Las ingratas

Las movidas políticas de María del Carmen Alarcón y de la senadora santafesina Latorre se cruzan con una mirada que juzga a la Presidenta con claro tinte discriminatorio. Con el lock out de la patronal agraria como telón de fondo, a algunos machos criollos parece enervarles que una señora los gobierne.

Me llega un correo electrónico acerca del camouflage de las mujeres políticas. Lo imprimo. Mary Sánchez, Carpa Blanca como emblema, luego diputada y su desaparición en la lidia de la tiza y el guardapolvo. Lo mismo Marta Maffei, diputada y posterior desconexión con los educandos. Alicia Castro, de gremialista a diputada y enriquecimiento veloz como las aeronaves en que volaba. María Angélica González, la del “Rinconcito de los jubilados” que rugía a favor de ellos: diputada y olvido. Lo leo y releo. ¿Misoginia? ¿Asesino serial en potencia que se encarniza con las damas? ¿Envidia de la vagina?

Medito. Graciela Ocaña, La Hormiguita designada en el Ministerio de Salud y la furia de Carrió: “Ya se parece a María Julia Alsogaray”. Mientras, ocurre la reunión en Bariloche de los presidentes latinos. El run run es de estos días. La Presidenta actuó con moderación y naturalidad en la reunión de Unasur. Pero la critican: debió ser más dura, debió ser más clara. Debió ser un hombre tal vez.

“Mientras anda boludeando con eso de las bases militares deja al campo en pelotas”, embiste un ruralista lustrándose la cincha de plata pues tiene un desfile. Lo encamino hacia puertos más leves y le pregunto el por qué de su enojo. Halago su bombachas verde agua para contextualizar la nota. —Es una ingrata—, replica. El por qué de su ingratitud me queda como signo de interrogación. Me faltó decirle que para que surja la deslealtad debe haber habido antes alianza y jamás la tuvo con los de la Mesa de Enchastre, pero ya es tarde. Aborda su nave 4×4 y se va al cuasi corte de ruta que es la modalidad de fin de semana instalada por los boys de la Rural. Me quedo pensando. Ingrata. Traidora. Infiel. Pérfida. Puro tango desafinado y llorón.

María del Carmen Alarcón, férrea defensora rural y su criticada “borocotización”, quien se guareciera en un cambio de pigmento: de la Casa Gris de Santa Fe a la Rosada de los Kirchner. Trabaja al frente de la Secretaría de Integración Nacional, antes de darle un adiós sonoro a Don Hermes, que quedó más pintado y serio que portón de morgue. “Voy a destrabar el conflicto del Campo desde adentro”, murmuró quien antes fuese oficialista, luego opositora con su grupo Pampa Sur, luego socialista de Binner para regresar luego al nido donde aprendiera a piar. Avisó que iba hasta el kiosco pero volvería. En estos días, Roxana Latorre, compañera por veinte años del Lole lo dejó “sumido en un pantano” según sus dichos —la imagen se nutre de la postal en un boliche acodado mamado en ginebra—. –“A lo mejor me equivoqué de estrategia” se ataja la senadora quien de un saltito cambió de rama y acompañó al kirchnerismo en el debate de las facultades delegadas. “Carlos siempre fue de tirar gente a la banquina”, replica la dama ofendida y sigue: “Se hace aconsejar por la señora y la hija que no saben de política”. Otra que el cabaret de su homónimo Gambetita Latorre cuando jugaba en Boca; otra que una comedia italiana.

Cristina está hablando por tevé. Debajo, la oposición titula: Fracasó la Cumbre. Permiten bases en Colombia. Y demás catástrofes que no fueron tales. Se dijeron las cosas sobre la mesa y Uribe hasta pudo levantarse sin ser noqueado, sacándola barata, salvo por la gripe porcina, pero se mencionó con todas las letras que el peligro de intervención, militarización e invasión están a la vista. La ingrata Bachelet —no nos devuelve su parte del Beagle— recordó la pacificación con Argentina. —Debíamos haberlos invadido a los chilotes—, me retruca el compañero campero mientras bebe un yogurt mirando la tevé. Y nuevamente se las toma con la Presi, maldiciendo su traición y la “ingratitud”. La palabrita me quedará sonando toda la jornada. Junto a algunas líneas.

Que todo se parece al relato de mujeres de la vida arrabalera, vilipendio del criollo argentino que es abandonado, corneado y sumido después en un mar de lágrimas, espesas en rouge, tabaco y alcohol. Que no hay género sexual para el cambio o bricolage en cuestiones políticas. Que los trueques, permutas y mudanzas de mascarones de proa no distinguen clítoris de glandes. Y que tal vez a los machos criollos les enerva que una señora los gobierne. Por eso lo subrayan en negritas —de paso un poquitín de xenofobia no viene mal, qué tanto.

Le muestro el listado que recibí por Internet para ofuscarlo y solo farfulla repasando la lista y mirando a Cristina en pantalla: “¿!Y qué querés, si son todas minas, no!?” Le repito que su bombacha le queda súper. Agradece y parte a la ruta machaza para seguir haciendo patria.

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