ley que suponía consagrar la impunidad del asesinato y la tortura, no debía ser votada ni bajo amenaza de muerte, «ni con una pistola en la nuca».

Carlos Chacho Alvarez, octubre de 1988 (Menem vence a Cafiero en la interna)

El triunfo de Menem fue – en parte – el triunfo del Movimiento (como espacio político social) respecto del partido–oferta. Esto implica la necesidad de diferenciar líneas internas que posibiliten masificar la política, devolver protagonismo a la sociedad y representar la diversidad. Debe volver a pensarse la política como relación de fuerzas, abandonando la (mágica) pretensión de gobernar satisfaciendo simétricamente todas las demandas.

La confiabilidad del peronismo no debe depender de rendir examen cotidiano ante los factores de poder sino de alimentar el sistema político con propuestas y medidas identificadas con los intereses de los grupos sociales más damnificados por la situación económica. (…)

De no ser así la figura de Menem podría ser muy vulnerable, en tanto su carisma expuesto a un torneo de efectos publicitarios, comenzaría a desgastarse por pelear en un terreno colocado por los adversarios. La riqueza del fenómeno Menem se juega en la decisión política de reintroducir la Argentina excluida y negra en los dominios del poder, sin alterar las reglas del juego democrático. Lo contrario es prestar su consenso entre los sectores más humildes para que los grupos dominantes continúen usufructuando de la crisis. En este tironeo de significados divergentes no sólo se pone a prueba la capacidad del nuevo liderazgo sino también la tensión entre la potencia y los límites del propio peronismo.

Mario Wainfeld, diciembre de 1990

Menem logró lo que no pudieron dictaduras militares ni gobiernos electos tibios: dividió a la CGT, quebró a los huelguistas; privatiza «todo»; apoyó militarmente a los EE.UU. (¡APOYO MILITARMENTE A LOS EE.UU.!). Dio ropaje popular al discurso más gorila y reaccionario que haya conocido jamás la Argentina, combinando los clichés del gorilaje («cincuenta años de desatinos», «se acabó la fiesta») con nuevos contenidos autoritarios del Proceso (pena de muerte, aval a la tortura, indulto) y un cipayismo yanki casi sin precedentes.

Menem cambió el tablero ideológico: se autoidentificó «progresista» y «condenó» al conservadorismo y al atraso a los defensores de la distribución equitativa de bienes económicos y simbólicos, del nacionalismo económico y cultural. Abrochó tan bien con los poderes reales que se pudo dar el lujo de recortar el de los militares. Los incluyó en el paquete de privatizaciones. Los ajustó más duramente que Alfonsín. El gasto militar no ha sufrido tantos recortes como el gasto público en general (no es para tanto) pero alguno padeció. Y padecerá más cuando avancen las privatizaciones. No es coraje cívico ni antimilitarismo ciego. Es aptitud de maniobra que tiene quien arregla con los dueños del circo para fijar los sueldos de los partiquinos. Menem cumple hoy –a mayor satisfacción– el rol que la historia de los últimos sesenta años otorgó a las FF.AA.: encabezar un proyecto reaccionario y garantizar control social. Por eso puede correrlas del escenario. Les va ganando una interna.

Está muy clarito. Es –hoy por hoy– el principal enemigo de un proyecto de transformación e inclusión social en la Argentina. El que no lo entiende –a esta altura– es porque está mirando otro canal. O porque no le conviene.

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