La objetividad imposible

La vacunación, el semáforo sanitario y el SIPA (Sistema Integrado Previsional Argentino). El oficialismo y su búsqueda en la batalla por el sentido común.

 

Justo cuando se insinúa la esperada meseta, incluso el descenso del número de contagios, Argentina sobrepasa los cien mil fallecidos. El número es contundente, los fallecidos no se merecen, se evitan. La oposición esgrime la palabra fracaso y aduce un pésimo manejo de la pandemia. La cantidad y sus interpretaciones. Hay que reconocer, sin embargo, que el sistema sanitario en general no colapsó, el gran temor cuando se miraban las imágenes de la primera ola de una Europa sorprendida y devastada. Un dolor enorme para el país el impacto tremendo de la pandemia y el número de fallecidos que no sabemos cuál será el tope, la triste realidad tremenda, a la que no alcanzan a describir siquiera las palabras que uno pueda esgrimir a modo de explicación.
Se vuelve difícil la objetividad en un año de campaña electoral. Ahora que las vacunas llegaron, se les reclama su tardanza. Cuando no es la cantidad lo que puede impugnarse, se critica la velocidad. Y se agrega que apenas el doce por ciento de los argentinos recibieron las dos dosis, con el consiguiente riesgo frente a la variante Delta del virus. También, se critican los controles, las cuarentenas obligadas a los viajantes que regresan al país y los varados que siguen demorados en un regreso escalonado, a cuentagotas. Ganar tiempo, esa es la cuestión. Controles que limitan libertades, para ganarla en el mediano plazo, para que la meseta y la curva descendente se consoliden.
El gobierno encuentra la dificultad de que sus logros se sitúan en ese terreno brumoso del apocalipsis que no fue: el colapso que no sucedió, la variante delta sin circulación comunitaria por ahora. Menos por menos es igual a más, la regla matemática que no se aplica necesariamente a la política. El principal mérito de la gestión habrá sido haber evitado el escenario hipotético de la catástrofe. Perder, pero por poco, salvar la ropa.
La evolución decreciente o controlada en el número de contagios dio incentivo a que pudiera hablarse de otra cosa. Curiosamente en invierno, cuando pocos lo esperaban porque el virus se transmite en los encuentros sociales, cuando la gente deja de abrir la ventana para resguardarse en el calor de un ambiente cerrado aumentando los riesgos. Del conteo de las camas de terapia intensiva disponibles (que bajaron al sesenta por ciento de ocupación), de la preocupación loable para que cada enfermo contara con su respirador, al incidente gracioso de la semana, la licitación anunciada para la compra de penes de madera. Sugestivamente, una vez que el COVID retrocede, parece que no pudiéramos dejar de hablar de él y todo gasto presupuestario que excede la emergencia sanitaria sigue siendo visto, en algunas situaciones, como poco importante, innecesario, hasta inmoral por considerar que lo superfluo posterga la importante.
La trayectoria descendente de la curva y el avance del plan de vacunación autoriza nuevas aperturas. Se anuncia la vuelta plena a las clases de forma escalonada luego del receso invernal en la Ciudad de Buenos Aires. Hay que reconocer que el sistema de salud no colapsó, como también que la presencia de los alumnos en las escuelas de modo cuidado, en la modalidad de burbujas no parece haber espiralizado en forma ascendente el número de contagios. A excepción de la semana de fines de mayo en que se interrumpió la asistencia y redundó en el descenso del pico de los cuarenta mil contagios por día que se había alcanzado, las clases se retomaron en la Ciudad sin que la transmisión del virus se descontrole.
Una vez alcanzadas las cifras de un semáforo sanitario que nunca se aprobó en el Congreso como norma nacional, retomó la presencialidad también la provincia de Buenos Aires. Nunca se llegó a un acuerdo acerca de criterios objetivos basados en datos que permitieran abrir o cerrar actividades al margen de la voluntad de las autoridades políticas. Las cifras actuales autorizan el paso a fase cuatro, y la flexibilización de las restricciones consiguiente.
Parece poco menos que imposible ponerse de acuerdo en criterios objetivos cuando transcurrimos un año electoral. Que la política de campaña es esencialmente subjetiva. Y narra herencias recibidas y coyunturas apremiantes. La tolerancia pendiendo a veces de un hilo, con la gente arrancando las persianas de la estación Constitución por un conflicto gremial extendido que les impedía volver a sus casas. Encuestas, guerras de opinión, la disputa por conquistar subjetividades tomadas muchas veces por ideologías y preconceptos. Todos los dirigentes sociales son malos, casi pareció decir Laura Di Marco. Y el profesor Ossona, ante la interpelación de Grabois acerca de sus análisis poco riguroso de la situación social, preguntó: ¿Qué es el SIPA?, desnudando su propia ignorancia pero tal vez poniendo en escena otra vez la imposibilidad de ponerse de acuerdo con criterios objetivos. Con el semáforo sanitario, con la evaluación del manejo de la pandemia, con la ponderación de la situación social que sin dudas empeoró desde la primera cuarentena de acuerdo al mismo SIPA, e insinúa una lenta pero persistente recuperación.
Pero la confrontación política está atravesada de símbolos surcados de ideologías más o menos embozadas en la disputa por el sentido común y vivencias personales. Por las personas que comparten en las redes sociales la alegría de recibir la vacuna y el timbre del portero eléctrico que suena estridente en los departamentos, y una voz del otro lado nos pide si tenemos ropa para regalar. La vida, la muerte, la pobreza, la esperanza de seguir, en un revuelto del que cada persona saca también su conclusión subjetiva. Aunque la única verdad sea la realidad, como decía Perón, todos los ojos la ven de diferente manera.

 

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