La vida diet

Desde que la corrección política se puso de moda, la vida se volvió tan insoportable y aburrida como una bebida light o una comida diet, sin calorías, azúcares, carbohidratos, grasas ni sabor real, sino apenas un remedo de gusto a algo obtenido gracias a algún compuesto químico del que se ignora prácticamente todo, fuera de que tiene gusto a algo que no es.

Es prohibida la cocaína, pero se promueve el uso de bebidas energizantes en base a productos químicos de igual efecto que la cocaína. Si no es el efecto ¿qué sería lo malo entonces de la cocaína?

Hay algo decididamente erróneo en estos razonamientos: si usted quiere energía, mandúquese un par de huevos fritos, unas cuantas rodajas de chorizo seco, un asado de novillo bien gordo y un buen vaso de tinto. Como nada de esto viene en formato diet, se recurre entonces a los energizantes químicos, en su versión bebible o inhalable.

Lo importante es estar sano, o parecerlo. Usted no está sano con esos kilos de más: es más bien una monstruosidad de la naturaleza, como un caballo con siete patas. O un fumador.

A la luz de las nuevas tendencias emergió entre nosotros, o más bien se importó de países más avanzados, que para eso están, para imitarlos, un muy curioso fundamentalismo light que la emprendió primero contra los gordos. Ser gordo es tan enfermizo y feo que si no revienta usted por el colesterol será asesinado a la vuelta de una esquina por un esteticista.

Los resultados son satisfactorios para la industria textil, que aumentó su rentabilidad no por medio de un incremento de la producción o de los precios sino por la reducción de la materia prima necesaria para fabricar una prenda, así como en la variedad de medidas. Es que, ya se sabe, los gordos no existen.

Por otro lado, la tendencia realizó un importante aporte a la sociedad mediante la democratización de la desnutrición, que no afecta ya sólo a las clases bajas, sino que se extiende a las medias y muy especialmente a las más altas: un sarao de la high society parece hoy una recepción a un grupo de refugiadas de Biafra.

Siendo esta moda de la bulimia y la anorexia cosa de mujeres a nadie parece importarle las graves consecuencias que tiene la desnutrición sobre el desarrollo intelectual. Ni siquiera al ministro de salud Ginés González García, que mirará para otro lado siempre y cuando no lo hagan seguir una dieta.

Pero esos mofletes rozagantes y rubicundos, esa bonhomía satisfecha, esa mirada soñadora, esos labios de comer toneladas de flan con crema chantilly, tan sólo ocultan la existencia de otro furibundo fundamentalista capaz de atarle una piedra al cuello y arrojar al mar a todo fumador. Sí señor, como se debe hacer.

Ya se sabe, con esta clase de locos no hay que hacerse muchos problemas: hay que correrlos para el lado que disparan. Por sí mismos son incapaces de provocar daño, aunque suponen un grave riesgo social cuando sus excentricidades se vuelven populares y son tomadas como norma por un porcentaje significativo de la población.

Miren lo que pasó con Hitler, si no, que de mediocre artista plástico, amante de los animales, riguroso vegetariano y fanático antitabaco, acabó en eficaz asesino de masas por obra y gracia de la popularidad.

Ginés tiene toda la traza de ser un hombre bonachón, de buen apetito y sensualidad gastronómica. Un gordito que obtiene placer de un guiso de cordero y de un vaso de vino, no puede ser un hombre malo. Y en sí mismo, aun con sus rarezas, a lo sumo podría amargarle la vida a su yerno o aburrir a un taxista.

Solo, librado a sus propios medios y recursos, es inofensivo. Pero como líder de masas, como ideólogo, como ayatolá antitabaco se convertirá en un peligro para la Humanidad.

Y en eso está, gracias a la corrección política imperante.

¿Y quiénes, de todos los políticamente correctos se entusiasmarán primero con ese y cualquier otro fundamentalismo? Los más tontos, naturalmente. Los que carecen de discernimiento y ansían con desesperación quedar bien. Con todos o con quien sea.

Y fue así como los legisladores de la ciudad de Buenos Aires, periodistas, locutores y cuanto pavote y pavota ande por la vida fingiendo hacer el bien sin mirar a quien, conformaron la primera falange del ministro, la waffen SS de la virtud promoviendo y sancionando una ley disparatada en base a un argumentación falaz cuya consecuencia práctica es que el tabaco es tan nocivo que los fumadores deben ser protegidos hasta de sí mismos.

Como no podía ser de otra manera, la ley sancionada es una mariconería, porque estos hasta como fascistas son light. Por un lado prohíbe fumar en sitios públicos pero resulta que no sanciona con multa, arresto o silla eléctrica al que viole esa prohibición, sino al que lo permita. Y no vaya a creerse que los legisladores o el ministro de Salud van a andar disuadiendo ellos mismos a los fumadores con un garrote en la mano, ni que encomienden esa tarea a los profesionales en la materia, llámense policías, gendarmes, prefectos o inspectores.

Tampoco a las FFAA, que no pueden meterse en la seguridad interior, ni siquiera contra el enfisema. Nada de eso: en la ciudad de Buenos Aires el Estado delinque al delegar el poder de policía, pero además cae en el ridículo más absoluto al delegarlo en los mozos de bar, extraña operación mediante la cual el gremio gastronómico vino a devenir en brazo ejecutor de la ley y garante del orden. ¡Gratis! Sin que ello suponga la menor erogación gubernamental, la legislatura consiguió incorporar un cuerpo policial ad honorem, más o menos uniformado y armado de bandejas y servilletas.

En base a la amenaza, desde luego, que obliga a los bolicheros a recurrir a un artilugio de dudosa legalidad y decididamente discriminatorio: el derecho de admisión.

San Kravetz y el FPV boxing club

Tan sólo un valiente salió a copar la parada y como Cruz, a ponerse del lado del fumador perseguido: Diego Kravetz, presidente de la bancada de legisladores del Frente para la Victoria. Se trataría, según se mire, del primer arrepentido. No es objetable: cualquier puede cometer un error, votar una ley absurda y luego arrepentirse.

Aunque tal vez no sea exactamente esa la posición del diputado kirchnerista, quien parece empeñado en la proeza de enseñar lógica elemental a sus colegas: “La ley entró en vigencia el primero de octubre -manifestó- y, misteriosamente, la autoridad de aplicación, quien implementa la ley y debería instrumentar las campañas de concientización y difusión, se definió un día después de la entrada en vigencia. Es decir, el propio ministro de Salud se enteró un día después de entrada en vigencia de la ley de todo lo que debería haber hecho antes de que la misma comenzara a regir».

El vicepresidente del mismo bloque, Helio Rebot, le salió al cruce a Kravetz, rebatiendo sus argumentos de un modo que consiguió darle a éste la razón en lo que concierne a su preocupación por el estado mental de sus colegas: “Es muy llamativa la coincidencia de Kravetz con el discurso y los intereses de las empresas tabacaleras”, dijo Rebot muy suelto de cuerpo, sin advertir que Kravetz muy bien puede estar coincidiendo con el discurso y los intereses de los fumadores, o de los plateístas de Estudiantes de Buenos Aires, o de mi tía Chola.

Digamos que como objeción al proyecto de Kravetz de suspender la entrada en vigencia de la ley, es tan válida como objetar a Rebot con el argumento de que es un gordo culón: un disparate. Y en lógica (eso que evidentemente Rebot ignora de qué se trata), una falacia ad hominem.

Pero Rebot llega más lejos: “Kravetz contradice la política de Kirchner”, dice. “Según las encuestas, la mayoría de los ciudadanos está de acuerdo con la ley”. Epa.

Este Rebot parece ser un tipo de convicciones firmes.

Tanto, que son ajenas. Todo lo que tiene para decir es lo que dice Kirchner o lo que le indican las encuestas. Uno acaba por no saber para qué le pagan el sueldo los contribuyentes porteños, si alcanza con lo que diga Kirchner, que cobra como presidente y no supone ningún gasto para la ciudad, y Zuleta Puceiro, que es un particular capaz de explicar las encuestas con mucha más idoneidad que Rebot, que encima se las toma en serio.

Más que eso: Rebot es un apasionado de las encuestas, un adicto, un consumidor tan compulsivo que hasta se le ha anulado la voluntad y el discernimiento: como una suerte de horrendo camaleón, un superhéroe mutante, se convierte en lo que las encuestas le dicen que sea. Menemista, grossista, delaurrista, ibarrista, kirchnerista. Es un corchito a la deriva en las veleidosas aguas de la opinión pública, un desdichado pelele incapaz de tomar un colectivo sin consultar a Artemio López, sin intuir qué dirá Kirchner, sin llamar desesperadamente a Analía del Franco.

¡Y esta es la clase de gente que nos quiere cuidar de nosotros mismos!

Porque es de nosotros mismos, señores. Las encuestas le dicen a los Helio Rebot que somos unos niñitos sin discernimiento que deben ser protegidos de sus propias decisiones.

Es para protección de los que no fuman, dirá Rebot, que se lo escuchó decir al ayatolá Ginés.

Pamplinas.

Si los Helio Rebot estuvieran preocupados por la salud de los ciudadanos y no por quedar bien, como modernos y evolucionados, light y diet, a tono con la «corrección» política; si estuvieran verdaderamente preocupados por los pulmones de los fumadores, habrían empezado por los escapes de gases de los colectivos, pero como Kirchner no dijo nada, Ginés tampoco y Zuleta no encargó ninguna encuesta, no muy seguros siquiera de que existan los colectivos, los Rebot votan una ley que prohíbe permitir fumar en lugares públicos y extorsiona a dueños y encargados de bares de manera que hagan uso de la discriminación: a usted no lo atiendo porque fuma, a usted porque es boliviano, a usted por judío, a usted por hincha de Atlanta… Pues sépase que si fumar no constituye delito ¿a santo de qué alguien puede ser expulsado de un restaurante por el hecho de encender un cigarrillo y no por leer un Patoruzito?

El paternalismo de que pretenden hacernos objeto estos tipos que, según se ha visto, son incapaces de cruzar la calle solos sin tomarse del fondilllo de Zuleta o el saco de Kirchner, queda expuesto, con prístina claridad, en que mientras con el argumento de proteger a los no fumadores se prohíbe permitir fumar en lugares públicos, no se permite a los fumadores el instituir lugares públicos exclusivos para fumadores, donde el encargado, gerente o dueño del lugar tenga prohibido permitir que alguien no fume.

Este impedimento muestra que en rigor de verdad esa ley hipócrita y vergonzante no busca proteger a los inocentes, libres de todo vicio, sino transformar a los viciosos en parias, en lacras sociales sin una miserable mesa en que caer sentados.

Señores: si quieren ser fascistas, séanlo. Pero no se anden con tantas vueltas.

Los argumentos y errores de Kravetz

El señor Kravetz, san Kravetz o el gaucho Kravetz, como han dado en exagerar algunos, razona, milagrosamente tratándose de un legislador, apegado a la lógica, pero en base a dos errores fundamentales.

Dice el legislador: «El tabaco es un problema de salud y es un mal hábito cultural, que no puede modificarse de un día para el otro. Y si bien la ley preveía pasos, el Ejecutivo se olvidó de implementarlos. Ni siquiera se planificaron acciones graduales que permitan a los adictos al tabaco concientizarse sobre los efectos nocivos de la adicción ni tampoco se está brindando el tratamiento que necesita un enfermo. Asimismo, quedó demostrado cuando hicimos el relevamiento en los distintos hospitales públicos de la Ciudad y ninguno de ellos pudo dar datos o informar sobre el funcionamiento de los programas especiales que prevé la ley».

”Esta ley -abunda- incumple con la gran mayoría de los artículos y no podemos permitir ninguna prohibición si los vecinos no tienen garantizado espacios gratuitos donde concurrir para el tratamiento».

“Ninguna prohibición”. Lo dice el legislador. No estoy solo en eso de sospechar qué se traen los Rebot bajo el poncho.
Es verdad que si un vecino pretende concurrir a un tratamiento debe tener garantizado un espacio gratuito donde recibirlo. Pero también es cierto que el vecino fumador tiene derecho a disponer un lugar donde dar rienda suelta públicamente a su vicio, sin molestar a ningún no fumador ni ser molestado por uno de estos adalides de la virtud y la vida sana. Eso sería justicia, igualdad de derechos y no discriminación.

Y lo más importante, un fumador, un adicto al tabaco, a la cocaína, a la marihuana o al dulce de leche Chimbote, no es un enfermo, sino un vicioso.
“Vicio -mala costumbre o costumbre que reduce nuestra capacidad de obrar- y no dolencia, pues las dolencias pueden establecerse sin que se intervenga nuestra voluntad, pero los vicios no: todo vicio jalona puntualmente una rendición suya”, apunta Antonio Escotado, autor de la monumental Historia general de las drogas, que ni es legislador ni lee encuestas y por eso discurre con criterio, bondad y respeto por los demás.

Señores legisladores, señor ministro, señoras y señores: sigan prohibiendo nomás, que cuando se derrumben los edificios (la legislatura, tal vez), al igual que en Nueva York, salvarán la vida los fumadores, que salieron a la calle a despuntar el vicio perseguidos por el fundamentalismo diet.

¿Hará falta más para probar que el buen Dios protege a los débiles, los pecadores, los viciosos, y se desentiende de quienes hacen de una pretendida virtud una ridícula tiranía?

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