La vida en corto

Aguardientes.

Fue a comprar cigarrillos, y una Pepsi para May. Salió a las siete y media de la tarde, una tarde de otoño nuevo, de esas en las que la luz da de oeste y levanta todos los rojos de las cosas. Salió cuatro veces. Una de plano largo, otra de cámara cenital (tratando de que no hubiera demasiada diferencia de tiempo entre una y otra porque la tarde te manda en cana con el largo de las sombras) y las otras cuatro de laterales, medio y corto. En la esquina vio que las persianas cerradas del bar de Juan daban bien para hacer un travelling, así que fue y vino una docena de veces para medir y para saber bien en dónde arrancar y en dónde salir de cámara.

Debajo de los tilos estaban los pibes de la cuadra, como en una escena de los cuarenta, con Alberto Castillo, Iván Grondona, Marrone y todos los de “la muchachada del barrio”. Pasó enfrente, y volvió sobre la misma vereda. Estaba claro que en blanco y negro esa toma pasaba como de la época sin duda alguna. Esta cosa de los pantalones a la altura de la rodilla favorecía el viaje en el tiempo.

En la mitad de la cuadra, el balcón ese, verde musgo, de la casa abandonada y prontamente prometida a demolición le sugirió un par de escenas. Lástima que el tránsito es demasiado intenso a la mejor hora para grabar, porque la vereda es estrecha y si te largas a clavar el trípode en la mitad de la calle te hacen alfombra persa entre un cambio de semáforo y otro. Así que siguió, imaginando que con algún permiso municipal te podrían dejar hacer un desvío el domingo temprano, que casi no hay autos o mejor, franquearte la entrada en la puerta del edificio. Sacó el fotómetro y midió la luz. Ya las tardes se empezaban a acortar claramente. Cuando llegó al maxikiosko se entretuvo unos minutos viendo como la piba que atendía recibía los fuegos del sol agonizante sobre el vede manzana de la blusa. Esa toma podía calentar a un muerto de tres semanas, y hacer volar la mano de un poeta. Pidió los cigarrillos y la Pepsi, y después de media hora de convincentes argumentos logró que la morocha accediera a repetir la entrega veintiséis veces, mientras él giraba su cámara imaginaria buscando el ángulo perfecto, y secuenciando tomas para completar una escena bien cargada de dramatismo.

Cerca de medianoche logró atravesar, de vuelta, el portón de su casa, con medio atado de cigarrillos y una gaseosa caliente.

May dormía. La miró, se acostó a su lado, y sin tocarla, se hizo la película.

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