Maras, el estigma como identidad

Debajo de cualquier piel, se puede ser honrado.
Herman Melville

Todo el mundo quiere ver las imágenes, y sin embargo nadie quiere verlas.
Ray Bradbury

La Mara es mi vida, en ella me siento muy bien. Es lo único que he tenido y que tendré.
José, marero.

Desde el origen de la cultura los tatuajes han acompañado al hombre. En 1991, se encontró en los Alpes italianos a un cazador del neolítico, entre el 4000 y el 2000 AC, que llevaba su espalada y sus rodillas tatuadas.

En civilizaciones tan disímiles como la egipcia, la inca, Roma, China, los maoríes polinesios o en las tribus británicas prerromanas, el tatuaje aparece como estigma de delincuentes; marca de casta o rango; como divisa de fidelidad a una causa, muestra de resistencia al dolor en pruebas iniciáticas; como modo de intimidación para adversarios o con un fuerte significado Mágico-Religioso.

En algunas culturas, los animales han sido un tema recurrente ya que sus portadores creían obtener con ellos el espíritu de ese animal. En Egipto, el arte de tatuar era practicado casi exclusivamente por mujeres; durante el Imperio romano los tatuajes fueron muy comunes, pero con el advenimiento del Cristianismo se prohibieron. Los maoríes, por ejemplo, con sus espirales tatuados, creían poder atrapar la energía cósmica, tanto, que si alguien moría sin ellos se los practicaban después de muerto. En las islas Marquesas donde, hasta hoy, los tatuajes conllevaban un profundo significado erótico, “un cuerpo sin tatuajes es un cuerpo estúpido”.

La palabra tatuaje provine del fonema polinesio “tau», onomatopeya de “tau-tau” por el golpeteo de los instrumentos al hacer el dibujo en la piel. La palabra latina que define a tatuaje es estigma: “señal de infamia» o “marca para reconocimiento hecha en la piel de un esclavo o criminal”, “marca de culpabilidad». Lo que es claro es que un tatuaje es un dibujo, una cicatriz o una señal en la piel destinada a perdurar.

Quizás para muchos el tatuaje irrumpe en la novela de Herman Melville Moby Dick (1851) en el momento en que su protagonista Ismael conoce a Queequeg, el arponero polinesio: “De piel oscura y amarillenta, cubierta de recuadros negros”. El arponero tiene la cabeza afeitada y su cara llena de parches negros, que le invaden cuerpo, brazos, espalda y piernas. Más tarde los tatuajes los encontraremos en El Hombre Ilustrado (1951), el archifamoso libro de cuentos de Ray Bradbury, con su enigmático protagonista, pero en realidad eran “Ilustraciones, y no tatuajes”.

Desde la irrupción de las maras centroamericanas, el tatuaje se asocia a la versión de violencia urbana más espeluznante de la que se tenga memoria.

Otra historia

Las maras son producto del fenomenal sistema de exclusión que es Centroamérica, sin un lugar definido, sin una verdadera identidad ya que no hay una forma preestablecida que contenga a estos jóvenes pandilleros, que desde el inicio del siglo no han dejado de crecer y ocupar páginas de los diarios.

En El Salvador, por ejemplo, se los hace responsables del 60% de los homicidios, cifras parecidas se consignan en Guatemala y Honduras, además del tráfico de drogas, armas, secuestros e “impuestos” extorsivos.

Las maras, que a la vez cuentan con innumerables cantidad de divisiones conocidas como clikas, son dos: la Salvatrucha MS-13 (Salva: de salvadoreños y Trucha: vivo, despabilado en Caliche básico, algo así como un lunfardo centroamericano) y la Mara S-18: el nombre se los debe al lugar de nacimiento la calle 18, en el South-Central del sector de Rampart, de la ciudad de Los Ángeles.

Toda la problemática de las maras se ha agravado a partir de la introducción del crack, el pegamento, la heroína y otras drogas que azotan las ciudades centroamericanas. Las maras han hecho del estigma del tatuaje su mayor atributo, su emblema más propio y notorio. Convirtiendo su piel en identidad personal, tatuado su cuerpo a veces íntegramente, cabeza, cara, pecho, espalda, tobillos. Como buscando una manera concreta de visibilizarse frente a la sociedad, más allá de la violencia. Con cada trazo de sus tatuajes parecieran ponerle firma a sus hechos.

Para la mayoría de los mareros, los tatuajes son marcas referidas a hitos en su vida como pandillero, desde una separación amorosa, hasta los asesinatos cometidos, la muerte de un amigo, o el dolor causado a su madre: “Perdóname madre mía por mi vida loca”. Pero para todos, el tatuaje significa por sobre todas las razones, pertenencia. Con el tatuaje el cuerpo es una construcción identitaria. Es un signo entre el ser y el parecer, que le otorga prestigio, más allá del valor artístico que en muchos de los casos puedan tener, pero fundamentalmente se enorgullecen por el temor que infunden sus cuerpos grabados.

En cada uno de los tatuajes se cifra la historia de quien los lleva. Los cuerpos son en sí mismos propaladores no solo de esas historias, sino de su voluntad. Con contradicciones, coinciden en la misma piel vírgenes, ángeles o demonios, lágrimas, los corazones atravesados por puñales o espinas, hablan del amor que no se olvida. Un mismo tatuaje puede infundir miedo, sufrimiento y belleza, al mismo tiempo. El hecho de tatuarse, para el marero, tiene múltiples significados. En primera instancia es acto subversivo, como si quisiera restablecer para sí la soberanía sobre su propio cuerpo y a la vez desafiar al sistema que lo persigue. Se pone en evidencia asumiendo un compromiso, literalmente, indeleble con su Mara, ya que los tatuajes son símbolos de inclusión en su clica y de exclusión en la sociedad.

En el tatuaje dice quién es para fuera de la Mara y se individualiza hacia adentro. Se inscribe y describe su identidad, se diferencia de sus compañeros. Es nosotros y a la vez es él mismo. Como si fuera el tatuaje el que los cifra y no al revés. El tatuaje le da carácter, y no al revés. Al igual que en el mundo burgués, la marca identifica al portador. Mont Blanc, Cartier, Rolex o Louis Vuitton construyen la imagen de quien las lleva y no a la inversa.

Tatuajes y significados

Las dos Maras difieren de sus tatuajes, pero hay uno que se registra en ambas y es una el de la iniciación: “los tres puntos locos”, en forma de pirámide, el hoyo (la tumba), el hospital y el bote (la cárcel), puntos, que sin duda, conocerán oportunamente.

A partir de aquel tatuaje iniciático, el resto deberá ser ganado a base de compromiso con su mara. En las pandillas no existe libertad para tatuarse, y los que sigan depende del arrojo en la pelea o el haber eliminado un policía o a un integrante de la mara rival. Los tatuajes distinguen también el grado o cargo que se pudiera tener en la organización. En la S-18 los novatos pueden a tatuarse el pecho y los brazos, en la Salvatrucha la espalda y el cuello, en ambas sólo los jefes pueden hacerlos en cara y cabeza. Si bien cada tatuaje tiene un significado, este puede cambiar por la historia personal de quien lo lleva.

Las lágrimas jamás se graban sobre un objeto, debe ser la cara y de tamaño natural. Este tatuaje predomina en las mujeres y se realizan como lamento por la muerte de un Hommi (compañero de la mara) o un ser querido. Es la manera de guardar luto por siempre. Los dibujos de vírgenes representan la piedad; el mal puede ser una serpiente o humanoides con cuernos; los corazones atravesados con flechas son penas de amor. Muy comunes son los tatuajes que señalan la pertenencia al grupo con letras y números que identifican a la pandilla. La Mara Salvatrucha por ejemplo, usa el número 13 en combinación con las letras MS, graficadas de maneras distintas. En la pandilla M-18 se utiliza el mismo número que le da nombre. Algunos investigadores creen que el número 18 podría hacer alusión al triple seis y sus connotaciones satánicas, ya que siempre el culto al Diablo está presente.

En todos los casos se pueden mezclar números arábigos con romanos y letras góticas. Otros tatuajes refieren sobre experiencias personales: la vida en prisión (cárceles o las torres), las penas y alegrías vividas (cara feliz y cara triste, de un payaso), los dados pueden representar la perdición, el nombre de algún ser amado y la letra M de marihuana, las gárgolas representan a las víctimas de quien la lleva, al igual que las cruces. Quizás como advertencias para todos, el abandono de la mara se simboliza en una telaraña. Entre otros motivos puede aparecer el nombre del barrio, ya que en la cosmovisión de las maras el barrio, como núcleo primigenio de su existencia es de una importancia clave. Una de las tantas frases que se tatúan es: “Por el barrio nací y por el barrio moriré”.

Jeringas hipodérmicas y garras afiladas son también frecuente en la estética mara. Estos mismos símbolos se utilizan como graffiti para delimitar territorios en los barrios o colonias de las ciudades.

El estigma como identidad

Hoy cualquier ciudadano centroamericano que se cruce con un joven tatuado no dudará en identificarlo como marero. Como lo ha dicho Carlos Monsiváis: “De los maras lo que en verdad más se sabe o conoce, la esencia de su registro en la sociedad, es su aspecto. Como los ven, los adivinan; como los adivinan, les tienen miedo”.

Ellos lo saben y así lo ejecutan, por ello han optado por la auto-estigmatización como identidad, enfrentando las durísimas leyes que desde 2003 se han dictado contra estas organizaciones. En octubre de ese año en El Salvador se aprobó la “Ley antimaras”, la cual establece que ser marero es delito. Para su reconocimiento se tipifica algunas normas, por ejemplo: “Quienes se reúnan habitualmente, quienes señalen segmentos de territorio como propio, quien tenga señas o símbolos como medios de identificación, quien se marque el cuerpo con cicatrices o tatuajes”. Otro de los puntos de la ley autoriza a los jueces a juzgar solo por la apariencia de ser mareros, es decir estar tatuados.

Para quienes hayan o no pertenecido a una mara, incluso aquellos que hayan cumplido condena por cualquier delito, estar tatuado significa tener cerrado cualquier acceso a su inserción social. Nadie contrata a un ex marero, a un tatuado, el estigma los persigue. El “Plan Mano Dura” en El Salvador faculta a la policía a encarcelar a quienes tienen tatuajes, actitudes y ropas “sospechosas”. Por ejemplo, lucir pantalones por debajo de la rodilla, camisetas anchas, actitud desafiante o quienes hagan ciertos gestos con las manos.

Borrar la identidad

Desde el mes de junio en El Salvador se implementa, con el financiamiento de la Unión Europea, un programa destinado a remover tatuajes a ex pandilleros. Este proyecto está orientado a eliminar las marcas permanentes en la piel de aquellas personas que ya no pertenecen a esas bandas urbanas. Financiado por la Unión Europea y la Fundación Carisma, en la clínica “Adiós, tatuajes” de colonia Escalón en San Salvador, por cinco dólares la aplicación del fotocoagulador de rayos infrarrojos, se remueve los tatuajes a aquellos ex mareros que quisieran hacerlo.

En las calles de El Salvador ya no hay graffiti porque han sido prohibidos y el tatuaje también está en vías de extinción. Lo que no ha desaparecido de las calles de El Salvador y el resto del continente son las causas que lanzaron a la calles a miles de jóvenes en busca de la “vida loca” o la bala que la acabe.

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