Liberación o dependencia, again

Consigna, objetivo político y utopía, la teoría de la dependencia tenía un definido contenido teórico que impregnó la acción militante en los años ’70. Hoy, la temática es marginal en los claustros universitarios, como si se diera por hecho de que somos un país naturalmente dependiente.

¿Es posible pensar y actuar hoy y aquí en términos de liberación o dependencia?

En las décadas de los ‘60 y ‘70, el cambio político y social estaba presidido por esta consigna, a la vez objetivo político y horizonte utópico. En esas tres palabras se condensaba un universo que abarca desde los teóricos del eurocentrismo generador de ideologías universalizantes, hasta los pensadores de Latinoamérica y del campo nacional.

El sujeto en cuestión

La juventud puso en primer plano la disyuntiva “liberación o dependencia”. Aquella creación nueva (en cierto sentido, permítaseme, surgida de la nada, no como repetición de un sentido conocido y probado), no imaginada y veinteañera fue quien la puso en el centro de la escena. Tal creación constituyó, coaguló y resignificó al sujeto político y social, el movimiento nacional que conducía el proscripto general Perón.

Las contradicciones internas a esa creación (basismo, alternativismo, militarismo, competencia con Perón en el liderazgo, etc.), si bien son importantes para entender sus particularidades, no alcanzan para precipitar su condición en términos de voluntad colectiva de cambio en acto y en potencia.

El Luche y Vuelve de entonces (de Perón y el Pueblo al poder) es lo que ahora subrayamos para reapropiarnos del destino de la Argentina no como país neocolonial sino como Nación posible. Luche y Vuelve, hoy y con otros métodos, para que vuelva una Argentina que sea el hogar de todos.

Esas variaciones en el seno de esa juventud, con la clara hegemonía de la JP, sí terminaron por influir cuando se combinaron con las limitaciones propias del peronismo post-55 (sobre todo, su tendencia a integrarse a la partidocracia y un sindicalismo limitado por su propia condición negociadora) para que, ya antes de la muerte de Perón, y precisamente desde Ezeiza en adelante, se desencadenara el giro que terminó con López Rega, el rodrigazo y marzo del ‘76.

Desde el olvido

Fuera de las construcciones relacionadas con la derrota y la nostalgia, y dentro del marco de los cambios en el carácter del capitalismo mundial hubo dos hechos decisivos que interrumpieron el flujo histórico de continuidad en el reconocimiento del carácter dependiente de la Argentina y la necesidad de asumir o reasumir o resignificar lo emancipatorio.

Uno fue el matadero de los ‘70, que clausuró el diálogo con las generaciones siguientes y privó al campo nacional del sujeto político y social surgido dos décadas atrás.

Hubo otro matadero posterior, el de las ideas, que comenzó a insinuarse con la aplicación en el Chile de los ‘80 de las recetas ultraliberales de Mont Pelerin y Milton Friedman, primer campo de experimentación, y luego en la Argentina (Consenso de Washington), mientras esas recetas se convertían paulatinamente en lo real universal, el capitalismo en su faz financiera, desterritorializada, en tiempo real, luego de abatido el Otro, el socialismo real, por el imperativo tecnológico y otras cuestiones asociadas.

Modo de producción, el capitalismo, contemporáneo al nacimiento de la Modernidad devenido en modo de vida universal del que la masiva exclusión social no es su antagonista, su antítesis, sino su parte constituyente. Resultado del darwinismo social, las reingenierías, la exclusión tiene un carácter cruento escondido detrás de eufemismos, y por eso también es un matadero entroncado en la larga serie de Soluciones Finales instituidas por la cultura occidental en su etapa capitalista.

Relatos muertos, relatos puestos

Hay una explicación somera que recorre esta historia, y que se ha titulado Fin de los Grandes Relatos, subsidiaria de la idea del fin de la historia, del hegeliano Fukuyama, que quedó sepultada con los atentados a las Torres Gemelas y la invasión a Irak.

El “fin de las ideologías” significó el predominio de una “ideología” que no se presentaba como tal, sino como sentido común. Ese supuesto indicaba que lo privado había demostrado su mayor eficiencia sobre lo público, y en consecuencia, que este (lo que es de todos) debía desaparecer. Los mercados y las corporaciones estaban capacitados para determinar las prioridades sociales y en última instancia, decidir por sí sobre la vida, el destino, la felicidad, el goce y la muerte de todos. Todo lo cual ponía en otra perspectiva la posibilidad de la democracia como sistema de convivencia.

Kenneth Galbraith, entretanto, explicó la retirada general de los teóricos del Estado de Bienestar de la discusión porque éstos se refugiaron en artículos periodísticos que nadie leía mientras que los resucitadores de las viejas teorías cuantitativas y fisiocráticas del monetarismo invadían todas las universidades, todos los ámbitos de pensamiento. Con ser una anécdota, lo cierto es que el reinado universal de las recetas neoliberales invisibilizó las llamadas “teorías de la dependencia”, que se tocaban con las distintas emancipaciones: la política, la ideológica y también la económica que anunció el peronismo y llevó a la práctica (de alguna manera) la Revolución Cubana.

Y lo cito porque la consigna, objetivo político y utopía de la “liberación o dependencia” en Argentina, además de estar afirmada y continuar el proceso político de descolonización posterior a la Segunda Guerra Mundial en lo internacional, y de retomar el camino interrumpido del peronismo en 1955, tenía un definido contenido teórico que impregnaba la acción política. No era sólo una contingencia de lo académico-abstracto, categoría de las ciencias sociales: se teorizaba sobre el poder internacional y la relación entre países centrales y periféricos, lo cual ya anticipaba un abanico de prácticas políticas, desde el fortalecimiento hasta la ruptura de esa relación subordinada.

Aprender a desaprender lo aprendido

La invasión neoliberal de todos los ámbitos de pensamiento es una referencia central en cuanto a las heridas profundas de la Argentina. Si nos limitamos a Buenos Aires, a excepción del Plan Fénix y algunos atisbos de crítica a las tesis neoliberales, la actividad universitaria padece de una mediocridad abismal por su divorcio con las necesidades estratégicas de la Argentina. Así, además de miles de contadores y microecónomos (con sus nuevas denominaciones eufemísticas en la lingua franca de la globalización), o de algunas extravagancias académicas, la temática de la dependencia es marginal en los claustros, como si se diera por hecho de que somos un país naturalmente dependiente.

Y abundan los quiosquitos privados relacionados con proyectos multilaterales. Cuando el gobierno alude a una preferencia del BM sobre el FMI sólo se está refiriendo a una cuestión de liquidez de divisas, muy distinto a una elección de tipo ideológico estratégico. O sería mejor decir, esta chatura lo será en Buenos Aires, todavía la principal puerta de entrada del pensamiento colonizado que abastece de contenidos simbólicos al partido de la colonia.

En el interior del país, sin embargo, y quizás porque esa doble matanza no tuvo efectos tan devastadores, se prenden algunas luces esperanzadoras. Por ejemplo, en Mendoza: es el caso de la docente Fernanda Beigel, investigadora del CONICET, quien trabaja desde hace algunos años en la resignificación de las teorías de la dependencia. Valorable sobre todo porque la crisis financiera mundial ha dinamitado la propia lógica del pensamiento único. Sin embargo, esa dictadura continúa, como si nada.

Resurrección

Es imposible abarcar toda la cuestión en un solo artículo. En su excelente trabajo introductorio Vida, muerte y resurrección de las teorías de la dependencia, del que en esta oportunidad solo transcribiremos unas pocas citas textuales y cuya lectura recomendamos, Beigel se pregunta “si la categoría de ‘dependencia’ puede renovarse como herramienta de análisis, a partir de una revisión de las relaciones de los países latinoa¬mericanos entre sí y con el mundo. O si, por el contrario, la llamada ‘globalización’ ha evaporado los pilares sociales y económicos que le dieron origen, y esta disolución del referente real nos obligaría a sellar, definitivamente, (su) acta de defunción ”.

Luego de citar distintos antecedentes y los esfuerzos para desprenderse de una visión eurocéntrica, la autora menciona que “la dependencia era concebida… como una forma de domina¬ción mediante la cual gran parte del excedente generado en las naciones periféricas era apropiado concentradamente por los países centrales”. Cita el papel de las burguesías nacionales y el de los modelos entonces existentes, Estados Unidos y la Unión Soviética, hoy reducido a uno con una condición modelar casi totalitaria.

Más adelante, la cuestión de la dependencia “cuando avanzaban los años sesenta, saltó el tapial de la discusión académica y se instaló en los partidos políticos, las revistas culturales, los movimientos sociales, las instituciones estatales, la literatura y el periodismo”, dato fundamental porque se había extendido a amplios sectores de la sociedad y era tema de discusión hasta en las mesas familiares.

“Theotônio Dos Santos (la) definió… como una situación en la cual la economía de determinados países estaba condicionada por el desa¬rrollo de otras economías, a las que estaba sometida. Las sociedades dependientes, así, sólo se expandían como reflejo de la expansión de las economías de los países dominantes. Esto no impli¬caba, necesariamente, que Dos Santos u otros dependentis¬tas sostuvieran una concepción teórica de ‘espejo’ simplista, pues eran conscientes de que la dominación externa total era impracticable en países formalmente independientes. La dependencia u otra forma de dominación sólo era posible cuando se encontraba respaldada en sectores nacionales que se beneficiaban de la misma” .

“(Cardoso y Faletto) soste¬nían que, a pesar de que las situaciones de dependencia se presentaban únicamente como si fuesen la expresión de una lucha entre estados-naciones, envolvían una doble determinación, pues se componían de conflictos entre grupos y clases sociales … Eran conscientes de que era necesario explicitar una noción de Estado: lejos de ser visto como una ‘mera ins¬titución burguesa’, constituía un aval para una posible transformación global de la sociedad, siendo la condición que su control permaneciera limitado a las fuerzas populares”. En efecto, el Estado era la única garantía como para torcer el rumbo inercial de la dependencia.

Pero

Se discutía también si era viable un desarrollo dependiente. De hecho, la Argentina tiene hoy un cierto grado de dependencia respecto de Brasil por el carácter del comercio bilateral, la desnacionalización industrial a favor de empresas paulistas y la estructura actual del Mercosur, ligada a la lógica de la industria automotriz multinacional. Aunque los Estados fueran formalmente independientes, y distinto el peso de las burguesías locales, el poder tradicional aliado al imperialismo, a partir de los 80, comenzó a aplicar las teorías neoliberales luego de que las dictaduras militares “limpiaran el terreno”.

Sostiene la autora: “Contrariamente a lo esperado, el mayor triunfo de los modelos neoliberales no se produjo en la esfera económica: sólo técnicos obtusos podían ignorar los efec¬tos de la burbuja financiera en las variables macroeconómicas. El éxito expansivo ocurrió en la política y la cultura . El caso argentino es paradigmático: el plan fue desindustrializar imponiendo (Basualdo) una tasa de interés diferencial que se convirtió en monumental sangría de ahorro interno, y en la toma de deuda externa a tasas crecientes, mientras que la represión desarticulaba y des-significaba la política y la cultura.

“Al comenzar los ‘90, el cortejo fúnebre de la teoría de la dependencia se nutría por derecha y por izquierda”. Neoliberales y progresistas coincidieron en desarbolar el Estado por considerarlo, unos, un obstáculo para el libre desarrollo de las fuerzas de mercado, y los otros, porque era una herramienta del poder burgués o porque se fetichizaba al tercer sector como poder equivalente al del Estado, con lo que el progresismo, que venía del desencanto de la quiebra del socialismo real, terminó suscribiendo las opiniones de Rawls anexas a las de Friedman. Y ambos, desde una perspectiva en apariencia desideologizada y pragmática.

Centro-periferia, y una dependencia acentuada

Desde entonces, la dependencia se ha profundizado:

1) por la existencia de múltiples mecanismos coercitivos y expoliatorios, como son las deudas contraídas con el FMI, el BM y la banca privada internacional.

2) por los tratados bilaterales de protección de inversiones y TLC.

En el trabajo de Beigel (tal como lo ha señalado también Nana Bevilacqua) no se menciona que la dependencia también se acentuó al liquidar la legitimidad normativa de los Estados Nacionales, ya que el tratado prima sobre la Constitución Nacional y otras leyes internas. Hemos citado un caso de “desarrollo local” en Tucumán donde los trabajadores están “protegidos” por leyes laborales de Estados Unidos (producción de limones para Coca-Cola).

Los TLC imponen un “intercambio desigual” basado en el libre comercio. El llamado deterioro de los términos del intercambio, adyacente a las teorías de la dependencia, ha invertido su dirección por la valorización especulativa de los commodities, pero eso no significa que los países productores de materia prima se emancipen, sino lo contrario.

La productividad se ha intensificado, por ejemplo con la “revolución verde” diseñada por las multinacionales, acelerando el agotamiento del recurso y provocando daños ecológicos irreversibles. El predominio del capital financiero, la desterritorialización y la “revolución tecnológica” han reducido (pero no anulado) la importancia relativa de la industrialización como elemento consustancial a una política independiente del centro, aunque esta se mantiene como principal creadora de fuentes de trabajo que la actividad primaria no absorbe.

El egipcio Samir Amin define el carácter del dominio imperial: “la propiedad de la tecnología; el control de los flujos financieros mundiales; el acceso a los recursos naturales del planeta; el control de los medios de comunicación y las armas de destrucción masiva”. Ese dominio no es eterno ni exento de contradicciones, fugas y decadencias. La crisis financiera lo demuestra. Eso deja un espacio para retomar la tarea inconclusa, ya que la situación de hoy tiene cierta similitud con el proceso de sustitución de importaciones contemporáneo a la crisis financiera de los años ‘30, donde el poder imperial aflojó.

Por ese espacio hay que avanzar, y ciertas condiciones creadas por este gobierno deliberadamente o a su pesar, lo reafirman. Y por eso debe consolidarse. Queda pendiente la tarea principal, que es la construcción de ese sujeto de cambio del que formaron parte las teorías de la dependencia como sustento ideológico. El ejemplo de la juventud señalado en el primer párrafo quizás indica el camino, quizás es un llamado de atención con referencia a la tarea pendiente. La ruptura de los lazos de dependencia no es un estado, un puerto, sino una construcción.

(En reconocimiento a EG)

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