La triste jeremíada de Alan Greenspan

Cuando el presidente Bush llegó al cargo por vez primera, parecía improbable que lograra ver aprobadas sus propuestas de recortes fiscales. La cuestionable naturaleza de su llegada a la Casa Blanca parecía dejarle en una débil posición política, mientras que en el Senado los partidos estaban más o menos en equilibrio. No se veía cómo un enorme y controvertido recorte, el grueso de cuyos beneficios iban a parar a la elite rica, podía pasar el trámite del Congreso.

Entonces, el señor Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal, testificó en el comité de presupuesto del Senado.

Hasta ese momento, el señor Greenspan se había presentado a sí mismo como la voz de la responsabilidad fiscal, advirtiendo a la administración Clinton de no poner en peligro sus excedentes presupuestarios, tan esforzadamente logrados. Pero ahora los republicanos habían llegado a la Casa Blanca, y el Greenspan que compareció ante el comité presupuestario era un hombre muy distinto.

Subitáneamente, su mayor preocupación -«la política fiscal clave que está surgiendo», dijo al Congreso- era evitar la amenaza de que el gobierno federal pudiera saldar realmente todas sus deudas. A fin de evitar tan terrible cosa, abogaba por recortes fiscales. Y las compuertas del dique se abrieron.

Como ha terminado por verse, los miedos del señor Greenspan a que el gobierno federal saldara rápidamente sus deudas eran, digamos, exagerados. Y el señor Greenspan acaba de publicar un libro en el que se castiga a la administración Bush por su irresponsabilidad fiscal.

Yo lo siento mucho, pero esa crítica llega seis años tarde y se queda un billón de dólares corta.

El señor Greenspan dice ahora que él no quiso dar luz verde a los recortes fiscales de Bush, y que se sorprendió de la reacción política a sus manifestaciones. Hubo, en efecto, rumores en la época -y el señor Greesnpan los da ahora por ciertos- de que al jefe de la Fed le habían sentado mal las respuestas cosechadas por su inicial declaración.

Pero el hecho es que si lo que el señor Greenspan se proponía no era prestar un apoyo crucial a los recortes fiscales de Bush, tuvo sobradas oportunidades para corregir el tiro.

Su primera gran oportunidad de explicarse le llegó unas pocas semanas después de su primer testimonio, cuando compareció ante el comité del Senado para banca, vivienda y asuntos urbanos.

He aquí lo que yo escribí entonces a propósito de esa comparecencia: «La actuación del señor Greenspan ayer, en su primer testimonio oficial desde que liberó al genio de la botella, cobró el perfil de la cobardía. Una y otra vez se le ofreció la oportunidad de decir algo que contribuyera a poner rienda al recorte fiscal desbocado; y una y otra vez eludió la cuestión, a menudo respondiendo con la lectura de su propio testimonio previo.

Una y otra vez declaró que estaba hablando sólo para sí mismo, otorgándose así vía libre para hablar de asuntos harto alejados de su papel como jefe de la Reserva federal. Pero cuando se le presionó respecto de la crucial cuestión de si los enormes recortes fiscales que ahora parecían inevitables era demasiado grandes, dijo que no le correspondía a él hacer comentarios sobre propuestas particulares.

«En una palabra, el señor Greenspan definió las reglas del juego de manera tal, que le permiten intervenir a su buen placer en el debate político, pero escudarse en su cargo cada vez que alguien trate de responsabilizarle de los resultados de aquellas intervenciones.»

Tras la publicación de ese artículo, recibí una airada llamada telefónica del señor Greenspan, exigiéndome saber qué es lo que, en mi opinión, había de malo en lo dicho por él. En su libro, alega que Robert Rubin, el anterior secretario del tesoro [con Clinton], quedó desoncertado ante esa exigencia. Resulta difícil de creer, porque, lo que es a mí, no me desconcertó en absoluto: el argumento del señor Greenspan a favor de los recortes fiscales era enredado, y a trechos, autocontradictorio, por no mencionar que se fundaba en proyecciones que todo el mundo reputaba, ya entonces, como salvajemente archioptimistas.

Si alguien seguía albergando la menor duda sobre la determinación del señor Greenspan de no incordiar a la administración Bush, toda duda quedó despejada dos años después, cuando la administración propuso otra ronda de recortes fiscales, aun a pesar de que ahora el presupuesto era ya profundamente deficitario. ¿Lo adivinan? El antiguo gran sacerdote de la responsabilidad fiscal no puso reparos.

Y en 2004 se manifestó de acuerdo en hacer permanentes los recortes fiscales de Bush -recuerden que se trata de los recortes fiscales que ahora dice no haber apoyado nunca-, y arguyó que, a trueque, el presupuesto debería equilibrarse con recortes del gasto social, incluyendo los beneficios de la Seguridad Social. Claro está que, antes, en 2001, había asegurado muy concretamente al Congreso que los recortes fiscales no amenazaban la Seguridad Social.

Retrospectivamente, el colapso moral del señor Greenspan en 2001 fue portentoso. Anticipó la manera en que muchos intelectuales centrados en el estudio y el comentario de la política exterior sometieron sus facultades críticas a dura prueba y apoyaron la invasión de Irak, aun siendo sobradamente evidente que se trataba de una mala idea.

Y así como, ahora que la aventura iraquí ha terminado mal, los entonces entusiastas partidarios de la guerra han empezado ya a describirse a sí mismos como críticos de la guerra, así el señor Greenspan esboza el autorretrato de un crítico de la irresponsabilidad fiscal de la administración, ahora que el presidente Bush ha llegado a ser profundamente impopular y los demócratas controlan el Congreso.

Paul Krugman es uno de los economistas más reconocidos académicamente del mundo, y uno de los más célebres gracias a su intensa actividad publicística y divulgativa desde las páginas del New York Times. Colaboró en su día con el grupo de asesores de economía del Presidente Clinton, pero la dinámica de la vida económica, social y política de los EEUU en el último lustro le ha llevado a diagnósticos tan drásticos como lúcidos del mundo contemporáneo.

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– Traducción para www.sinpermiso.info: Roc F. Nyerro
Publicado en The New York Times

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