Masacre en alta mar

La declaración del Consejo de Seguridad de la ONU condenó tibiamente “los actos” que asesinaron al menos a diez personas y no explicitó la responsabilidad de Israel. “Dispararon a la cabeza de los pasajeros”, afirman algunos sobrevivientes.

La masacre perpetrada por comandos aerotransportados israelíes contra la “Flotilla de la Libertad” tipifica, en grado sumo de alevosía, el delito de piratería internacional. Ningún argumento puede evitar esta caracterización y todo el peso moral del repudio a semejantes prácticas es poco frente a lo que significa la actual política del Estado de Israel.

Sin embargo cabe esperar que, desgraciadamente, este nuevo horror, culminación lógica e inexorable del cerco y sitio tendido alrededor de la Franja de Gaza, sólo merezca a lo sumo una sanción moral inconducente. Israel no actúa sola. No se la puede repudiar a ella sola.

Es que el problema no es solamente el Estado de Israel, como tantos parecen creer. Mucho menos, por supuesto, los judíos, muchos de los cuales se asquean y horrorizan ante estas acciones que dicho Estado dice ejecutar en su nombre. El problema es el sistema oligárquico mundial y la continuidad de la dictadura planetaria del gran capital imperialista. El estado de Israel es su expresión más concentrada y descarnada, y sus políticas, la forma más explícita de la política imperialista. Nada menos. Pero nada más.

El drama judío en Europa y la expansión imperialista

Los judíos europeos sirvieron en su momento de válvula de seguridad a las tensiones sociales de un capitalismo metropolitano que ya a fines del siglo XIX ingresaba a una era de progresivo desprecio de las banderas revolucionarias (y burguesas) de libertad, igualdad, y fraternidad entre los hombres (al menos, entre los ciudadanos de las naciones burguesas). Es que en la etapa imperialista la supervivencia del régimen productivo era incompatible, a largo plazo, con la defensa de esas banderas del humanismo burgués. Afianzada en el poder, la burguesía ya no las necesitaba y más bien sentía la imperiosa obligación de quitárselas de encima.

Los primeros en sentir el impacto de esta transformación fueron los pueblos coloniales y semicoloniales, pero en el seno mismo de las formaciones imperialistas empezaron a darse tendencias etnocéntricas y racistas fundadas en el positivismo sociológico y el darwinismo social. El régimen capitalista monopólico, que es la expresión interna de la expansión imperialista y, en el fondo, el verdadero origen de esta última, divide a la propia burguesía metropolitana en dos estratos diferenciados. El gran capital concentrado y monopolista se ve forzado a imponer su dictadura política y económica no ya solamente sobre las clases subalternas, sino también, y particularmente, sobre el pequeño y mediano capital.

Pero esta división interna de la clase dominante no puede ejercerse en forma abierta, sino en nombre de alguna amenaza oscura y externa al sistema (que por definición es “perfecto”). De allí que cree permanentemente algún objeto abstracto de odio que disuelva las frustraciones inevitables engendradas por el régimen monopolista. A fines del siglo XIX y en Europa, el objeto de ese odio fueron los judíos. La culminación de esta ola creciente de agresión fue el monstruoso operativo de liquidación física de los judíos ejecutado por el régimen hitleriano, pero venía abonada por larguísimas décadas de desarrollo de una ideología antisemita cuyas raíces no estaban en Alemania sino en Francia. Al mismo tiempo, la crisis interna de las formaciones de Europa Oriental (que culminarían luego en la Revolución Rusa, pero también en los regímenes fascistas que salpicaron la zona entre 1918 y 1939, mucho antes de la invasión alemana) sindicaba a los judíos como los responsables básicos de la miseria de las masas.

La peculiar significación del antisemitismo del siglo XX

Es cierto que no sólo los judíos sufrieron la discriminación y el odio popular en esos países, y que tampoco fueron ellos las únicas víctimas de las masacres del nazismo. El racismo imperialista también se ejercía contra cualquier tipo de “deformación” (homosexuales, personas de capacidades diferentes, etc.), contra los pueblos de piel oscura, contra los gitanos, etc. Por no hablar de la persecución política a los enemigos del régimen burgués, que muchas veces se consideraba también una forma de “degeneración”.

Pero lo que define la situación de los judíos es que en general formaban parte de las élites de las sociedades que los odiaban. Se los liquidaría por una mítica asignación de características raciales, pero la intención real era segregar a un sector de las clases dominantes para transformarlo en responsable universal de la tragedia engendrada por el propio modo de producción en las sociedades europeas.

No pocos de los burgueses que ahora detentan el mando en Europa Oriental podrían contarnos interesantes historias sobre el origen de algunas pequeñas fortunas personales durante el tiempo de la ocupación alemana: liquidar judíos era un modo de descomprimir la problemática de la propia burguesía abriéndole camino a los gentiles para que en países carentes de colonias pudieran desarrollar carreras no demasiado distintas de la de un escocés emigrado a África del Sur en tiempos de Cecil Rhodes, por ejemplo.

O Auschwitz o Tel Aviv

A los judíos europeos, el sistema solo les ofrecía dos salidas: o las puertas de los campos de la muerte, o la emigración, al servicio del interés imperialista, al Medio Oriente. A la propuesta de hacer humo (literalmente) a la judería europea se le contraponía la de crear un Estado tan etnocéntrico como aquellos que habían desatado la judeofobia, pero con signo cambiado. Una “Europa sin judíos” promovería un “Estado judío”, en territorio árabe. Esta es, en el fondo, toda la diferencia entre el antisemitismo francés o alemán y el “filosemitismo” inglés del período de entreguerras.

El Reino Unido se encontraba en la mejor posición para aprovechar en propio beneficio la situación de los judíos europeos. Fue el Reino Unido quien inventó los campos de concentración (guerra anglobóer) y los bombardeos incendiarios a poblaciones civiles (represión a los rebeldes nacionalistas iraquíes, a cargo de un oficial que pasó a la historia como “Bombardero” Harris). Al construir un “Estado judío” a imagen y semejanza de su protector imperialista en Medio Oriente, la dirigencia israelí no hizo sino concentrar y expandir hasta límites insospechados el significado profundo de la penetración extranjera en los antiguos territorios del Imperio Otomano. Israel se ha transformado, con el tiempo, en un lujoso “campo de concentración” para judíos convertidos en bombardeadores incendiarios de sus vecinos.

La “guerra de la Independencia” de Israel, librada en 1948, fue un expediente político para trasladarse de la protección británica, en decadencia, a la ascendiente de Estados Unidos. Era inevitable que a la larga o a la corta esta independencia con apoyo estadounidense terminase con la liquidación de toda apariencia de “humanismo” y “socialismo” en la dirigencia israelí.

El carácter “judío” del Estado, Estados Unidos y la inevitable desaparición del laborismo israelí

En el período inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial el dirigente sionista más avizor fue el derechista y cuasi fascista “sionista revisionista” (es decir antisocialista) Menajem Béguin. Sus colegas laboristas, por largos años, siguieron creyendo que cuando los laboristas tomaran el poder en Inglaterra terminarían concediéndole al territorio del mandato palestino una independencia como Estado judío. Beguin, más realista, sabía que los laboristas ingleses eran ante todo ingleses, y poco esperaba de ellos. Lo primero que hizo fue un tour proselitista en Estados Unidos. Tras la masacre de la judería europea, cabe señalar que los judíos de ese país se habían convertido en el núcleo principal de concentración de judíos de todo el mundo, y en rigor el único fuera de la Cortina de Hierro, retornó triunfante y echó las semillas del imparable crecimiento posterior de la derecha israelí.

Sería ridículo, por supuesto, atribuirle ese crecimiento al viaje de un solo político. Es cierto que la ideología sionista orienta al Estado de Israel, desde el inicio mismo de su existencia, a la creación de una sociedad presidida por el exclusivismo étnico y la diferenciación interna de sus habitantes según el origen. Baste uno entre muchísimos ejemplos: en rigor, no existe la “nacionalidad israelí”; hay “ciudadanía” israelí, pero no “nacionalidad”. Hay israelíes judíos, israelíes árabes, etc., pero no hay israelíes en plena igualdad de derechos dentro de una nacionalidad común.

Esto último, lógicamente, es incompatible con la definición de Israel como “Estado judío” y la condición de vida de los ciudadanos árabes israelíes es una trágica demostración de este hecho. Es por esto también que historiadores judeo-israelíes de izquierda hayan llegado recientemente a la conclusión de que el origen de toda la tragedia del Medio Oriente radica en que en 1948 no se hubiera ejecutado un desplazamiento completo y sin fisuras de toda la población no judía de Palestina. Si Israel era el “Estado de los judíos” (de todos los judíos del mundo), lo mejor hubiera sido vaciarlo de no judíos desde el mismo origen.

En ese sentido, lo de Beguin no fue más que un antecedente de lo inevitable. Pero más allá de este hecho indiscutible, lo cierto es que al convertirse en el “hombre de EEUU” en Israel, Beguin lograría, con el mero andar del tiempo, convertir a su parcialidad política, minoritaria en 1948, en la fuerza dominante de la política israelí. Para aquilatar el contenido objetivo de esa parcialidad conviene recordar que el músico judío alemán Kurt Weil, amigo de Bertold Brecht, le había enviado a éste correspondencia durante una visita a Tel Aviv a principios de la década de 1930.

En esa ciudad tenía arraigo lo que luego sería el partido de Beguin, y su máximo ideólogo había sido Zeev Yabotinski. La idea básica de Yabotinski era que correspondía respetar a los árabes, y precisamente por eso proponía que el movimiento sionista se asumiera a sí mismo como una empresa colonial. Los árabes no rendirían su país por las buenas, y esto debía ser el punto de partida explícito de la acción sionista en Medio Oriente. Semejante franqueza repugnaba a Weil, quien decía que ese “fascismo judío” le resultaba vomitivo.

¿Por qué Israel piensa que Occidente no tiene derecho a la protesta?

Vomitivo o no, se demostró realista. El precio que “Europa” le cobraba a los judíos para admitirlos como iguales era, justamente, que fueran iguales… a los opresores imperialistas de la vasta mayoría del género humano. En un mundo como el actual, dividido entre un puñado de naciones que explotan a la mayoría de la humanidad y una vasta masa de países oprimidos o explotados por esas naciones, la única forma de “normalizar” a los judíos, de hacerlos “europeos”, estaba en convertirlos en aventureros colonialistas al servicio del sistema mundial imperialista. Su única oportunidad de dejar de ser perseguidos era convertirse en perseguidores. Su único modo de hacerse europeos era… ¡instalarse en Asia Occidental, en guerra permanente e inevitable con todos sus vecinos y en particular con los palestinos!

No deja de haber cierta horrible justicia histórica en el hecho de que ahora, cobrándose a su vez parte de lo que sienten que Occidente les debe, las fuerzas dirigentes del Estado de Israel hayan atacado como lo hicieron la “Flotilla de la Paz”. Los centuriones siempre han despreciado a los políticos que, en el corazón del Imperio, hablan de ideales mientras ellos conocen la dura realidad del régimen que defienden. Cuando estos “idealistas” se inmiscuyeron en sus “operaciones militares” o en su “gestión” siempre pensaron en cómo sacárselos de encima. Muchos políticos argentinos de la década de 1970 sufrieron en carne propia este efecto cuando, después de 1976, los mismos mandos militares que ellos habían convocado en 1976 se opusieron a su retorno al poder.

Así como repudiar a Videla sin repudiar a Martínez de Hoz es una gigantesca hipocresía, repudiar al Estado de Israel sin repudiar al conjunto del sistema imperialista es, como mínimo, un gesto vacío.

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