Los balseros olvidados

“¿Por qué cosa muere un pobre?”. Manuel del Cabral.

En el universo náutico de los exiliados o inmigrantes ilegales, a los balseros cubanos apenas le compiten en centímetraje periodístico las pateras que cruzan el estrecho de Gibraltar llegando de África. Pero otros navegantes cruzan, no muy lejos de las rutas de las balsas cubanas, en endebles y pequeñas embarcaciones de madera llamadas yolas. Cientos de dominicanos y haitianos, cargados de angustia y desesperación, absolutamente olvidados, se lanzan en endebles naves con capacidad para 20 ó 30 personas que los traficantes cargan con más de 100. Estos botes pueden alcanzar la costa de Puerto Rico en solo ocho horas, donde creen que el futuro puede ser algo más que marginación y pobreza.

Un canal peligroso

La sociedad dominicana ha venido atravesando por un delicado proceso de disolución que se observa en el éxodo masivo, como sea y en lo que sea. Desde los años ochenta se ha popularizado cruzar el Canal de Mona, llamado así por una pequeña isla que se encuentra equidistante entre las dos Antillas. El canal separa las costas de Quisqueya, también conocida como La Española, que hoy alberga a las Repúblicas de Haití y Dominicana, de la isla de Boriquén, el nombre original de Puerto Rico, quien tiene estatus de Estado de la Unión.

El Canal posee entre ciento veinticinco kilómetros de largo y ciento sesenta kilómetros de ancho, con corrientes marinas de hasta cinco nudos, olas de seis metros y rachas de vientos que alcanzan los sesenta nudos. En el canal se arman tormentas tan veloces como contundentes y es un santuario de tiburones. Allí se encuentra uno de los abismos más profundos del planeta, la Fosa de Milwaukee (8.648 metros de profundidad) y en esa depresión existe una gran actividad volcánica.

Historia sin paz

Los cronistas de Indias registran en julio de 1502, en el Canal de Mona, el primer gran naufragio español: veinticinco carabelas, de una flota de treinta y dos, entre ellas el buque insignia El Dorado, cargadas de metales preciosos.

El mapa político de Dominicana prácticamente no ha conocido sosiego desde que en 1492, Colón y sus hombres desembarcaron en sus playas. Ya en 1502 fray Nicolás de Ovando llevó a la isla dos mil españoles que causaron la devastación de las fuentes alimenticias de los naturales, lo que terminaría con la conquista española y la exterminación de los Tainos y Aruacos, habitantes originarios de Quisqueya. En 1672, en la parte oeste de la isla, Francia funda Saint Domingue, que se convertiría en 1804 en Haití, primera república de América. En 1822, República Dominicana se declara independiente de España, pero Haití invade su territorio y la ocupa hasta 1844. Sin destino, Dominicana acepta el retorno colonial de Madrid desde 1861 a 1864. Una larga serie de guerras civiles finalmente terminarían con la dictadura de Ulises Hereaux, la cual provocaría la invasión norteamericana de 1916. Con la retirada, dejan al patético Rafael Leonidas Trujillo desde 1930 a 1961, al que le continuará su mayordomo Joaquín Balaguer, luego de la recordada invasión norteamericana en abril de 1963. A esta siguieron una serie de gobiernos débiles y corruptos, adictos a políticas neoliberales que como un huracán se abatieron sobre el continente generando más pobreza.

Toda esta inestabilidad política y económica ha obligado al pueblo dominicano a buscar su destino en otras patrias: tres millones de dominicanos han emigrado en los últimos cuarenta y cinco años.

Delinquir o emigrar

Las estadísticas del Servicio de Guardacostas de Estados Unidos entre los años 1995-2007 brindan datos contundentes sobre los intentos de inmigrantes ilegales que fueron interceptados por esa fuerza: 21.653 dominicanos, y 17.956 haitianos frente a 8.867 cubanos, a quienes fueron amablemente cobijando en el marco de la Ley de Ajuste. Poco sabremos de los casi treinta y cinco mil almas que las actuales leyes norteamericanas equiparan con peligrosos terroristas internacionales.

En las míticas yolas caribeñas, estos emigrantes intentan alcanzar las costas de Puerto Rico, sin importarles que varios cientos se reporten anualmente como ahogados, devorados por tiburones o desaparecidos. Se estima que solo el treinta por ciento de los que se lanzan a la aventura logra alcanzar Puerto Rico, donde deben mantenerse a buen recaudo de la Patrulla de Fronteras.

El panorama económico de Dominicana es tenebroso. La asunción del presidente Leonel Fernández en agosto de 2004, quien ya había gobernado entre 1996 y 2000, lo enfrentó a un país devastado: la tasa de inflación a esa altura del año alcanzaba el 32%, el desempleo se estima en más de un 20% y el peso frente al dólar se devalúa constantemente. El servicio eléctrico sufre cortes diarios, algunos de veinte horas.

Más de la mitad de los ocho millones de habitantes de la República Dominicana son víctimas de la profunda crisis económica, la inflación, y niveles de desnutrición desconocidos con anterioridad. Las opciones son escasas: delinquir o emigrar.

Entre quienes se van, Puerto Rico es el destino más cierto, ya que se habla español, la economía esta subsidiada por el gobierno federal norteamericano, hay posibilidades de empleo, particularmente en áreas de servicios, y su acceso aunque peligroso es factible. Finalmente, Puerto Rico es para ellos la puerta a Estados Unidos, particularmente a Nueva York, que se ha convertido en la segunda ciudad dominicana después de Santo Domingo.

En Puerto Rico viven alrededor de 300.000 dominicanos, la mayoría indocumentados, que consiguen enviar a sus familiares entre 50 y 300 dólares mensuales. En los Estados Unidos viven más de un millón doscientos mil, de los cuales un treinta por ciento lo hace de manera ilegal.

Plan de viaje

Las tarifas para poder abordar unas de estas yolas, siempre pintadas de azul para no ser detectada desde el aire, son tan variadas como los servicios que incluyen. Por mil cien dólares se consigue una lancha de fibra de vidrio con dos motores, que en seis horas arriba en Boriquén.

Pero lo precios varían desde 700 a 6.000 dólares; los más económicos solo completan una aproximación a la costa, donde el viajero se tendrá que lanzar al agua y nadar los últimos metros hasta la playa, por esos se les dice “mojaditos”. Pero las opciones más caras incluyen alojamiento en una casa segura en la ciudad capital, San Juan, muchas de ellas en el tradicional barrio de Santurce; provisión de pasaporte falso y un pasaje de avión a Nueva York, siendo acompañado por los traficantes hasta el propio aeropuerto para evitar la requisitoria de los agentes de inmigración.

Se han detectado traficantes que no cumplen con lo pactado. Como muchos de los candidatos a emigrantes son campesinos y también haitianos que no hablan español y semi-analfabetos, luego de embarcarlos en algún punto secreto y de pasearlos unas cuantas horas por el mar, son abandonados en Boca Chica, la playa más popular de Santo Domingo, si tienen suerte. A otros los han dejado en islas como Cayo Levantado o la propia Mona.

Pero un viaje real puede ser largo y peligroso; según la embarcación y el estado del mar, dura en general cuarenta y ocho horas; se sale al anochecer, navegando todo el día siguiente y llegando al atardecer del tercer día. En muchos casos se los deja a poca distancia de la costa, o en desembocaduras de ríos o manglares que tienen un difícil acceso por vía terrestre. Aunque siempre se puede contar con la corrupción de las autoridades.

Los viajes parten desde pequeñas poblaciones dominicanas como la Romana, San Pedro de Macorís, playa Capitán de Sabana de la Mar, Los Cacaos, Miches, Boba, Baoboa y Puerto Plata.

“Los viajes ilegales son viajes a la muerte”

Ya existe una verdadera red del transporte de ilegales, que involucra desde dueños de astilleros clandestinos, donde las yolas son fabricadas y alistadas, a redes perfectamente organizadas en complejas ramificaciones, que controlan un negocio que se va haciendo millonario, donde se involucran a autoridades de ambas márgenes del estrecho.

El gobierno dominicano ha implementado una campaña publicitaria, “Los viajes ilegales son viajes a la muerte”, en la que el cantante Juan Luis Guerra aparece en un spot televisivo para desanimar a los viajeros, pero no ha dado resultados.

Los relatos de los sobrevivientes de esta experiencia suelen se escalofriantes, sin bien la peligrosidad del mar en el estrecho, sumado a los tiburones y la precariedad de las yolas, la excitación, el nerviosismo y el hacinamiento, conforman verdaderos cócteles del infortunio. Se han descubierto embarcaciones de 12 metros de eslora trasportando ciento setenta pasajeros. La falta de agua y comida provocan motines que han terminado en catástrofes.

Los relatos hablan de yolas que han permanecido doce días a la deriva, lo que provocó la muerte de más de la mitad de los ochenta viajeros. Una mujer relata que partiendo desde Nagua, junto a setenta y ocho personas, luego de romperse la brújula, quedaron tres días perdidos en alta mar, donde fallecieron unas cuarenta personas.

Los relatos se multiplican, pero también se asemejan, agregando cuotas de dramatismo, difíciles de confirmar, como episodios de canibalismo, o mujeres que por tener su menstruación fueron lanzadas al mar para que los tiburones no siguieran el rastro de la embarcación.

Todo es posible y verosímil, se sabe. En las yolas no hay amigos, ni solidaridad: solo pueden recurrir a la invocación de la Virgen de Altagracia, la patrona del pueblo dominicano.

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