La segunda muerte de José Luis Cabezas

A diez años de la muerte de José Luis Cabezas, los asesinos están libres y en el caso subsisten varios gruesos misterios. Cristian Alarcón, un excelente periodista que hacía por entonces sus primeras armas en el oficio, destaca que ya desde el comienzo de su cobertura surgía «la droga como el móvil» del crimen, «el tráfico de cantidades de kilos hacia la costa en el que implicaban a policías bonaerenses los testigos que declaraban en el juzgado de Dolores (…) La matriz de la mafia está ahí. la matriz del matrimonio más rentable de la historia, el del crimen y la política. Pensar el asesinato de Cabezas es pensar esa relación, es evaluar el poder de lo que está en las sombras, maldito, pero vivo». (1)

El caso Cabezas también desnudó el bluff que suelen ser los medios, dedicados al show y al impacto y por lo general desacostumbrados a sostener investigaciones de largo aliento.

El equipo de investigación del semanario Noticias, para el que trabajaba el reportero gráfico asesinado, fue retirado por Fontevecchia de Pinamar antes de que pasaran tres semanas del crimen y en momentos que se montaba en Dolores la obra de teatro desviacionista llamada «Los Pepitos».

Desde entonces, sólo quedaron en Pinamar Santiago O’Donnell, de La Nación (hoy jefe de internacionales de Página/12) y el recién llegado Juan Salinas, que cubría el asesinato para la agencia Télam con obvias limitaciones (por ejemplo, no poder siquiera mencionar a Yabrán).

Transcribimos seguidamente la crónica que escribimos para el diario La Capital de Rosario al iniciarse el juicio, en un todo coincidente con las actuales conclusiones de Alarcón. Permanece inédita y nos parece de gran valor publicarla por más que el propio autor señale que hoy cree que a Cabezas le habían dado la orden de fotografiar a Yabrán no con una menor de edad, como barruntaba el malogrado Carlos Dutil, sino con su secretaria privada y amante, Ada Fonre, que se encontraba veraneando en Pinamar y a pocas cuadras de la mansión «Narbay» (Yabrán al revés) del hasta entonces casi desconocido zar del transporte de objetos y sustancias.

Caso Cabezas
La “línea de la costa” fue ocultada por la investigación oficial

Una organización “fantasma” de policías-narcotraficantes

La mayor ausencia del juicio oral a (parte) de los asesinos de José Luis Cabezas es la de la vasta organización de policías-delincuentes a la que a todas luces pertenecían los oficiales Prellezo, Camaratta y Luna, así como otros de Pinamar y otros balnearios atlánticos cuya falta de procesamiento clama al cielo.

La existencia de esta banda, dedicada entre otros varios rubros al tráfico de cocaína, además de ser obvia, como aquí se relata, fue reconocida en los primeros momentos de la investigación por el hoy amnésico comisario Víctor Fogelman.

En noviembre de 1996, tres meses antes de la muerte de José Luis Cabezas, se abrió en Pinamar una delegación de la Policía Federal, supuestamente para atender a la clase política (extenderle pasaportes, etc.) que crecientemente elegía pasar sus vacaciones en ese balneario. Al frente de dicha delegación, con sede en un céntrico y coqueto chalet recién pintado, se puso al comisario Vignal, un hombre afable, bajo, regordete e hincha de Ferrocarril Oeste, que vivía en el lugar con su familia y que parecía el capitán de un yate con su impecable uniforme blanco de verano.(2)

Él y su lugarteniente, un oficial alto y taciturno, tardaron tres encuentros en revelar, luego de negarlo, que su verdadera misión en Pinamar era cortar un ingente tráfico de drogas que convergía en Pinamar desde Mar del Plata y Villa Gesell. Sobre todo desde Villa Gesell.

Frente a la delegación de la PFA se encontraban estacionados con faja de clausura una media docena de vehículos cuyos dueños -dijo en voz baja y ladeando la boca el oficial alto, encargado de aquella tarea-eran “curiosamente, todos de Villa Gesell”.

Entre los vehículos decomisados se encontraba una vieja chata Rastrojero que tenía pintadas en ambas puertas una dirección de Villa Gesell. Pertenecía teóricamente a un pintor de casa y letreros que, fue muy fácil averiguar, era un ladrón habitual que gozaba de la protección de un puntero de Federalismo y Liberación, la línea interna del justicialismo bonaerense que respondía al presidente de la Cámara de Diputados y patrón de La Matanza, Alberto Pierri.

El descaro con que el tráfico de drogas se realizaba entre Gesell y Pinamar quedó ilustrado por una anécdota que narró el oficial. Tras admitir que, a fin de garantizar pillar con las manos en la masa (es decir, en la “merca”) a los “dealers” (vendedores de droga), el procedimiento habitual de todas las policías es llevar consigo a los testigos del procedimiento. Dijo que en diciembre les llegó el dato de que se iba a entregar un “paquete” en la puerta de la discoteca “Ku” y que en consecuencia se apostaron allí con dichos “testigos” (que, explicó, prestaban sus servicios a cambio “del sanguche y la coca”, aunque es sabido que en algunas ocasiones “cobran en especies” de lo secuestrado) y esperaron pacientemente, pero no pasó nada.

“Ya nos estábamos yendo. Habíamos puesto la baliza sobre el techo del móvil y la entrada de la discoteca era iluminada rítimicamente por sus destellos azules, cuando llegó la chata, se bajó de ella un muchacho con un paquete en la mano y se lo entregó a una persona que lo aguardaba allí. En ese momento los detuvimos a ambos, y mientras labrábamos las actuaciones, muy intrigado, le pregunté si era boludo o qué. ‘¿Cómo te animaste a entregar la droga si era obvio que nosotros somos policías?’ le dije. Y el muy boludo me respondió: ‘A mi me dijeron que por la policía no me hiciera problema, que estaba todo bien con ella”.

Unos días más tarde, el comisario Vignal convocó a la televisión local y dijo mirando a las cámaras: “Nosotros no nos chupamos el dedo y sabemos perfectamente que en la intendencia hay personas que están involucradas en el tráfico de drogas”. El comisario (que dos años más tarde, ya en Buenos Aires, fue objeto de un atentado en el que le pegaron ocho balazos, a pesar de lo cual conservó la vida) le “sugirió” a este periodista que no publicitara el insólito episodio en los medios nacionales, alegando que era “un aviso que los que lo tenían que recibir, ya lo recibieron”. El pedido fue aceptado.

Para cuando esto sucedió, hacía un mes que José Luis había sido asesinado y los comisarios de Pinamar y Gesell hacía rato que habían sido relevados. Al momento de cometerse el asesinato éstos eran Alberto “La Liebre” Gómez y Leandro García. Los medios de prensa habían hecho mucho énfasis en las estrechas relaciones del primero con Alfredo Yabrán, pero ninguno había destacado que ambos eran primos hermanos del poderoso comisario Mario “El Chorizo” Rodríguez, a su vez íntimo de Pierri.

La temporada se había iniciado con una serie de robos a chalets, y lo que la distinguía de las anteriores es que algunos de ellos se habían realizado a mano armada. El más notorio había sido contra la casa del embajador “Chiche” Araóz. Era obvio que en una localidad tan pequeña como Pinamar (sus habitantes estables no llegaban a 8.000, aunque en enero, estimaron los policías, podía llegar a tener hasta 120.000) y con apenas dos salidas fácilmente controlables, los asaltantes debían tener protección policial.

Todos sabemos hoy que entre estos ladrones protegidos por los oficiales Sergio Rubén Camaratta y Aníbal Luna, se encontraban los “horneros” que se autoinculparon de haber asesinado a Cabezas, pero sobre su otro metier, el de vendedores minoristas de cocaína, se ha tendido un espeso manto de silencio.

Unos “horneros”, que eran también “pincharratas” (miembros de la barra brava de Estudiantes) y quizá no casualmente “pierristas” (es decir “militantes” de Federalismo y Liberación) además de “dealers”, actividad que se pretendió ocultar pero que surge nítidamente del proceso oral que se sigue en Dolores: Gustavo Prellezo ha insistido en que sólo le daba a su “hermano de crianza” Auge cantidades homeopáticas de dinero, y los mismos “horneros” han admitido que pasaron aquellos calientes días de enero de 1997 embotados por el consumo masivo de cerveza y cocaína.

El tráfico de drogas amparado por la policía bonaerense en la costa se había convertido ese año en un auténtico monopolio, tras la expulsión manu militari a principios de diciembre del único “dealer” semipúblico de Pinamar (que, por supuesto, estaba asociado a policías locales, hasta el punto de que un oficial se tomaba la libertad de acostarse sistemáticamente con su joven y bella mujer).

Cuando todavía Prellezo y Camaratta no habían sido detenidos pero ya eran estrechamente vigilados por los hombres al mando del comisario Víctor Fogelman, éste le confió a Santiago 0’Donnell (el único periodista que quedó investigando el crimen en Pinamar tras la insólita retirada, el 13 de febrero, del equipo de investigación de la revista Noticias que encabezaba Julio Villalonga) que ambos “integraban una banda mixta de piratas del asfalto dedicada también a la comercialización de autos robados y truchados, al tráfico de drogas y a la prostitución».

Apenas fueron detenidos Prellezo y Camaratta, se pudo comprobar que ambos habían sido oficiales instructores de procesos antidrogas iniciados por el juez federal de Dolores, el hoy prófugo Hernán Bernasconi. Procedimientos, huelga decir, plagados de irregularidades -hasta el punto de que el “éxtasis” secuestrado en muchos de ellos resultó ser un medicamento de venta libre- y saqueo de las pertenencias de las víctimas.

El “Caso Cóppola” se encontraba en su apogeo y los vecinos del “barrio de los maestros” (construido por el Suteba) donde vivía Camaratta y su lugarteniente, el cabo Claudio “La Máquina” Paéz, recordaron que dos veranos atrás éstos habían alojado en un chalet desocupado del mismo a tres chicas que por entonces eran ignotas pero que pronto se volverían célebres: Samantha Farjat, Natalia De Negri y Julieta La Valle.

Camaratta era, ni más ni menos, que quién había encendido la mecha del “Caso Coppola” al presentarse como acusador de Diego Armando Maradona, Guillermo Cóppola, Alberto Tarantini y otros famosos.

Para ningún periodista de las secciones policiales de los diarios de Buenos Aires era un secreto que Bernasconi y su Armada Brancaleone acusaban en voz baja a Cóppola de favorecer la introducción de la droga de diseño (sintética) conocida como “éxtasis”, y que ello era percibido como un atentado contra el monopolio policial de la cocaína.

La primera noticia cierta y comprobable que recibió este periodista cuando el 14 de febrero de 1997 llegó a Pinamar para investigar el asesinato fue que a mitad de la noche a cuyo fin el infortunado reportero gráfico fuera asesinado, tanto en Pinamar como en Valeria -e incluso en General Madariaga- policías habían obligado a cerrar las puertas de discotecas, bares y mercadillos de artesanía a una hora inusualmente temprana.

Vendría luego la comprobación que la comisaría de Pinamar había sido dejada en manos de los policías forasteros afectados al “Operativo Sol” de control caminero, y que la única agente de la dotación habitual atendió el pedido de auxilio de los custodios de la “Fiesta del Capitán” Oscar Andreani y, sin embargo, no envió allí ningún patrullero.

Tanto aquellos custodios, como los vecinos de Andreani (como Diana Solanas y sus acompañantes)discutieron con las tres personas que aguardaban en un Fiat Uno blanco(que Prellezo había denunciado previamente como robado) a la salida de la fiesta y dijeron que más lejos, entre unos pinos, aguardaba otro nutrido número de personas, quizá unas ocho o nueve.
Entonces para todos resultaba obvio que para matar a Cabezas se había establecido “un área libre”.

No importa tanto la convicción de muchos (que este periodista comparte con Eduardo Duhalde) de que resulta obvio que Alfredo Yabrán ordenó que se le hiciera “algo” a Cabezas. Importa más ahora que el brazo ejecutor del asesinato fue (tal como reconocía a principios de 1998 el hoy desmemoriado Fogelman) una organización de policías-delincuentes. Organización que aún permanece en las sombras y que, restauración de la “maldita policía” mediante, es probable que retome importantes cotas de poder.

Notas

1) «Crimen y política», en el suplemento especial publicado por Página/12 el 25 de enero de 2007 con el título «Crimen, política y poder».

2) Tiempo después, el comisario Vignal fue acribillado a balazos en Capital Federal. Aunque parece haber sobrevivido, nada volvió a saberse de él.

¿Yabrán había sido “escrachado” con una jovencita?

Antes de marchar a Pinamar, este periodista se reunió con Carlos “Memo” Dutil, coautor del libro La Bonaerense. La cita tuvo lugar al mediodía del 11 ó 12 de febrero de 1997 en el café “Gardel” de Independencia y Entre Ríos. Dutil llegó a ella en una poderosa moto con la que había recorrido el litoral atlántico bonaerense, investigando la “Línea de la costa” policial para la revista Noticias.

En esa ocasión, Dutil, que fallecería poco después, de un infarto, en Guatemala, dijo que la dirección del semanario relacionaba la muerte de José Luis Cabezas con una foto que un colega de éste le había logrado sacar a Yabrán a principios de enero. Yabrán, agregó, habría sido sorprendido por el fotógrafo en compañía de una jovencita, probablemente menor de edad.

A pesar de la creencia generalizada, recordó Dutil entonces, no había sido Cabezas quién había fotografiado a Yabrán y a su esposa, Blanca Pérez, cuando ambos paseaban por las playas de Pinamar. “Cabezas fue el cerebro de la operación, pero la foto la sacó una persona que no era fotófrafo profesional, a la que Cabezas le consiguió un chaleco de OCA como los que tenían los bañeros, para que no llamara la atención”, relató.

Dutil conjeturaba que Yabrán consideraba que Cabezas era el “cerebro” del acoso que sufría por parte de los reporteros gráficos. Y que el “paparazzo” que había tomado la foto, y que habitualmente vendía parte de su producción a Noticias, por terror o lo que fuera había desistido de publicarla.

Lo cierto es que varios días después, estando ya este periodista en Pinamar, el diario La Capital de Mar del Plata publicó (citando como fuente al secretario Mariano Casaux, del juzgado a cargo de José Luis Macchi) que “un fotógrafo profesional sería la clave para el curso de la investigación”.

Para Lanata, Cabezas investigaba el tráfico de drogas

Jorge Lanata afirmó en su momento que José Luis Cabezas y su compañero Gabriel Michi estaban investigando el tráfico de cocaína en Pinamar y la costa atlántica bonaerense. Y también ensayó una hipótesis: que el oficial Prellezo y sus amigos se habían iniciado en este negocio como «entreperneurs», decisión que, comisarios que dirigían una banda mucho mayor, consideraron una traición.

El entonces director de la entonces Veintidós, aseguraba que aunque la dirección de Noticias y el propio Michi lo negaron, éste y Cabezas estaban en Pinamar investigando el tráfico de cocaína «en un contexto desfavorable y de alta exposición», puesto que era una época en que éste había aumentado de modo exponencial.

«La cantidad de noticias vinculadas con el tráfico de drogas entre diciembre de 1996 y (el 25 de) enero de 1997, fecha del asesinato, es atroz», recordó en su nota «Morir de nuevo. Los puntos más oscuros de la causa Cabezas». Lanata dijo en ella que es posible saber «qué temas leía (Cabezas) en los diarios, vinculados al asunto de la drogas, en aquél lejano diciembre de 1996 y en enero del año siguiente» y recuerda que «aquellos fueron los días de la detención de Cóppola» por el juez federal de Dolores, Hernán Bernasconi.

También recuerda que las acciones previas a la detención de Cóppola (una cadena de allanamientos y detenciones hechas por el ex juez) tuvieron como escenario la costa y que «dos de los oficiales instructores eran Gustavo Prellezo y Sergio Camaratta».

Michi «recibió el 2 de enero a las 21.06 el siguiente mensaje en su Skytel: ‘Ultimo momento: un melón de la provincia fue detenido cuando intentaba embarcarse en un cargamento de sandías con destino a la costa atlántica. S/F», es decir sin firma. Fue ese «uno de los pocos mensajes que Michi recibió sin firma», señala Lanata. Y agrega que dicha ¿noticia? tardó diez días más en tomar estado público y que recién los diarios del 13 de enero dieron cuenta de que «La delegación Mar del Plata de la Policía Federal secuestró un cargamento de cocaína que estaba en tránsito en la Capital Federal y que tenía por destino la costa».

Destaca luego que «Michi olvidó mencionar el punto en su declaración» y que «cuando se lo consultó respecto a una cifra que aparecía en su cuaderno de notas» declaró que «no decía 30 kilos de cocaína, sino treinta gramos».

La investigación policial, continúa argumentando Lanata, se dedicó en gran medida en los primeros tiempos a pinchar los teléfonos de los periodistas de Noticias que investigaban el asesinato de su compañero, hasta el punto de que tres de los 244 cuerpos del expediente están ocupados en esas transcripciones.

En una de éstas, Dutil le dice a Roberto Caballero que le parece que «José Luis quedó en el medio de una vendetta entre bandas que están peleando por un mismo negocio» y que «la hipótesis de Mario Rodríguez no es descabellada».

Lanata señala luego que el propio Servicio de Inteligencia de la Policía de la Provincia de Buenos Aires (Sippba) hizo un gráfico de relaciones con una hipótesis sobre el ingente tráfico de drogas y que en la cúspide de ese gráfico figuraban el ex juez (y ex secretario de Seguridad bonaerense e íntimo de Yabrán) Alberto Piotti y el diputado Alberto Pierri .

Debajo de este binomio «bajan tres rectángulos», continuó explicando, en el primero de los cuáles se encuentran en el organigrama los comisarios Vitelli y Lugos (por entonces jefe y subjefe de la PBA, respectivamente); en el segundo «el comisario mayor Mario Rodríguez (socio de Pierri)» y en el tercero «comisario mayor Naldi (socio de Piotti)».

En dicho organigrama -que Veintidós publicó- también se encuentra, aunque bastante más abajo, el comisario Viglianco. Lanata sugiere que al estar éste a cargo de la instrucción de la causa Cabezas, «el papel se consumió con la rapidez de un cigarrillo corto, sin filtro».

Tras puntualizar que «en Gesell tenía su casa matriz una de las bandas policiales», Lanata ensaya una hipótesis: que «el oficial Prellezo -que llenaba sus horas muertas dirigiendo una banda de asaltantes comunes- decidió ampliar los objetivos del negocio» y que «el comisario Gómez, su par Viglianco y el siempre recordado Chorizo (Rodríguez) nunca se lo perdonaron».

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