Los gendarmes del terror

La historia perdida de la participación de Gendarmería en el Terrorismo de Estado. Vuelos de la muerte y una complicidad difuminada por la Historia.

Todos y cada uno de los gobiernos que se sucedieron desde la recuperación de la democracia la preservaron. Mientras las imágenes institucionales de las tres Fuerzas Armadas, de la Prefectura Naval en tanto apéndice de la Armada, de la Policía Federal, de la Bonaerense y de casi todas las policías provinciales quedaron indeleblemente marcadas por su participación en el terrorismo de Estado de la última dictadura cívico militar, en el caso de la Gendarmería Nacional se puso el foco en la participación de algunos de sus hombres –como si jugaran por la libre– en los grupos de tareas de la represión ilegal, o se mostró su papel como el de simple custodia perimetral, por órdenes del Ejército, del infierno de los centros clandestinos de detención (CCD).

 

Las razones de esta suerte de preservación fueron quedando claras con el correr de los años, cuando la Gendarmería se transformó en la fuerza de seguridad preferida por los sucesivos gobiernos para el control y la represión de las protestas sociales, a la vez que llegó, en algunos casos, a suplantar a la policía en la llamada “lucha contra la inseguridad”.

 

Mucho más que auxiliares

Sin embargo, la Gendarmería cumplió un papel relevante en la represión ilegal y en el plan sistemático de desaparición de personas, a la par de las otras fuerzas que colaboraron con las tres armas. En ese sentido, el relevamiento de los campos clandestinos de detención que funcionaron en la Argentina entre 1974 y 1983 deja en claro que no cumplió una tarea secundaria de custodia sino que también montó y regenteó muchos de ellos. El listado de CCD y los puestos de apoyo (PA) elaborado por la Secretaría de Derechos Humanos establece que 21 de los 762 CCD (el 4,9%) que funcionaron en la Argentina durante esos años tuvo base en instalaciones de la Gendarmería. Si se hiciera un ranking, la fuerza ocuparía el cuarto lugar, en cuanto al manejo de CCD, entre todos los actores de la represión ilegal, superada solamente por la suma de todas las policías provinciales, el Ejército y la Policía Federal. A esto hay que sumarle los puestos de apoyo –definidos como otros lugares de detención ilegal sin las características típicas de los CCD–, de los cuales el 2,9% estuvo a cargo de esa fuerza de seguridad.

«Si se hiciera un ranking, la fuerza ocuparía el cuarto lugar, en cuanto al manejo de CCD, entre todos los actores de la represión ilegal, superada solamente por la suma de todas las policías provinciales, el Ejército y la Policía Federal»

Pero no se limitó a manejar esos centros clandestinos, sino que aportó personal y logística para cumplir diversas funciones auxiliares en otros lugares de detención, fundamentalmente los que estaban en la órbita del Ejército y la Policía de la provincia de Buenos Aires. Esa fue la función por la que quedó caracterizada su imagen, pero como se vio antes, no fue la única. “Al ser una fuerza de alcance nacional, la Gendarmería Nacional tenía regimientos, vehículos y hombres apostados en gran parte del territorio argentino. Pero toda esta logística desplegada no fue usada para ‘cuidar las fronteras’ (supuestamente esa es su función) sino para sistematizar la custodia y vigilancia de la mayoría de los centros clandestinos, incluso los de zonas populosas como Buenos Aires (hay casos en el Circuito Camps, Campo de Mayo y Bahía Blanca), Rosario y Tucumán. También se encargaron del traslado de prisioneros y de los cuerpos maniatados y vendados que el Ejército y la Fuerza Aérea arrojaban al mar en los vuelos de la muerte. Queda claro que nada estaba sujeto al azar, cada una aportó su granito de arena para que el plan sistemático de exterminio funcione aceitadamente”, explica la periodista Claudia Ferri en un excelente artículo de investigación sobre el papel cumplido por la Gendarmería en el terrorismo de Estado.

 

La presencia de la fuerza no se limitó a CCD marginales, sino que participó en –y en ocasiones tuvo bajo su control– algunos de los más importantes, como La Escuelita de Famaillá, El Refomatorio y el arsenal Miguel de Azcuénaga, de Tucumán; en Campo de Mayo, en el Circuito ABO (que incluyó a tres CCD: Club Atlético, Banco y Olimpo), y El Vesubio de Buenos Aires; en La Perla, La Rivera y Escuela de Suboficiales de Córdoba; en el Regimiento 29 de Formosa y en el Penal de Chimbas de San Juan, entre otros.

 

Formados para la represión ilegal

Un dato muy poco conocido es que desde fines de la década de los 40, durante el segundo gobierno de Juan Domingo Perón, Gendarmería Nacional enviaba periódicamente oficiales para formarse en los cursos que brindaba la Escuela de las Américas en Panamá. “Entre 1949 y 1996 pasaron por allí 219 miembros de fuerzas militares y de seguridad argentinos que realizaron 236 cursos. La mayoría eran personal del Ejército, aunque también se incluye un alto número de gendarmes”, señala el historiador Daniel Mazzei en su investigación «El Ejército argentino y la asistencia militar norteamericana durante la Guerra Fría».

 

Tampoco resultaron ajenos a la formación de los gendarmes los métodos represivos de la Escuela Francesa. “Ambas fuerzas (Ejército y Gendarmería) compartieron las enseñanzas de instructores del Ejército francés en técnicas antisubversivas y ‘Guerra Revolucionaria’ adoptando una nueva teoría de defensa que, en pocas palabras, planteaba que el enemigo ya no se encuentra del otro lado de las fronteras sino que actúa en el seno mismo de la sociedad y, por lo tanto, se camufla en ella. El método para combatir la subversión, perfeccionado por los franceses en Argelia, era la desaparición forzada de personas. El coronel francés Robert Bentresque (agregado militar del ejército francés a la Escuela Superior de Guerra del Ejército a principios de la década de los 60) fue uno de los profesores que brindó cursos en sedes de Gendarmería en los que enseñaba a sus alumnos cómo se organizaba y manejaban las organizaciones revolucionarias”, explica Ferri en el artículo citado más arriba.

 

La Escuelita, un caso

Alicia Mabel Partnoy fue secuestrada en Bahía Blanca el 12 de enero de 1977 y trasladada al CCD conocido como “La Escuelita”. Su testimonio, además de ser uno de los pocos que existen sobre un CCD ubicado en el sur argentino, describe el funcionamiento de un campo de concentración manejado casi exclusivamente por Gendarmería. En ese sentido, es uno de muchos de los que ubican a personal de esa fuerza a cargo del movimiento cotidiano, torturas incluidas, de un centro. “La guardia estaba compuesta en su mayor parte por personal de Gendarmería Nacional. Había dos turnos de doce guardias cada uno, que con algunas variaciones debidas a sus cambios de destino, custodiaban a los detenidos-desaparecidos por intervalo de dos meses cada turno. Había dos jefes de turno permanentes que controlaban día por medio el ‘campo’”, relató.

 

Conviene reproducir exhaustivamente su declaración: “Estos jefes (aparentemente oficiales) estaban encargados de la tortura en los interrogatorios, y también tomaban parte en los secuestros y traslados. Algunos guardias participaban en la tortura y en los operativos (secuestros) –de lo cual se vanagloriaban–, recibían a cambio dinero extra y además el beneficio de repartirse el ‘botín’. Todos los guardias eran encargados de la diaria tortura física y sicológica consistente en el maltrato y la humillación permanente que luego describiré”, explicó.

«Alicia Mabel Partnoy fue secuestrada en Bahía Blanca el 12 de enero de 1977 y trasladada al CCD conocido como “La Escuelita”. Su testimonio, además de ser uno de los pocos que existen sobre un CCD ubicado en el sur argentino, describe el funcionamiento de un campo de concentración manejado casi exclusivamente por Gendarmería»

“Había dos interrogadores (personal de Inteligencia) que aparentemente supervisaban el ‘trabajo’ de los jefes de turno y que venían imprevistamente o cuando había nuevos secuestrados. Cada tanto venían comitivas especiales, precedidas por un estado de nerviosismo de los guardias, que en esas oportunidades limpiaban el piso –continuó–. En una de esas recorridas pude ver por un resquicio de la venda un par de botas militares y parte de un pantalón verde oliva. De todos modos, el ruido de las botas sonaba aterrador sobre el piso de madera –aún antes de haberlas visto– (tanto los guardias como los jefes usaban ropa civil, esmerándose en que su calzado fuera silencioso para que nunca tuviéramos exacta noción de donde se encontraban). También había un ‘médico’ o enfermero en el último tiempo”.

 

“Los turnos de guardia se distribuían de la siguiente manera: tres grupos de cuatro. Cada grupo tenía un día de turno, un día de descanso (en que estaban autorizados a salir del lugar) y un día de «retén» en que se quedaban a reforzar la guardia en caso necesario. El grupo de refuerzo era el encargado de ir a buscar la comida al comando. El grupo diario rotaba en los siguientes puestos: uno adentro de las piezas, uno en el pasillo, uno en la garita de afuera y el cuarto móvil. Luego de meses de estar atenta a los ruidos y a las voces, y a las conversaciones que podía captar entre ellos, pude darme cuenta de cuántos eran y cómo se organizaban. Todos se llamaban entre ellos por sobrenombres; las descripciones físicas aproximadas puedo darlas gracias a lo que espié bajo la venda floja y a que en las pocas oportunidades en que nos podíamos bañar, ellos se colocaban una capucha negra al quitarnos la venda. La gran mayoría eran gendarmes”, concluyó Partnoy.

 

Los vuelos de la muerte

En un testimonio ante el fiscal Federico Delgado sobre el funcionamiento del llamado Circuito ABO en marzo de 2013, el ex gendarme Federico Talavera reveló que, además de manejar centros de detención y custodiar otros, la Gendarmería Nacional también participó de los vuelos de la muerte, que hasta entonces sólo se adjudicaban a la Armada, el Ejército y, en menor cantidad, a la Fuerza Aérea. Además, identificó a los responsables que conocía con nombre y apellido.

 

“Los vuelos de la muerte fueron varios, muchos. Los traslados se hacían de noche, desde Aeroparque, y los que hacían los vuelos eran el segundo comandante Guillermo Cardozo, de Gendarmería; Eugenio Pereira Apestegui, de Inteligencia de Gendarmería; el Turco Julián, y el principal Rosas, de apodo ‘Clavel’, que era de la Policía Federal. Las personas iban vivas, drogadas, sedadas, iban libres, deliraban, no estaban esposadas, iban vestidos. Se les decía que iban a un campo. Ninguno tenía ya capuchas ni vendas. No les importaba mucho que vieran a las personas que los llevaban”, relató Talavera, que admitió que cumplió funciones de chofer en el CCD Olimpo.

 

En su declaración testimonial, el ex gendarme también aportó un mapa de las bases aéreas de donde salían los vuelos desde los cuales se arrojaba a los detenidos desaparecidos, el uso de aviones sin identificación militar, los nombres de víctimas y de miembros de las fuerzas de seguridad que participaban de estos operativos.

 

Los testimonios sobre la participación de miembros de la Gendarmería Nacional en la represión ilegal de la dictadura e, incluso, los que ubican a la fuerza en posiciones de control o comando de no pocos centros clandestinos de detención, se han ido multiplicando con el correr de los años. Sin embargo, al escribirse estas líneas hay sólo 23 gendarmes condenados por crímenes de lesa humanidad cometidos en el marco del terrorismo de Estado.

 

Un dato relevante, cuya lectura no admite muchas interpretaciones.

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