Los dilemas del peronismo

El escritor, docente y periodista Eduardo Jozami plantea en su nuevo libro Dilemas del peronismo. Ideología, historia política y kirchnerismo (Ed. Norma) las diferencias entre la militancia de antaño y la vida política hoy; el peronismo no como una teoría revolucionaria sino como “la experiencia política de la clase obrera”, y el surgimiento de una “nueva derecha”. En esta entrevista, aborda la actualización del debate entre peronismo verdadero y la necesidad de autoproclamarse peronista para ganar electores.

—¿Qué le inspiró a escribir Dilemas…?

—Este libro reúne los trabajos que escribí entre 2005 y principios de 2009. En algunos casos son trabajos que tienen que ver con mi actividad universitaria, en otros con demandas políticas —sobre el kirchnerismo. Pero más allá de eso, los artículos —que nacieron por diferentes motivos y en diferentes circunstancias— en el fondo tienen una gran unidad porque todos tienen un tema básico, que parte del peronismo pero que también plantea la necesidad de dialogar con otras corrientes de pensamiento.

—A poco tiempo de haber publicado este libro y a un mes y medio de las elecciones, ¿cómo hay que tomar el triunfo del PRO?

—Veo como una calamidad que haya ganado las elecciones. De alguna manera creo que algunos de los temas que estamos planteando se actualizan más. Hay una necesidad de redefinición del peronismo; insisto en que es un movimiento que contra todas las predicciones ha perdurado. El peronismo es, en buena medida, la política de los sectores populares, pero al mismo tiempo puede llegar a diluirse tanto como para que De Narváez diga que es peronista. Y eso no es simplemente una manifestación oportunista de él, sino que mucha otra gente que tenía tradición en el peronismo puede acompañar esa propuesta. Ya desde la época de Menem se puede decir que se es peronista, levantar el neoliberalismo, pero también pueden ser posturas completamente opuestas. Me parece que la derrota electoral muestra la debilidad de los apoyos, el sostén político de un gobierno que se apoya en el Partido Justicialista, pero que nunca sabe realmente cuánto hay de cierto en ese apoyo.

—La oposición del campo, como actor social, ¿se podría haber dado en otra época?

—Puede tener muchas explicaciones: el apoyo internacional, los altos precios de la soja, el importante desarrollo agropecuario. Más allá de los motivos que llevaron al conflicto con el campo, la derecha lo tomó como tema central para construir la oposición al gobierno. El campo, por otro lado, no es una entidad metafísica, son los grandes productores agrarios que hoy han tenido el acompañamiento de la Federación Agraria que en su momento eran los representantes de otros intereses, como los de pequeños y medianos propietarios. Pero estos sectores que identificamos, como la Sociedad Rural, tienen una larga trayectoria de oposición a toda política popular. No nos olvidemos que hubo un paro agropecuario poco antes del golpe de 1976. Me parece que no es caprichoso que sean estos sectores los que están encabezando la oposición de un gobierno que, con todas sus oposiciones y críticas que se le puedan hacer, intentó diseñar un rumbo más popular en la política argentina.

—¿Se puede decir que “el campo” es tanto antiperonista como antidemocrático?

—Los dirigentes de las principales entidades agropecuarias han sido ferozmente antiperonistas. Y no hay ningún motivo para pensar que no lo sean. Pero es curioso, porque son antiperonistas en el sentido más profundo del término: siguen rechazando aquellas tradiciones y aquellos valores que el peronismo trajo a la vida social argentina, como la promoción de los trabajadores, el desarrollo del mercado interno, la preocupación por los salarios, la igualdad social. Pero por otro lado están absolutamente dispuestos a tener aliados que se autoproclaman peronistas. Esto señala cuántas cosas pueden hacerse en nombre del peronismo hoy. Además, durante el desarrollo del conflicto agropecuario, se vieron intentos por usurpar de algún modo el lugar político que le corresponde al gobierno votado por el pueblo. Los dirigentes agrarios cortaron rutas, hablaron en nombre de la sociedad, tuvieron una actitud que, acertadamente, Carta Abierta llamó destituyente, en el sentido de impulsar la desestabilización del Gobierno. Y hoy, cuando se plantean como los fiscales de la República, controlando lo que dice el gobierno y presionando a la oposición, me parece que tampoco esa es una actitud que corresponde a quienes en última instancia son simplemente representantes de uno de los sectores de la producción y de la vida social argentina.

—¿Este conflicto se podría haber dado en épocas de Perón?

—Durante los gobiernos de Perón hubo una relación también conflictiva con el campo, donde no cabe duda que el sector agrario se entusiasmó y hasta propició el golpe de 1955.

—¿Cuáles son los caminos que diferencian al gobierno de Menem y al de los Kirchner?

—Son dos modos de leer la historia del peronismo, en caminos totalmente enfrentados. Menem fue votado por mostrar un proyecto que retomaba muchas de las banderas del peronismo. Se hablaba de la revolución productiva, del salariazo, y después terminó poniendo como Ministro de Economía a Bunge y Born. Y eso fue lo que ellos defendían como una realidad indiscutible: que el poder de los sectores concentrados de la economía no podía discutirse, que quien quisiera gobernar la Argentina sin problemas tenía que seguir ese camino. Y para eso, Menem, como un buen alumno, aceptó la lección que le dieron los grupos económicos cuando provocaron la salida de Alfonsín. Esto hoy tiene su continuidad. Los sectores que se llaman peronistas disidentes creen que cualquier política que tienda a criticar a los sectores agropecuarios concentrados, al capital financiero, a los grandes grupos económicos va a terminar mal. Piensan que hay que acompañar al poder en vez de cuestionarlo. Yo creo que lo que proclamó Kirchner al comienzo de su gobierno nos sedujo a muchos, porque se planteó objetivos de ese realismo mal entendido: derogar las leyes de impunidad, renovar la Corte Suprema, cambiar las relaciones con los Estados Unidos. Todas esas son medidas que se sientan en la vereda completamente opuesta al menemismo. Se volvió a pensar que era posible introducir cambios, que tenía sentido votar y participar. Por supuesto que estos términos tuvieron y tienen sus claroscuros y sus asignaturas pendientes. Pero no hay dudas de que el kirchnerismo introdujo una bocanada de aire fresco como contracara a la experiencia de Menem.

—Las criticas que le hacen al gobierno tanto Macri como De Narváez, ¿le parecen constructivas o destructivas?

—Son las críticas que los opositores maniobran para el desgaste del Gobierno. En realidad, eso, dentro de ciertos límites, es bastante comprensible, pero lo lamentable es lo que expresan políticamente Macri y De Narváez. Es decir: De Narváez es una persona que ha ganado las elecciones con un mensaje en el cual el único recurso medianamente confiable fue el de la inseguridad, planteando una política simplista que, en última instancia, responsabiliza de la inseguridad a los sectores populares, y directa o indirectamente la mano dura. Por otro lado, su mejor carta de presentación ha sido el ser multimillonario, lo cual también está mostrando un cierto retroceso del debate y de la cultura política argentina. Y también es el caso de Macri, que después de algunos meses de no mostrar su perfil excesivamente derechista, está mostrando ese criterio empresarial que lo caracteriza para gobernar la ciudad, con absoluto desinterés por los aspectos sociales, y con absoluto desprecio por la sociedad ha nombrado a un Jefe de Policía comprometido por delitos de lesa humanidad.

—¿Es posible que se autoproclamen peronistas?

—De Narváez se ha comprado la biblioteca de Perón, lo cual es la idea más lograda y acabada de que uno se puede comprar al peronismo. Como no puede comprar a Perón, seguirá intentando comprar las casas donde vivió Perón y todo lo que quiera. Lo que me parece que difícilmente puede comprar es lo que el peronismo tiene más valioso: la tradición popular, la identificación con los trabajadores, con las luchas sociales. Está en las antípodas del pensamiento y hasta del estilo de vida.

—En el libro señala reiteradas veces los límites del peronismo. ¿Cuáles son?

—Tienen que ver con la misma composición que estamos hablando del peronismo. Es un debate que se plantea inmediatamente después de 1955, que con más claridad lo demuestra Cooke. Es un debate que atravesará los años ‘60 y ‘70, pero que sigue siendo actual. No se plantea con los términos de violencia y enfrentamiento que se dieron por aquellas épocas, pero, en última instancia, es la discusión sobre si el peronismo puede llevar adelante una política de transformación sin convocar a otros sectores no peronistas de la sociedad, y al mismo tiempo rompiendo esta falsa alianza con muchos sectores que están dentro del peronismo pero que, como se vio en las últimas elecciones, no se identifican con esa política de transformación. Por eso digo en el libro que a mí no me preocupa la unidad del peronismo, porque puede significar que haya que aceptar a un candidato cuyas ideas puedan ser absolutamente distintas a todas estas políticas que a nosotros nos entusiasmaron. Por eso creo que es otra la idea que debe plantearse: cómo, desde el peronismo, se convoca a un proyecto más amplio, y que no es sólo una cuestión semántica de cuáles son los verdaderos peronistas. Eso no tiene la menor importancia ahora, porque lo define la historia, la práctica. Pero lo que sí está claro es que hoy el kirchnerismo es quien está tropezando con esos mismos límites.

—Como docente, ¿enseña a sus alumnos a acercarse a la política?

—Yo no les sugiero a mis alumnos ningún camino político. En los últimos años he dado muchos cursos que tienen que ver con la política, me interesa debatir y hasta suelo ser apasionado cuando planteo mis posturas, pero no es una especie de capacitación de qué camino tomar o cómo ser un buen peronista. Creo que es importante preservar, desde el peronismo también, un pluralismo importante, demostrando que la universidad es el espacio donde se puede debatir con la mayor amplitud. Si un profesor manifiesta desmedidamente su postura, eso lleva a que a quienes toman los cursos se les haga más difícil participar y debatir.

—¿Ve a sus alumnos comprometidos en la política o rechazándola?

—En general encuentro bastante interés por la discusión. Lo que no me parece es que estén interesados en el camino de la militancia. Hoy, el nivel de participación en la política es bajo, pero en algunos casos participan con interés en los diferentes temas.

—¿Cómo ve la militancia hoy en referencia a la de los años ‘70?

—En los ‘70 se creía que el mundo se podía cambiar, y además pareciera que iba a cambiar muy rápidamente. Entonces sentíamos una compulsión por participar en ese proceso. Hoy creo que la situación que se vive es casi la contraria. Es decir que los cambios significativos parecen difíciles, la frustración de las expectativas políticas ha sido muy grande y además han cambiado mucho las formas de hacer política, los escenarios, el concepto del espacio público. Se han instalado los medios de un modo tan terminante que eso también reduce la participación. Es como si la política se librara en otro espacio. Pero además creo que la gente es escéptica en pensar que la política podría cambiar el rumbo de sus vidas.

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