La política no es un minué

El diputado Agustín Rossi, presidente de la bancada del Frente para la Victoria, fue agredido varias veces en el transcurso de la campaña electoral por sendos grupos de subnormales que la iban de agricultores. En un remedo de la vieja dicotomía entre “jóvenes” y “muchachones”, que era como en los 60 el diario La Prensa solía diferenciar a los grupos de revoltosos según su clase social (para los 70 ya sería entre “jóvenes” y “activistas subversivos”) los patoteros santafesinos fueron tildados de “ruralistas” por los medios de comunicación. La insidia mediática no es sorpresa, aunque resulta difícil digerir las justificaciones farfulladas por dirigentes de la oposición, entre las que destacó como una tarántula en un frasco de crema la inefable Elisa Carrió, para quien Rossi habría provocado a los “ruralistas” por medio de su sola existencia biológica.

Hace unos días, el diputado Gustavo Marconato fue agredido en la platea del Gigante de Arroyito mientras presenciaba el encuentro entre las selecciones argentina y brasileña. También la pasó mal Mariano Recalde, quien intentó proteger a la familia del diputado de la “indignación” de un “hincha” –según Infobae– que resultó ser no un espectador cualunque sino Marcelo Vezzani, presidente de la Federación Agraria de Rosario.

Ya es bastante loco que un hincha de fútbol suponga a la tribuna espacio de “su” propiedad como para que ahora las plateas de un estadio sean feudo particular de un gremialista empresario. Pero acostumbrémonos: según se ha visto últimamente, dichos empresarios creen que todo es de su propiedad.

El diputado Juan Carlos Dante Gullo presentó en la Cámara un proyecto de resolución repudiando la agresión sufrida por Marconato y de paso recordando las sufridas por Agustín Rossi. Varios de sus colegas de bancada lo acompañan.

Nadie puede ver nada de objetable en esta iniciativa de Gullo, pues todo el mundo, hasta un diputado nacional, merece un mínimo de respeto, pero el diputado tal vez le haría un gran favor a su colega Marconato y al joven Mariano Recalde si les explicara que hay ocasiones en que las opciones políticas suponen onerosos costos personales. Eso ocurre en las contadas ocasiones en que la política se vuelve un asunto serio y no el jueguito de unos cuantos zánganos que la usan como recurso para el ascenso social.

Preguntado por una amiga sobre las razones que lo llevaban a volver una y otra vez en sus libros a los ambientes latinoamericanos, en una de sus autobiografías el novelista Graham Greene refiere que esa excentricidad suya tal vez obedeciera a la circunstancia de que en Latinoamérica, así como en la España de sus tiempos, la política no fuera un minué entre caballeros de la misma clase y condición social sino un asunto de vida o muerte, lo que debe tomarse en su acepción metafórica aunque han abundado en nuestra historia las circunstancias en que la respuesta de Greene mereció ser entendida en su sentido literal. Extrañamente esta es una de esas ocasiones, según se desprende de la actitud y modo de reaccionar de los opositores frente a gran parte de las iniciativas gubernamentales.

Si se permite una digresión, la actitud, el modo y hasta la catadura de los opositores ha hecho a más de uno reflexionar sobre las virtudes y defectos de la gestión de las actuales autoridades: “Algo bueno habrá hecho el gobierno”, se dice uno de tan sólo observar a los detractores. Cuesta saber qué, pero algo bueno habrá si esa clase de gente es la que se opone (se trata éste de un recurso intelectual ciertamente pobre pero es el que tenemos y el que la experiencia nos ha dado).

Cabe sospechar, sin embargo, que las virtudes kirchneristas sean involuntarias y hasta inconscientes. De otro modo no se entiende cómo el diputado Marconato se atreve a ir a la platea de un estadio de fútbol acompañado de su familia ni qué diablos hacía ahí Mariano Recalde.

Va de suyo que no pretendemos emular a la señora Carrió y ni se nos ocurre cuestionar la existencia biológica de Marconato, sino apenas recordarle que en las raras ocasiones en que la política se transforma en un asunto serio –en una “opción de vida o muerte” según Greene– es imprescindible decidir de qué lado se ha de estar, si en el de los ricos o en el de los pobres, si entre la Gente como Uno o dentro de los excluidos, los explotadores o los explotados, entre los torturadores o las víctimas. Y así y así.

Ser agredido por un plateísta puede ser una verdadera condecoración para un político que ha optado por estar del lado de los intereses populares, a condición de que pueda y quiera presenciar el partido hacinado en la popular.

La opción política, cuando es en serio, es básicamente una opción vital. Y si no, no.

Y que Gullo se los explique, que capaz se acuerde de qué estamos hablando.

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