Los desnudos y los muertos

La gestión de Macri agoniza, no por sus contradicciones sino por su falta de capacidad y de escrúpulos. Entre tanta agua, tanta bicisenda y tanto sumidero mugriento, se apagan los fuegos fatuos del PRO, como se apagan las promesas de la derecha sin botas.

La pasión inmobiliaria de Mauricio Macri parece no tener fin. Hace semanas volvió a la carga con la primera seccional de la policía de la ciudad, a construirse en el Parque Sarmiento. No tuvo suerte. La jueza Gabriela Seijas impidió el inicio de la obra hasta que se determine su impacto ambiental. Así las cosas, la prioridad vigilante de la administración PRO, que tanto aprecian sus votantes y otros oportunistas, se demora por mucho presupuesto que se desvíe desde educación y salud. La casita de los muchachos por ahora corre la misma suerte que el imaginario centro cívico que el empresario pretende construir en el terreno fiscal que ocupan los neuropsiquiátricos Borda, Moyano y Tobar García. Será que entre tanta agua, tanta bicisenda y tanto sumidero mugriento, el hombre quiere dejar un recuerdo de su paso por el Ejecutivo comunal antes de volver a la presidencia de Boca Juniors. La gestión de Macri agoniza, no por sus contradicciones sino por su falta de capacidad y de escrúpulos, y por una soberbia de cualunque, digna de su historia personal: entrampado por peronistas y radicales aliados a su jefe de Gabinete, Horacio Rodríguez Larreta, el verdadero mandamás, el ideólogo de la UCEP y propulsor del policía Palacios y de Ciro James, de Abel Parentini, Esteban Bullrich, Eugenio Burzaco y de la candidatura a presidente de la Nación de su socio, acaso con el objeto de borrarlo del tinglado por tiempo indeterminado.

Rodríguez Larreta decidió el reciente nombramiento de un empresario tabacalero en el directorio del Hospital Garrahan; también impulsó, al frente del Moyano, la designación de Alberto Monchablón Espinoza, un psiquiatra involucrado desde diciembre de 2005 en una causa por firmar protocolos que certificaban -sin autorización judicial- la experimentación con drogas no autorizadas en internas de ese mismo hospital.

Jorge Lemus, ministro de Salud PRO, no fue consultado quizá por su edad. En defensa de Monchablón habló el jefe de gabinete de Lemus, el correligionario Néstor Pérez Baliño: dijo que el psiquiatra, acusado también de comandar una red de prostitución dentro del Moyano, estaba sobreseído en la primera causa; de la otra no dijo nada. Pero las cosas no son así: el estado legal de Monchablón es confuso; la causa que negó Pérez Baliño sigue su trámite en el juzgado de Ariel Lijo, y quien la sostiene es una empleada del hospital, enfermera e hija de una de las víctimas, según relató a este medio una fuente inobjetable.

Para armar este combo, los cerebros del PRO nombraron director de Salud Mental a Gregorio Alcaín, que implementó la medida que lleva la firma del temulento Lemus: el cese en sus funciones de Rubén Slipak, director del Centro de Salud Ameghino (restituido esta semana por la resistencia de los trabajadores a la medida); de Roberto Yunes, del Tobar García; y de Jorge Cafferata, del Moyano.

¿Quiénes son estos señores? Cafferata, promotor de una desmanicomialización gradual y asistida, estudioso de la obra del italiano Franco Basaglia, es el esposo de la economista y presidente del Banco Central, Mercedes Marcó del Pont.

Slipak, antes de su destitución de facto y restitución de jure, fue titular del Ameghino durante siete años; su reputación es impecable; en el acto de desagravio, inmediato a su despido, el pasado octubre, estuvo acompañado por el secretario general de ATE Capital, Ricardo Arrechea.

Alcaín tiene el honor de haber ascendido de médico clínico suplente a guardaespaldas de Néstor Marchant, “el Fino Palacios de la salud mental”, capo di tutti capi del Moyano durante veintidós años hasta su expulsión, en diciembre de 2005, a causa de los episodios expuestos, que incluían el uso forzoso de camisas de fuerza, prohibidas desde 1968. Marchant probaba, Monchablón firmaba y Alcaín hacía de campana. Y los laboratorios farmacéuticos pagaban. Y todo el esquema saltó por los aires. El entonces secretario de Salud de la comuna, Donato Spaccavento, renunció. Y Jorge Telerman, intendente suplente, no dijo esta boca es mía. Pero como se sabe, el retorno de lo reprimido, retorna, y lo hace con mayor violencia: Alcaín en el Ejecutivo, y Monchablón apadrinado por Larreta y por Macri, es una prueba contundente.

El final es para Pérez Baliño: un radical amigo de Enrique Nosiglia que cobra 5500 pesos por mes en una secretaría de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires, saltándose la normativa que impide ser funcionario público y tener cargos políticos rentados: la silla que ocupa en la UBA no es académica, es política.

A Pérez Baliño tal vez se lo recuerde como defensor del hospital público cuando los dispositivos de salud porteños fueron puestos bajo la lupa de funcionarios, políticos, medios y público a raíz del incidente en la carótida por el cual el diputado nacional (FPV) Néstor Kirchner fue operado en una clínica privada; o tal vez se lo recuerde como el usurpador del puesto de Spaccavento, director (con licencia, sin goce de sueldo) del Hospital Argerich; o tal vez no se lo recuerde en absoluto. Como sea, bajo la lluvia se apagan los fuegos fatuos del PRO, como se apagan las promesas de la derecha sin botas, entre las espaldas del ex senador Duhalde, la caja del Pancho De Narváez, los enunciados sin eses de Reutemann y los pífanos de los clarinetes sin fútbol.-

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