Más «Luna de Avellaneda» y menos pochoclo

Por Rolando Mermet

Colaboración especial para Causa Popular

El gobierno argentino acaba de tomar una medida de claro corte nacional en el área de la industria cinematográfica, al regular por ley un cupo mínimo de salas para la exhibición de la producción nacional.

Se busca con esta medida propiciar una real «igualdad de oportunidades» para que el espectador argentino pueda ejercer plenamente su libertad de elección, entre opciones múltiples y diversas. Incluida, la de ver cine argentino.

Hoy esa libertad de elección es ficticia, pues los distribuidores y los dueños de las salas guiados exclusivamente por el interés de obtener el lucro máximo en el menor lapso de tiempo, dejan sin salas a las películas locales. Así, los denominados «tanques», es decir, aquellas superproducciones de Hollywood que llegan respaldadas por un millonario presupuesto de promoción y publicidad que garantizan de antemano su éxito, copan la mayoría de las salas, desplazando no solo a las películas argentinas, sino al cine independiente de cualquier origen.

Se produce así, un sistema de selección natural y de «supervivencia del más apto» que opera como un darwinismo cinematográfico perverso, donde triunfa siempre él más poderoso sobre él más débil.

Y donde el pochoclo reina por sobre el interés colectivo. Los dueños de sala exigen a cada película que se estrena, alcanzar cada vez más butacas vendidas como media para no bajarla de cartel. Las películas argentinas que no cuentan con el respaldo publicitario y financiero de un canal de TV o de un grupo económico poderoso se quedan irremediablemente sin salas. Y el espectador argentino, sin posibilidad de disfrutarlas. La «libertad de mercado» enmascara también aquí, la desigualdad de oportunidades, reproduciendo una relación clásica de dominación y opresión.

La medida adoptada por el gobierno expresa una indudable voluntad de recuperar para el estado un rol protagónico e intervencionista, que debería extenderse en una forma u otra a todo el área cultural, garantizando por ley a las creaciones artísticas locales, un mínimo de difusión en las radioemisoras, la TV, y el cable, incluyendo la música, la literatura o el teatro. La producción cinematográfica argentina, como toda otra creación artística o cultural, al abordar temáticas que nos son propias, contribuye a la conformación de nuestra identidad nacional.

Un pueblo que no tiene identidad, carece irremediablemente de destino.

Recrear un arte en el que podemos reconocernos y redescubrirnos nos ayuda a reflexionar sobre quienes somos, qué nos pasa, y porque somos como somos. Todos estos son prerrequisitos indispensables para constituirnos como Nación.

La reglamentación impulsada por el INCAA que dirige Jorge Coscia protege a la industria cinematográfica local de la competencia desleal de los monopolios imperialistas de Hollywood, posibilita más trabajo para los actores y directores argentinos, contribuye a fomentar la identidad nacional y pone en el centro del debate la necesidad ineludible de que el estado, como expresión de la voluntad colectiva, intervenga y participe en forma protagónica en la defensa del interés nacional y popular.

A la profundización de ese rumbo, apostamos sin mezquindad y con terca esperanza la inmensa mayoría del pueblo argentino.

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