La mitad del vaso y la sed de futuro

Un avance político y una estrategia acertada. Pero no hay 2027 sin nuevas mayorías. No basta con tener razón: hay que ser opción de gobierno. Por Nico Descalzo

El resultado electoral del domingo 18 en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires dejó múltiples lecturas posibles. Como siempre, la pregunta es desde dónde mirar: ¿el vaso medio lleno o medio vacío? Pero una idea es clara: la estrategia fue la correcta.

A primera vista, la elección de Es Ahora Buenos Aires puede verse como una clara mejora: alcanzamos un 27% de los votos, consolidamos presencia en 26 barrios, ganamos en 6 comunas –obtuvimos un empate técnico en la Comuna 7 (Flores y Parque Chacabuco)–, y logramos ampliar nuestro bloque legislativo a 20 bancas, sumando dos nuevos representantes. Esto nos convierte en una fuerza con un tercio de la Legislatura, algo inédito en términos de robustez parlamentaria reciente para nuestro espacio en el distrito.

Sin embargo, reducir el análisis a una fotografía numérica sería perder de vista los procesos más profundos que se jugaron en esta elección y los que están por venir. Porque lo cierto es que en la ciudad más rica del país, donde el macrismo lleva más de 17 años de gestión, el 45% del padrón decidió no votar. Ese nivel de ausentismo no es una anécdota ni una estadística aislada: es una señal de insatisfacción democrática, de hartazgo ciudadano y de desconfianza hacia un sistema político que no ofrece respuestas concretas a los problemas de la vida cotidiana.

Una Ciudad fragmentada, una elección nacionalizada

Los primeros tramos de la campaña de Es Ahora Buenos Aires lograron instalar, aunque parcialmente, una agenda local clara: cuestionar la mala gestión de Jorge Macri, visibilizar el deterioro urbano, la falta de inversión en infraestructura barrial y la creciente desigualdad territorial. Por un momento, el desdoblamiento electoral permitió que la “Capital Federal” se convierta en el distrito de los 48 barrios, ganando una discusión genuinamente municipal.

Pero, tras la partida de Francisco a finales de abril, la campaña se suspendió y perdió anclaje. El eje se nacionalizó abruptamente y se impuso una lógica binaria: “libertad o kirchnerismo”. En ese nuevo escenario, las demandas barriales, las propuestas de cercanía y los problemas concretos del vecino y la vecina quedaron relegados.

No obstante, hay señales que no deben subestimarse. La consolidación del espacio en comunas tradicionalmente esquivas, como varias de clase media, sugiere que hay una franja del electorado que empieza a reconocernos como una alternativa viable. Tal como señaló Leandro Santoro recientemente:

“Mirá esta línea de tiempo: en el 97, 18%; en el 2001, 11%; en el 2005, 20%; en el 2009, 11%; en el 2013, 23%; en el 2017, 21%; en el 2023, 25%; y ahora, 27%. Acá lo que hay es un proceso de expansión política sostenido.”

Esa lectura optimista, sin embargo, debe matizarse con una mirada más estructural.

Una ciudad detenida y una política que no transforma

La Buenos Aires del siglo XXI, gestionada por el PRO desde 2007, muestra síntomas crecientes de degradación urbana, fragmentación social y pérdida de calidad de vida. Las zonas del sur siguen sin acceso pleno a servicios básicos. La precariedad del transporte en el oeste, el avance desregulado del modelo inmobiliario en el norte y la creciente pérdida de espacios públicos conviven con una paradoja inadmisible: más de 200.000 viviendas vacías mientras el acceso a la vivienda digna se vuelve un privilegio.

Los problemas estructurales son evidentes: el transporte es deficiente, los servicios públicos están deteriorados, la inseguridad crece y la gestión porteña ya ni siquiera garantiza lo básico —la basura se acumula, las plazas se degradan y los detenidos se escapan a metros de las escuelas—. Lo más alarmante es que la política dejó de ser percibida como herramienta transformadora. En vez de mejorar la vida de las personas, se volvió en la mirada de amplios sectores una maquinaria ajena, que no resuelve sus internas y acumula frustraciones.

Esto exige una revisión profunda, no basta con hablar entre convencidos. No alcanza con habitar burbujas ideológicas que funcionan como algoritmos políticos: devolviéndonos aquello que ya creemos para reforzar nuestras certezas. Tenemos que interpelar a quienes no confían, a quienes ya no creen, a quienes no nos escuchan porque sienten que nadie habla de sus vidas.

Las alianzas con otras fuerzas ya conformadas o aún subterráneas, electorales o sociales, deben construirse desde ahora de cara a lo que viene. No pueden ser un simple rejunte de logos y frentes armados solo para ganarle a alguien en 2027. Para ser una verdadera opción de gobierno hace falta un programa claro, con contenido y compromisos concretos que articulen intereses y proyectos, y que convoquen a una mayoría capaz de transformar la Ciudad.

La Ciudad está esperando una fuerza política que no solo la describa, sino que la transforme. Y para eso no basta con tener razón, hace falta ser opción de gobierno.

El mapa del voto

El voto en la Ciudad no es homogéneo. Muestra una correlación directa con el nivel de ingreso y con las expectativas frente al sistema político. Pero además, el análisis comparado de los resultados entre 2021 y 2025 permite observar una redistribución del apoyo electoral que resulta tan reveladora como desafiante.

Donde retrocedimos fue, precisamente, en las comunas históricamente ligadas al voto popular: los barrios del sur porteño. Ahí, la caída fue profunda:

  • Comuna 8 (Villa Lugano, Villa Riachuelo, Villa Soldati): -26%
  • Comuna 4 (La Boca, Barracas, Nueva Pompeya, Parque Patricios): -20%
  • Comuna 1 (Retiro, San Nicolás, Puerto Madero, Monserrat, San Telmo, Constitución): -19%
  • Comuna 9 (Liniers, Mataderos, Parque Avellaneda): -13%
  • Comuna 7 (Flores, Parque Chacabuco): -11%
  • Comuna 3 (Balvanera, San Cristóbal): -9%

Estas cifras hablan de una fractura entre el campo popular y sus representaciones históricas. Allí donde el vínculo era más directo, el voto se ausentó (sobre todo) o migró. El dato no es solo cuantitativo: es político. ¿Qué mensaje no supimos dar? ¿Qué agendas dejamos de representar?

En contraste, logramos mejorar nuestra performance en comunas de clase media y media-alta,incluso en algunas donde tradicionalmente teníamos presencia débil:

  • Comuna 6 (Caballito): +5%
  • Comuna 13 (Belgrano, Núñez, Colegiales): +4%
  • Comunas 11 y 12 (Villa del Parque, Villa Devoto, Villa Urquiza): +2%
  • Comuna 14 (Palermo): +1%
  • Comunas 2, 5, 10 y 15: variaciones mínimas

(Fuente Daniel Schteingart)

Esta recomposición sugiere una apertura: sectores medios que comienzan a reconocernos como opción política razonable, posible, confiable. Son barrios donde pesan el reclamo por la planificación urbana y la calidad de los servicios, entre otros temas. Es allí donde nuestras propuestas empiezan a hacer eco, no solo desde la crítica, sino desde una narrativa de futuro.

Este doble movimiento —retroceso en el sur y avance en el centro-norte— obliga a una reflexión urgente. No hay victoria en ceder los territorios populares, ni hay transformación posible sin su protagonismo. Pero tampoco hay futuro sin disputar los consensos de las clases medias.

El mapa comparado entre 2021 y 2025, más que una foto, es un llamado de atención estratégico. Debemos reconstruir los puentes donde se cortaron, y reforzar los que recién comienzan a tenderse. En una Ciudad socialmente partida, nuestra tarea es tejer una mayoría nueva, compuesta por sectores desarrollistas, científicos, empresariales y sociales que sea capaz de articular lo popular con lo aspiracional, lo barrial con lo institucional, lo cotidiano con el horizonte de ciudad.

El desafío es político, no solo electoral

No podemos dejar de interpelarnos. ¿Por qué tantos y tantas decidieron no votar? ¿Qué les estamos diciendo —o dejando de decir— para que elijan no participar?

La respuesta no está en repetir viejos eslóganes ni en solicitar credenciales militantes. La respuesta está en cambiar realidades concretas, y en hacerlo con sentido colectivo, sin resignar principios pero construyendo mayorías nuevas. En animarnos a salir de la zona de confort discursiva y abrir puentes con otros sectores que, aunque no piensen como nosotros en todo, pueden compartir un horizonte de justicia urbana, planificación inclusiva y sensibilidad social.

La elección del domingo dejó una advertencia clara, pero también una posibilidad. Si somos capaces de leer el contexto, de aprender de nuestros límites y de construir con otros y otras, el 2027 no tiene por qué ser una repetición. Puede ser un punto de inflexión.

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