La versión K de civilización o barbarie

Las responsabilidades sociales y políticas en la actual reactivación de los esquemas binarios que nacieron con la historia argentina. La utilización de una supuesta guerra entre “gringos” y “negros” para postergar la incómoda discusión sobre los patrones de desigualdad del modelo productivo vigente. Cómo no quedar atrapados entre Sarmiento y D’Elía.

En un artículo reciente publicado en un diario local, el historiador Ezequiel Adamovsky señalaba el papel de la dicotomía sarmientina –civilización o barbarie– en relación a la “cuestión racial”, afirmando que “el
reciente conflicto entre los empresarios rurales y el Gobierno hizo visible la cuestión racial como nunca”, y que se impone un debate sobre la desigualdad y sobre la relación entre lo “gringo” y lo “negro” en nuestra historia y nuestro presente. En líneas generales, acordamos con lo expresado en dicho artículo: ¿acaso alguien podría negar la reactivación de prejuicios clasistas y racistas que se produjeron en los últimos tiempos en la Argentina, a raíz del tan mentado conflicto con los sectores agrarios? ¿Podría soslayarse la hipocresía que reside en ciertos sectores que consideran que en nuestro país “no hay racismo”, cuando éste constituye una de las bases históricas en el proceso de construcción de la Nación, allá hacia fines del siglo XIX?

Pero quisiera discrepar con Adamovsky, así como polemizar con otras visiones difundidas en diversos medios, para traer aquí dos cuestiones que complejizan el cuadro actual y nos plantean preguntas acerca de las responsabilidades sociales y políticas en la actual reactivación de los esquemas binarios.

La imagen sarmientina tuvo varios usos a lo largo de la historia argentina. No sólo funcionó como representación social, esto es, como gran relato nacional, sino también como principio de legitimación política, en manos de las clases dirigentes. En este sentido, Civilización o barbarie fue uno de los pilares fundamentales de la doctrina y del programa liberal puesto en marcha en 1880. Como discurso del orden, era portador de una doble dimensión: planteaba la exclusión (era el principio en nombre del cual se había eliminado y marginalizado a una parte de la población nativa), al tiempo que proponía un modelo de integración (el proyecto “civilizador”), basado en la ideología del progreso socioeconómico, la inmigración masiva y la generalización de la educación. Claro que ese tipo de progreso sólo era concebido a partir de la eliminación y absorción del polo “adversario” (indígenas y gauchos levantiscos).

Pero los avatares posteriores de la imagen sarmientina no resisten un examen lineal. Así, por ejemplo, durante la Argentina del Centenario, el inmigrante, que había recibido su canto de bienvenida, devino pronto objeto de sospecha: las crecientes organizaciones sindicales y sus huelgas, la “deformación” de la lengua, los suburbios peligrosos, generaron grandes temores sociales. Todo se fue mezclando para que el inmigrante perdiera su condición de antiguo paradigma del progreso y se transformara, en manos de la elite, en la “nueva clase peligrosa” que amenazaba el orden social, sacudido por las recientes transformaciones. Así, la “cuestión obrera” nació ligada a la “cuestión inmigrante”, y por esta misma vía, se vinculó con la “cuestión nacional”, que cobraría centralidad hacia 1910. La exclusión política se cruzó con la xenofobia y se cristalizó en medidas de expulsión a extranjeros y en cruentas masacres a obreros, aun bajo el gobierno “popular” de Yrigoyen. El nacionalismo cultural tuvo su momento de gloria, cuando Lugones en 1913, en un teatro colmado por la elite, realizó de un modo nada ingenuo el rescate del gaucho (a esa altura, ya vencido y domesticado), declarando poema emblemático de la nacionalidad al Martín Fierro.

¿Por qué hacer hincapié en esta transformación tan lejana del gringo-inmigrante, como símbolo del progreso, al gringo-obrero como clase peligrosa? ¿Por qué traer este “momento”, si sabemos que la historia –política y a la vez cultural– de nuestras antinomias no termina allí? ¿Quién podría ignorar acaso que el yrigoyenismo y sobre todo el peronismo padecieron la portentosa productividad política del esquema sarmientino, en donde no se escatimaron las metáforas animalescas o las referencias al “monstruo”?

La cuestión no tiene que ver sólo con el “sujeto social” (del cual se habló mucho) sino con las lógicas políticas puestas en juego. Es que los esquemas binarios funcionan como representaciones sociales, y a la vez como mecanismos de deslegitimación política, en manos de los gobiernos. Así, el esquema sarmientino habilita fácilmente una utilización política en términos de “clase peligrosa”. Si apelamos a la memoria corta podremos recordar que en los últimos años, esta imagen resurgió fuertemente asociada a las poblaciones pobres movilizadas. Claro, no se trataba de gringos blancos ni tampoco remitían al esquema clásico de la clase obrera movilizada, sino de los desocupados, mucho más vulnerables al descrédito. Eso sucedió con mayor fuerza a partir de 2002-2003, con la entrada de las organizaciones piqueteras
a los espacios tradicionales de la política (Buenos Aires, sus calles y sus plazas). Junto a la demanda de “normalidad”, hubo una poderosa reactivación de la figura fantasmática de la barbarie, que tomó rápidamente coloraciones racistas y sarmientinas. Sobre éstas se montó el gobierno de Néstor Kirchner con el fin de “disciplinar” y marginalizar a las organizaciones díscolas.

No es mi intención ponerme nostálgica, pero sí recordar que, lejos de ser algo motorizado por el conflicto actual entre el Gobierno y los sectores del campo, hay que remontarse a esta parte de la historia reciente, para reflexionar cuánto de “aprendiz de brujo” o sencillamente de “efecto búmeran” hay en la reactualización de estas representaciones tan deplorables. El intento serviría para dar cuenta de las responsabilidades políticas específicas, y no caer tan fácilmente en la política de la (auto)victimización. Serviría también para recordar que las reapropiaciones sucesivas de la imagen sarmientina aparecen vinculadas con las luchas y conflictos de cada época. Así, hay momentos fuertes, de inflexión política, que implican giros, reposicionamientos, relecturas y hasta inversión de contenidos.

Todo esquema binario reclama interdependencias; un polo no existe sin el otro, e históricamente el peronismo se ha hecho cargo de esto. Así, realizó una contrautilización virulenta de dichas representaciones binarias, dotándolas de un sentido positivo (pueblo vs. antipueblo) y contribuyendo a su instalación como gran relato nacional. En diversos artículos y opiniones vertidas sobre el conflicto entre el Gobierno y los sectores del campo se advierte esta contrautilización, a través de respuestas tajantes y unilaterales (del tipo, “existe una línea divisoria”, “no hay lugar para los tibios”) que incluyen desde la defensa del actual Gobierno como supuesta encarnación de una tradición histórica (la matriz nacional-popular), hasta el llamado a la victimización (“somos los negritos”, al estilo D´Elía).

A esta interpelación excluyente, debe responderse de manera clara, cambiando de registro: se puede (y se debe) discutir en qué medida el gobierno de los Kirchner representa o no una continuidad de los moldes de dominación instalados en los 90; en qué sentido las discusiones actuales apuntan al cambio de los patrones de desigualdad y a un real cuestionamiento del modelo productivo vigente. Pero lo que es francamente inaceptable –provenga de intelectuales, periodistas o de la clase política– es discutirlo a partir de la aceptación del esquema binario (“si no se está con nosotros, se está con ellos). Y ésa es la trampa que se busca imponernos: unos, invocando el supuesto carácter “nacional y popular” del Gobierno; otros, mirando con un solo ojo cómo transpiran prejuicios clasistas y racistas, movileros, gringos propietarios o clases medias blancas, caceroleras o no.

Nadie duda de que, de cara al Bicentenario, resulta imprescindible debatir sobre las representaciones socioculturales que encubren desigualdades históricas o genocidios, que hoy se continúan por otros medios. Por ejemplo, habría que ver cuán productiva sigue siendo la idea de territorio “vaciable” o aun de “desierto”, que hoy impulsan gobiernos provinciales y empresas transnacionales, para legitimar la expansión de la frontera energética y minera (no sólo la sojera), así como la venta de grandes extensiones de la Patagonia a propietarios extranjeros. Pero para debatir todo esto tendremos que mirar de frente, con ambos ojos, juntando cada una de las piezas del tablero y apelando al conjunto de nuestras memorias.

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