La noche terrible de un Saavedra Pueyrredón

Francisco José María Saavedra Pueyrredón es un auténtico gaucho de las pampas.
Gasta bombachas de póplin con aplicaciones bordadas en colores pastel, botas de potro amansadas con leche de bajo contenido graso, gruesa faja tachonada de monedas de 10 australes en un diseño que recuerda la Cruz del Sur, fariñera Tramontina y camisa Penguin.
Completa su atuendo un grueso elástico flúo que sostiene la pelambre engrasada con un gel de efecto húmedo.

Se desplaza en una F-100 medio destartalada, pero eso se explica: en el año 97 se le hundió el campo, de repente, cuando desbordó el río Salado, y desde entonces no puede sacar la cosecha gruesa, que ya está un poco rancia en los potreros a metro y medio bajo el agua.

Tanto tiempo hace que partieron los últimos novillos gordos, evoca lagrimeando, que ya ni recuerda cómo eran.
Desde entonces, inmune a la adversidad, viene pensando que convendría dedicarse a la cría de pejerreyes de laguna.
Pero su mujer se niega:

– Mamá siempre me dijo que eras un fracasado. ¿Pescados de raza en la Rural?
– Peces, María Pía. Peces.

– Ma sí…

Habría que inventar una épica para esa Asociación de Criadores, piensa Francisco José María mientras toma mate y la mirada se le pierde en la chatura de un espejo de agua que alguna vez fue campo de invernada.

Indios retobados, por ejemplo, cautivas, un cargamento de alevinos robado por gauchos matreros, batallas campales como la del coronel Rauch, un héroe con apellido ilustre, Belgrano por ejemplo, o Sauvignon Belgrano.

Inmune a las dificultades, ha cambiado la tropilla de alazanes por una chalupa plástica con motor fuera de borda, un Evinrude pura sangre, de 170 HP, que amarra cada atardecer al palenque de su casa, un chalet ecléctico, entre Tudor y mediterráneo.

Mi propósito no es repetir su historia. De los días y noches que la componen, sólo me interesa una noche, aquella en que conoció el sentido cabal de su rebeldía.

Lo esperaba, secreta en el porvenir, una lúcida noche fundamental; la noche en que por fin vio su propia cara, la noche en que por fin oyó su nombre. Bien entendida, esa noche agota su historia; mejor dicho, un instante de esa noche, un acto de esa noche, porque los actos son nuestro símbolo.

Medio empapado por la lluvia interminable, ingresa como una tromba al living y le dice a su mujer, no sin cierto dramatismo:

– ¡Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es!

Ella se distrae un momento, perdiéndose el esperado beso en la última toma de «El Conde de Montecristo”, se pone bizca y lo maltrata con perspectiva de género.

– ¿De qué me estás hablando? ¡Tarado, inútil!

Esa noche, él cargó en la chalupa un neumático viejo, una tambor con nafta y el encendedor del que nunca se desprende, aunque no fuma. Y enfiló a velocidad de crucero para el lado de la ruta, maniobrando entre los alambrados sumergidos.

– ¡No te disgraciés, Paco!- lo previno el sargento Chirino desde la terraza de la comisaría donde presos y carceleros improvisaban una mateada alrededor de la portátil.
No perdió tiempo en respuestas redundantes: esa noche, Francisco José María Saavedra Pueyrredón se unió al piquete de la Sociedad Rural que cortaba la ruta.

Comprendió que un destino no es mejor que otro, pero que todo hombre debe catar el que lleva adentro.
Cómo cambian las cosas, pensó: Castells afincado en Puerto Madero y Quebracho convertido en Álamo Carolina. Y se preguntó, perplejo: ¿Dónde han quedado nuestras tradicionales virtudes?

– ¡Abajo las retenciones! -gritó, y el reniego se inmovilizó en un gesto último: mientras se carcajeaba pensando que le tocaron, como a todos los hombres, malos tiempos en que vivir, metió la mano en el bolsillo y la sacó, brusca, empuñando el Dupont de oro filigranado con las iniciales del bisabuelo coronel.

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