La Prensa de Papel: otra historia conurbana

No se trata de una disputa económica, dado que los volúmenes de los que estamos hablando no significan un perjuicio económico para la firma Papel Prensa. Se trata de una disputa política, por el derecho a estar informado, y por la verdadera libertad de expresión.

Si el monopolio de la propiedad del papel para imprimir diarios perjudicó a emprendimientos periodísticos de la talla de los diarios Crónica o Ámbito Financiero (por citar apenas un par de ejemplos), imaginemos las consecuencias que tuvo esta práctica desleal en el Gran Buenos Aires, apañada por todos los gobiernos en estos 26 años que transcurrieron desde la recuperación de la democracia.

La empresa Papel Prensa S.A fue creada en 1972 mediante un decreto firmado por una dictadura cívico-militar y otorgada, a través de una licitación, a la Editorial Abril.

El propósito era producir papel más barato, para que los diarios que se imprimían en nuestro país pudieran abaratar sus costos.

Por aquellos años, las bobinas que se producían en nuestro país no sólo eran muy costosas, sino que además eran de pésima calidad. Por eso los principales diarios debían importar el papel de buena calidad, para asegurar que sus ejemplares salieran a la calle. A pesar de estar en manos privadas, el Estado se presentaba como garante del funcionamiento de la papelera, conservando una participación en el 28 por ciento del paquete accionario.

A poco de empezar a funcionar, Papel Prensa fue vendida al banquero David Graiver: un millonario multifacético, que unos años más tarde participaría como socio minoritario de algunos emprendimientos editoriales, como el recordado diario La Opinión de Jacobo Timerman.

Después del Golpe de 1976, Graiver comenzó a ser hostigado por la Dictadura Cívico-Militar, que lo señalaba como el financista de la organización Montoneros. El gobierno de facto de Jorge Rafael Videla denunciaba públicamente que el dinero de Graiver había sido mal habido, mientras anunciaba auditorias en sus empresas e investigaba sus cuentas bancarias, hasta que de pronto, el 6 de agosto de aquel año, David Graiver muere en un accidente aéreo que nunca se aclaró del todo.

En noviembre de ese año, los herederos del propietario de Papel Prensa, Lidia Papaleo (la viuda de Graiver) e Isidoro Graiver (hermano de David), fueron obligados a firmar el traspaso de sus acciones a un consorcio conformado por los tres diarios más importantes de la República Argentina: Clarín, La Nación y La Razón.

El resto, afortunadamente, es historia más o menos conocida (sobre todo en estos últimos tiempos), aunque todavía hay quienes sostienen que la versión brindada por Lidia Papaleo está “tergiversada” o directamente se trata de “un invento”. El mundo está lleno de sin vergüenzas.

Gracias a la lucha que dieron durante décadas los organismos de derechos humanos, el mundo entero conoce cuales fueron las atrocidades que se cometieron durante el genocidio que llevó a cabo la Dictadura Cívico-Militar. Ya nadie desconoce los crímenes de lesa humanidad, y no hay ningún argentino de bien que pueda hacerse el distraído cuando se le cuenta que aquí hubo un plan sistemático que incluyó el exterminio de disidentes políticos, el robo de bebés, la supresión de identidad, y todo los horrores que se cometieron.
Por eso resulta inaceptable, desde todo punto de vista, escuchar a quienes sostienen que la venta de Papel Prensa se realizó con total transparencia, en un contexto de libertad, mientras aquí gobernaba una régimen sangriento que amparaba el accionar de las bandas del terrorismo de Estado.

Como si todo esto no bastara, la apropiación de Papel Prensa por parte de un grupo empresario que luego se convirtió en monopolio, trajo aparejada una situación de privilegio para aquellos medios gráficos que pertenecían al Grupo en cuestión.

Y si esta situación perjudicó a algunos periódicos de la Capital Federal con circulación nacional, en el Conurbano Bonaerense directamente hizo estragos: se cuentan por decenas los medios gráficos que no pudieron sostener el ritmo de salida diaria y sobrevivieron un tiempo más en el formato de semanario, hasta que finalmente desaparecieron.

Los pocos que decidieron seguir apostando a proyectos de salida diaria, no tuvieron otra opción que pasar a depender de la pauta publicitaria que debían negociar con los gobiernos municipales de turno.

Eso es lo que entiende por “libertad de expresión” el Grupo Clarín, que se rasga las vestiduras cuando habla de publicidad oficial o de “ataques a la prensa” por parte de algún gobierno.

Marcelo Massarino es un periodista de vasta trayectoria en medios regionales de la zona oeste del Gran Buenos Aires. Empezó a trabajar en publicaciones gráficas de La Matanza cuando comenzaba la etapa democrática, y recuerda la relación de Papel Prensa con los medios locales de la siguiente manera: “con la apropiación de Papel Prensa, La Nación y Clarín no solo monopolizaron la materia indispensable para imprimir diarios, sino que además se adueñaron del precio que se pagaba. Hace 25 años, el papel era considerado un ‘commodity’, y la única posibilidad de contar con esa mercancía era a través de Papel Prensa o de la importación”, afirma Massarino y precisa: “por eso los períodos de hiperinflación que hubo entre fines de los ’80 y principios de los ’90 se llevaron puestos a muchos medios que no podían hacer frente a los gastos ocasionados por el papel importado”.

El periodista consultado por Revista Zoom también recuerda que “otra de las triquiñuelas que estableció Papel Prensa durante mucho tiempo, fue el tema de los cupos: sólo te vendían a partir de una determinada cantidad de papel o bobinas. Entonces los medios chicos quedaban obligados a comprar el papel en resmas, muchos más caro y de peor calidad”.

Otro de los profesionales consultados por este cronista fue Javier Romero, director de El Diario de Morón, un periódico regional que acaba de cumplir dos décadas de existencia, y que debió sufrir en carne propia un doble embate del Grupo Monopólico: por un lado el del papel, y por el otro el del dumping publicitario.

“Cuando Clarín decidió lanzar el Suplemento zonal de Morón, nos empezó a pasar que la mayoría de nuestros anunciantes decidían dejar apoyar nuestro proyecto para hacer publicidad en Clarín, que les ofrecía los avisos al mismo precio que nosotros e incluso por menos dinero”. Para Romero, la única razón para explicar esta práctica es que “vendían publicidad por debajo del costo que a ellos les significaba producir un diario de la calidad que tenía el zonal. Como a ellos el papel les salía gratis, no les importaba ir a pérdida con la publicidad”.

El testimonio de Javier Romero refuerza nuestra hipótesis de que los zonales de Clarín nunca fueron un proyecto periodístico-comercial, sino que le servían al Grupo para ejercer un instrumento de presión que defendiera sus intereses económicos, como el de la televisión por cable y la distribución de Internet por fibra óptica.

Con los zonales, Clarín presionaba a los Intendentes del Conurbano para que ninguna otra empresa pudiera extender el cableado por el Gran Buenos Aires.

En la actualidad, en todo el Conurbano Bonaerense hay unas 60 publicaciones de prensa escrita que respetan una periodicidad. De todas ellas, la mitad son semanarios, y los que conservan el formato de tirada diaria no superan la decena. El resto oscila entre la publicación mensual o bimestral.

Nobleza obliga, también hay que decir que no todos estos emprendimientos consisten en proyectos periodísticos, sino que algunos se dedican pura y exclusivamente a la rosca política y, en palabras de Massarino, “son publicaciones que se leen alrededor de la plaza. De periodismo, poco y nada”.

De los que salen a la calle todos los días y realmente desarrollan un proyecto editorial periodístico de interés general, podemos destacar a NCO y Condie en La Matanza; La Unión en Lomas de Zamora; El Sol y Perspectiva Sur de Quilmes; La Ciudad de Avellaneda, y Varela al Día en Florencio Varela.

Ninguno de ellos supera la tirada diaria de mil ejemplares.

Resulta difícil explicar porqué en la región más poblada del país, prácticamente no existan medios de prensa escrita regionales, y que los pocos que existen no superen, todos juntos, los diez mil ejemplares diarios.

Para Javier Romero, “la cercanía con la Ciudad de Buenos Aires genera que la potencia que tienen los llamados medios ‘nacionales’ opaque el desarrollo de los medios regionales del Conurbano”.

En este sentido, Massarino coincide y va un poco más allá en su apreciación: “la escasez de diarios en el Gran Buenos Aires está directamente relacionada con la dependencia política que tiene la región respecto del poder central, ya sea Nacional o Provincial. Si las grandes decisiones que afectan a la vida de la gente que vive en el Conurbano se toman en la Ciudad de Buenos Aires y en La Plata, no podemos esperar que la gente consuma información local”, sentencia Massarino, que concluye diciendo “Es correcta la intervención del Estado en el mercado del papel, pero debió haber sucedido hace veinte años”.

Respecto de este tema consultamos a Federico Tremoullies, director del portal INFOBAN y del periódico Primera Sección. Para Tremoullies, la regulación estatal en el mercado del papel para imprimir diarios generará un ahorro de entre el 20 y el 30 por ciento en los costos de las publicaciones locales. “Por eso habrá que estar atentos a que no se produzca un aumento de la materia prima en los próximos meses, que busque anticiparse a la regulación de los precios”.

De todas formas, Tremoullies aclara que habría que buscar un mecanismo para equiparar el precio del papel que utilizan los medios más pequeños, que no llegan a comprar bobinas y utilizan las resmas más caras.

También en el Gran Buenos Aires, Clarín ya hizo su trabajo.

La regulación estatal en el mercado de papel para la impresión de medios de comunicación, es una medida que no puede postergarse más. No se trata de una disputa económica, dado que los volúmenes de los que estamos hablando no significan un perjuicio económico para la firma Papel Prensa.

Se trata de una disputa política, por el derecho a estar informado, y por la verdadera libertad de expresión.

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