“Me preparé para memorizar esto treinta años”

Gentileza Prensared, especial para ZOOM. La docente y documentalista Ana Mohaded reveló la extensión institucional del aparato represivo que comandaba el III Cuerpo de Ejército y desnudó la naturaleza psicológica del terrorismo de Estado. Sobre el final, rindió un homenaje a las víctimas de La Perla.

“Quedé viva y acá estoy. Siempre estuve rodeada de amor, de los compañeros de antes y de ahora; de los hijos de los compañeros y de mis hijos. Tratando, como dice el poeta, de ‘andar viva, con el mismo corazón y el mismo pensamiento’. Y hermanándome con otros dolores, algunos más permanentes y estables, como la pobreza del país, allá, en La Perla, y acá, pienso que un país más justo es posible. Eso que nombrábamos como socialismo, aunque ahora suene anacrónico: considerar al otro como un ser humano igual y digno. Porque también vengo a preguntarme por qué relatar tanto dolor, sino es para que se haga justicia por un país mejor”.

La Querella le había preguntado cómo hizo para seguir viviendo y con esa respuesta Ana María Mohaded (51), ex prisionera de La Perla y protagonista de un terrorífico periplo de traslados por el vasto circuito represivo del III Cuerpo de Ejército, comenzaba a redondear un testimonio -detallista, vívido y profundo- del contexto de los crímenes que se investigan en esta causa, cometidos por Luciano Benjamín Menéndez y siete subordinados contra los jóvenes Humberto Brandalisis, Hilda Flora Palacios, Carlos Enrique Lajas y Raúl Osvaldo Cardozo, entre noviembre y diciembre de 1977.

Licenciada en Comunicación Social y en Cine en la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), Mohaded es hoy docente en la Escuela de Cine y realizadora de documentales. Muchas veces ha tenido que contar su propia historia.

“Esta es la de arte que estamos buscando”

Hacia fines de 1976, cuando era militante estudiantil en la Escuela de Arte de la UNC, fue secuestrada, junto a Norma Berti y Hugo Basso, a las 19 horas del 11 de noviembre, cerca de la plaza Jerónimo del Barco del barrio Alberdi. Atada, amordazada y metida al baúl de un auto civil, Mohaded logró desatarse, saltó e intentó huir, pero fue recapturada en avenida Colón al 3.500.

Esta es la de arte que estamos buscando”, oyó al llegar al campo de concentración de La Perla. Allí fue inmediatamente torturada, desnuda y atada a una cama metálica, con corriente eléctrica, mientras la interrogaban sobre “casas” y “citas”, en medio de “un tumulto de gritos y aullidos” con que sus victimarios “se excitaban entre sí”.

Entre sus captores, Mohaded recordó a Luis Manzanelli, Carlos Vega (“Vergara”) y Ricardo Lardone (“Fogo”), aunque también nombró a “HB”, alias que otros testigos han atribuido a Carlos Díaz, también imputado en este juicio. Varias veces apareció en el relato el nombre de Lardone, quien negaba con la cabeza y mascullaba palabras ininteligibles.

Además, mencionó a Héctor “Palito” Romero y al capitán Ernesto Barreiro, quien le mostró al cautivo Eduardo Porta, con graves secuelas de tormento. “Así vas a quedar vos”, la amenazó Barreiro.

“No sigan que se muere”, fue una de las frases que escuchó de un médico que controlaba las sesiones de tortura a que fue sometida.

Luego de un rato, el supervisor autorizaba: “Ya pueden seguir”.
Luego, cuando la Fiscalía le preguntó por las secuelas, dijo que “las más leves son en el físico, como las cicatrices, pero las más terribles son en el alma” y que “encima de la lastimadura estaba esa mirada que no tenía derecho a mirarte”.

Un día la sacaron del campo hasta un camino de tierra cercano y luego de someterla a un simulacro de fusilamiento, le dijeron: “No te va a ser tan fácil”. Luego aclaró que esa era la respuesta a su planteo: “¿Por qué no nos matan de una vez?”.

En ese sentido, la testigo reveló: “Los que comandaban y otros se referían a Menéndez como el mandamás. Para él, ninguno tenía que quedar vivo, y si estábamos vivos era gracias a ellos. Incluso, decían que nos tenían a escondidas de Menéndez”.

Pero la muerte era omnipresente e implacable. Como con Luis Justiniano Honores, “un hombre mayor, obrero de la construcción”, que falleció frente a ella a causa de la tortura: “Ni siquiera le escuché un quejido. Murió con honores”.

También recordó que Manzanelli le confesó dónde se encontraba y que sus captores integraban el “Comando Libertadores de América”, que contaba con el “apoyo del Ejército” pero era ilegal. “Nadie sabe dónde estás”, le dijo el entonces suboficial principal.

Sin embargo, a doce días de haber sido capturada, llegó la orden “de arriba” de que iban a dejarla con vida para ser sometida a un Consejo de Guerra.

Entonces comenzó un frenético derrotero de traslados, que incluyó el campo de La Rivera (al que consideró “de transición”), La Perla Chica de Malagueño (“No sé si mejor que La Rivera, pero menos dura que La Perla”), la División de Informaciones D2 del Cabildo (donde resistió un intento de violación que nunca contó antes “por pudor”, según narró entre lágrimas), la Unidad Penitenciaria 1 (UP1) de barrio San Martín («Una extensión de los campos de concentración») y las cárceles de mujeres del Buen Pastor en Córdoba y Devoto en Buenos Aires.

“Mohaded, ¡comisión!”, era el anuncio que significaba “cualquier cosa”, previo a cada viaje que podía ser el último, siempre en camiones del Ejército que demostraban que esa fuerza mandaba en cada uno de los escenarios de la represión institucional. Las salidas eran siempre acompañadas de golpizas, encapuchada y con invitaciones a “correr”, el recurrente pretexto para eliminar a prisioneros con la llamada “ley de fugas”.

Estando en el Buen Pastor, aislada como «única presa política», por fin le permitieron escribir cartas a su familia, pero la presencia de sus captores era implacable. Un día lo reconoció por la voz a un supuesto empleado del Servicio Penitenciario que entró a su celda.

Vos sos Luis Manzanelli. No sos del Servicio Penitenciario, sos torturador de La Perla – le enrostró Mohaded, antes de intentar alertar a una delegación de la Cruz Roja que justo se encontraba en la cárcel. “Fue la última vez que lo vi, antes de verlo acá”, añadió.

Mientras tanto, en octubre del ’76 era sometida a un primer Consejo de Guerra -recurso con que Menéndez intentó sin éxito blanquear la represión clandestina-, acusada junto a Porta de “asociación ilícita subversiva” para el asesinato del gerente de una fábrica, acción atribuida a la Organización Comunista Poder Obrero (Ocpo). “Me preguntaron si yo había participado. Por supuesto que dije que no, si no he participado. La idea era mostrar que descubrían lo que hacía la subversión y que ‘vos estabas ahí’”, explicó Mohaded.

El defensor que le asignó el Ejército fue claro: “Me puso una pistola en la cabeza. ‘Para mí, ustedes tienen que estar mirando las margaritas desde abajo’, me dijo”.

La farsa se repitió en 1978 y 1979, para finalmente ser condenada por “asociación ilícita” a siete años de prisión, que se redujeron a cinco hasta su liberación en diciembre de 1982. “Me preparé para memorizar esto treinta años, porque decían que íbamos a estar treinta años en la cárcel”, expresó, aludiendo al exacto tiempo transcurrido desde entonces.

Testigo incansable

Como espejo del calvario de idas y vueltas mientras estuvo prisionera, también como testigo ha tenido que declarar en no menos de cinco ocasiones, ante la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep), en el Juicio a las Juntas de Comandantes y en la Justicia Federal de Córdoba.

—¿Usted estuvo nada más que doce días en La Perla? -quiso saber el presidente del Tribunal, Jaime Díaz Gavier.

¿Nada más? ¿Le parecen pocos doce días? Estuve doce extensos días y doce extensas noches. Las noches eran duras en La Perla.

—Bueno, pero menos que otros testigos… -se excusó el magistrado.

Toco madera –ironizó Mohaded.

El lapsus de humor y sana insolencia fue como un soplo de aire fresco para un auditorio agobiado por el relato y el calor de la sala, que también afloró cuando la fiscal Graciela López de Filoñuk mencionó sus “once” días en el campo de concentración. La testigo retrucó: “Por favor, no me quite uno, que fueron doce…”.

Es que su veteranía como testigo es un elocuente ejemplo de la lentitud y burocracia de la Justicia democrática para llevar a los represores a sus estrados: “A estos datos los memoricé una y otra vez y los vuelvo a traer. Y espero no tener que volver a un Tribunal. Los guardé para que se sepa que ellos estuvieron allí y yo los vi”. «Volver a recorrer el túnel de la muerte fue muy duro en estos días«, dijo y la metáfora volvió a cambiar el clima de la sala.

Por eso, esta vez, se tomó la libertad de contar otros episodios, que para ella tienen especial significado.

Así rememoró que durante la tortura le hicieron saber que la habían estado vigilando:

—Sabemos todo de vos. Sabemos que comés ensalada, sabemos que tenés un pantalón negro… -le decían.

«¿Cómo sabían? Me puse un pantalón negro hoy porque me acordé de eso», confió Mohaded, despertando nuevas sonrisas.

Usted estuvo cuando me torturaban.

—Yo no te torturé…

Pero no paró la tortura.

—Bueno, esto es una guerra y si no los torturamos ustedes no hablan.

Mohaded reprodujo ese diálogo con Vega, quien pretendía mostrarse más humano y amable que el resto. Ella tenía un pequeño collar, que pudo conservar a pesar de las sesiones de tormentos y “era como un emblema”, porque se lo había regalado su compañera Ingrid Sidaravicius.

Varias veces, el suboficial se lo pidió. “En mi interior sentía que eso me protegía y no tenía que dárselo. Cuando llegué a La Rivera me lo tironearon. Pero yo no se lo di”, rememoró la docente.

También en La Rivera tuvo lugar otra anécdota interesante. Casi siempre encapuchada, un día reconoció la voz de Horacio Samamé, un ex compañero del secundario que quería ser policía “para servir al pueblo”. En aquellos años, Ana le reprochaba: “No vas a ser más mi amigo, porque si entrás a la policía va a ser difícil…”. Pero esa vez, al oír su voz, se permitió confiar en aquella promesa de su amigo.

Horacio, decile a mi familia que estoy bien

—Yo también estoy preso.

—¡¿Por qué?!

—Porque no quise torturar…

Sobre el final de su asombroso relato, Ana Mohaded se permitió algo más: pedir al Tribunal un minuto de silencio “en homenaje a los hombres, mujeres y niños que quedaron en La Perla”. El juez Díaz Gavier asintió y al transcurrir el minuto, un cerrado aplauso la despidió.

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