Marguerite Porete, iluminada por el fuego

Historias reales que son de no creer.

Si en su Epístola a Tito san Pablo había escrito “para los impíos todo es impío”, bien podía ser también cierta la proposición contraria: quienes hubieran alcanzado la perfección espiritual y renunciado a las posesiones materiales, quedaban exentos de pecado y en consecuencia estaban habilitados para desobedecer todas las leyes y hacer cuanto quisieran.

Pero no estamos en Woodstock durante 1969, sino a finales del siglo XIII, en Renania, que viene a quedar en Europa, por entonces en sí misma el mundo católico por excelencia, regido de modo absoluto por la Iglesia, ya institucionalizada y ya convertida en la máxima autoridad en la tierra. No había sido fácil: doce siglos había demandado a los herederos de san Pedro imponer su palabra y su voluntad como las auténticas Palabra y Voluntad. No era cuestión entonces de observar pasivamente cómo un grupo de inadaptados ponía en cuestión esa autoridad ganada con sangre, sudor y lágrimas. Para peor, los inadaptados no eran pocos.

Pobres de Cristo

Desde el siglo XI, Europa se había visto convulsionada por el surgimiento de importantes movimientos milenaristas, que basados en una interpretación del libro del Apocalipsis, profetizaban la llegada del Anticristo, seguida de una profunda reforma en el mundo y particularmente de la Iglesia, luego del advenimiento de un papa angélico y la instauración del reino del Espíritu Santo.

En sus formas prácticas, estos movimientos –que contaban con el fervoroso apoyo de la masa de los campesinos, mendigos y pobres en general–, propugnaban la abolición de las jerarquías eclesiásticas y la renuncia a toda forma de riqueza y hasta posesión de bienes materiales, en sintonía con la pobreza en que habían transcurrido su vida Jesús y los apóstoles.

Entre esos movimientos descolló, por un lado, el de los cátaros –“puros”–, que dio lugar a la llamada “herejía albigense” y fue el pretexto para la creación de la Inquisición. Por otro, mantenido siempre, aunque en equilibrio inestable, dentro de la Iglesia, el movimiento de las órdenes menores: los franciscanos.

La razón por la que el papado se mostró remiso a condenar a los franciscanos, es que la institución eclesiástica necesitaba urgentemente de un modelo que contraponer al de los cátaros, que ganaban cada vez más adeptos entre las clases populares, explotadas por señores, obispos y órdenes monásticas.

Los franciscanos, cultores del principio de la pobreza absoluta, crecieron enormemente, pero pronto tuvieron su primer cisma: fue entre los “conventuales”, partidarios de mitigar el voto de pobreza de manera que la orden tuviese medios de seguir predicando, y los “espirituales”, quienes recordaban la pobreza del Señor, postulando una existencia trashumante basada en la mendicidad.

La facción de los “espirituales” pronto evolucionó a ideas más radicales y dieron identificar a la Iglesia con la mismísima prostituta de Babilonia –símbolo de corrupción en el Apocalipsis–, vaticinando para su grupo una era de persecuciones a cargo del Anticristo, tras la cual heredarían la Iglesia. Justo es decir que al menos en su primera parte, su profecía se cumplió y varios de los espirituales acabaron en la hoguera.
Así y todo, continuaron en la clandestinidad, vinculándose a los hermanos del Esíritu Libre y dando origen a los “fraticelli” –denominación que la gente del común les aplicó luego de que fueran condenados expresamente por el papa Juan XXII– e influyendo claramente en la aparición de los Hermanos Apostólicos y Pobres de Cristo, vulgarmente, Apostolicci.

Fundado por Gerardo Segarelli, el movimiento de los Apostolicci encontró su inspiración en la vida de san Francisco y tuvo gran aceptación entre los pobres debido a la absoluta identificación entre pobreza y santidad.

Confiados en su popularidad, los exaltados ignoraron las excomuniones papales, a lo que la iglesia reaccionó con su acostumbrada violencia, quemando a cuatro de ellos en Parma en 1294 y seis años después al propio Segarelli.

La forzada clandestinidad los radicalizó y comandados por fray Dolcino perpetraron una revolución campesina contra la iglesia y las clases propietarias durante la que no se privaron de poner fuego a algunos templos y varias mansiones y de colgar aquí y allá a unos cuantos obispos y propietarios, y que acabó en un escarmiento público: el suplicio y muerte de ciento cuarenta hermanos y el atroz martirio de Dolcino.

El Espíritu Libre

Uno de los pocos sobrevivientes de la masacre fue Bentivenga de Gubbio, que alcanzó a ingresar a tiempo en la orden franciscana, organizando entre ellos la Secta del Espíritu de la Libertad, siendo así un pionero de los Hermanos y Hermanas del Espíritu Libre, más que secta o movimiento, corriente o “espacio”, diríase hoy, que nucleaba a los radicales enemigos de la Jerarquía y partidarios de la pobreza y el igualitarismo social y religioso, de los que formaba parte Marguerite Porete, una de las primeras y más notables exponentes del movimiento.

Marguerite enseñaba que los seres humanos están capacitados para alcanzar un estado de libertad perfecta mediante la identidad absoluta del alma con Dios, de manera que el yo y Divinidad acaben siendo la misma cosa. En tal estado, va de suyo que cada uno podía hacer lo que le viniese en ganas sin jamás correr el riesgo de caer en el pecado.

Los escritos de Marguerite fueron condenados por heréticos al despuntar el siglo XIV, pero ante su insistencia en proclamar la libertad del Espíritu, fue quemada en el año del Señor de 1310.

No era para tanto, se dirá, pero a favor de las jerarquías eclesiásticas convengamos en que debían estar más que aterradas luego de sus recientes experiencias con Segarelli y Dolcino. Además, aunque algunos cultores del Espíritu Libre constituyeran hermandades que vivían en casas comunales, muchos otros optaban por el vagabundeo y la mendicidad, los que eran sospechados de difundir doctrinas heréticas.

Y algo de eso había. Partiendo de la doctrina de que la renuncia a los bienes materiales les granjeaba la merced de que el Espíritu Santo residiera en ellos, se entendían como iguales a Cristo, por lo que sus deseos sólo podían ser puros y sus actos por encima de las humanas críticas. En ese sentido, el silogismo del teórico Juan Hartmann era impecable: como hiciera lo que hiciese no podía pecar, Hartmann aseguró que podría copular con una mujer sobre el altar de una iglesia sin por eso ofender a Dios. Lo suyo era un ejemplo retórico, pero muchos de los iletrados que lo seguían se tomaron el silogismo al pie de la letra y procedieron a retozar en los altares con el espíritu afín que se les pusiera a mano.

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