La ley de la ferocidad

A horas del acuerdo que descomprimió una situación que parecía no tener solución, vale la pena empezar a desandar los caminos de la reflexión y el estudio, que nos permitan encontrar las respuestas acerca del por qué pasaron los acontecimientos del Parque Indoamericano. Es indispensable asumir cuáles fueron las razones que provocaron la tragedia, para que nunca más nos quieran vender gato por liebre, y hacer pasar a un drama humano como un «problema del espacio público».

Los tristes episodios del Parque Indoamericano, ubicado en el barrio porteño de Villa Soldati, pusieron el tema “en el tapete”, y de pronto pareció que todos los medios de comunicación comenzaron a preocuparse por la crisis habitacional en el Área Metropolitana de Buenos Aires.

Producto del hacinamiento en el que viven cientos de miles de familias en la zona sur de la Capital Federal y, principalmente, en vastas zonas del conurbano, desde hace al varias décadas se vienen dando, cada vez con más frecuencia, lo que comúnmente se denomina como “toma de terrenos” u “ocupaciones”.

Sin embargo, lo que se vivió la semana pasada en Villa Soldati fue algo más que eso, y además del problema habitacional se sumaron otros factores, que hicieron de la zona un caldo de cultivo para los acontecimientos que finalmente hubo que lamentar. Tanto en Revista Zoom como en el blog Conurbanos, nos hemos ocupado de dar cuenta de todo lo fue ocurriendo para que las cosas terminaran de esta manera, así que en esta columna nos vamos a ocupar del problema de fondo: el drama habitacional. Porque esto no es un problema de “Espacio Público”, sino un problema de hábitat y vivienda.

Más allá de las razones que dieron lugar a los hechos del Parque Indoamericano, hay una realidad que no se puede desconocer, y es el de la falta de vivienda para miles de personas en toda la región, pero vayamos puntualmente a lo que ocurre en las afueras de la Ciudad Autónoma.

El conurbano bonaerense, como tal, es una construcción histórica nacional que puede rastrearse a mediados de la década del 30, cuando en nuestro país comenzó el lento proceso de industrialización posterior a la crisis del 29.

Tanto en la Capital Federal como en los Partidos del conurbano aledaños a ella, se fomentó la instalación de industrias de todo tipo al principio (curtiembres, textiles, alimenticias), y luego las que tuvieron con fenómeno de “sustitución de importaciones” (metalúrgicas, metal mecánicas, etc.). Allí fue cuando comenzó a producirse la “conurbación” del área metropolitana.

Antes de eso, los Municipios que rodeaban a la Capital Federal eran pequeñas ciudades fundadas hacía muchas décadas, en algunos casos incluso durante la época colonial, que no superaban demasiado a la vida pueblerina.

Con la necesidad de nuevos brazos para crear en nuestro país una industria de valor agregado, desde el interior del país se vio a la Capital como la tierra prometida: el lugar adonde no faltarían oportunidades, y donde las personas podrían encontrar la prosperidad que sus provincias de origen les habían negado.

A grandes rasgos, se puede decir que las «villas miseria» o «de emergencia» son ocupaciones irregulares de terrenos vacantes que producen tramas urbanas muy irregulares. Es decir, no son barrios amanzanados, sino organizados a partir de intrincados pasillos, donde por lo general no puede pasar ningún vehículo. Responden a la suma de prácticas individuales y diferidas en el tiempo, a diferencia de otras ocupaciones que son efectuadas de manera planificada y de una sola vez. Originalmente las villas fueron consideradas un hábitat transitorio para sus pobladores, que eran trabajadores poco calificados o informales. Se caracterizan por tener tramas urbanas muy irregulares con intrincados pasillos, que responden a la suma de prácticas individuales y diferidas en el tiempo. La mayor parte no cuenta con infraestructura de servicios, las viviendas son auto construidas por las familias, con diversos materiales, en muchos casos de descarte.

Los asentamientos, en cambio, son un fenómeno bastante reciente, que nació en la década de los 80, y son bien característicos del conurbano. Tienen trazados urbanos tienden a ser regulares y planificados, semejando el amanzanamiento habitual de los loteos comercializados en el mercado de tierras, es decir en forma de cuadrícula. Por lo general, son tomas decididas y organizadas colectivamente, con una estrategia previa, y algún tipo de participación o articulación con organizaciones políticas.
En ambos casos, tanto villas como asentamientos, se trata de espacios geográfico donde los habitantes no son propietarios individuales de sus viviendas.

Según un estudio realizado para el Instituto del Conurbano, dependiente de la Universidad Nacional de General Sarmiento, por la docente María Cristina Cravino, hay en el Gran Buenos Aires unas 819 villas y asentamientos, censados.
La más antigua, según este trabajo, es el barrio conocido como “Villa Tranquila”, cuya formación data del año 1936. La más reciente, vaya uno a saber cuando.

“La Tranquila”, como se la conoce entre los habitantes de la zona, es un buen ejemplo de esto que veníamos explicando párrafos más arriba: ubicada muy cerca del Riachuelo, y pegada a Dock Sud, la villa se fue haciendo alrededor de lo que fue la vieja planta de la firma Unilever, que en la década del setenta llegó a emplear a treinta mil obreros.

Con el auge de la desindustrialización y la decisión de la empresa de trasladar la fábrica a la zona norte, el barrio quedó prácticamente en ruinas, y paulatinamente se fueron apoderando de él la desocupación, la marginalidad y la desesperanza. Ergo: La Villa pasó a ser cualquier cosa, menos “Tranquila”.

Cerca de 500 mil habitantes viven en los 55 km2 que en 2005 comenzaron a urbanizarse, a través de planes financiados por el Estado Nacional en gran medida, y otro poco por la Provincia.

De cualquier manera, desde hace cuatro años a esta parte, la construcción de viviendas nuevas, y la urbanización de la Villa, no llega al 10% de la extensión de la misma.

Las intenciones son buenas, pero la necesidad que hay que cubrir es tan grande, que no hay plan que dé abasto.
(Imaginemos lo que pasa en la Ciudad, donde los planes de vivienda son prácticamente inexistentes).

Otra investigadora de la UNGS, Clarisa Bettatis, opina que “la problemática de los asentamientos informales es un tema que tiene una larga historia y que ha dado lugar a diferentes intervenciones por parte del Estado. Si bien durante las décadas de 1960 y 1970 se produjo un importante debate teórico acerca del tema, en el que se puso en relieve la importante tarea urbanizadora realizada por las familias, las políticas recurrentes fueron de erradicación. Recién hacia los años ochenta, coincidente con los procesos de re-democratización en América Latina, se plantearon diferentes formas de abordaje que dieron lugar al reconocimiento de derechos de los habitantes sobre el sitio ocupado. La radicación de la población supone la regularización de la tenencia de la tierra a favor de los habitantes, y puede incorporar intervenciones en lotes y viviendas, para adecuarlas a la normativa vigente”.

El Hacinamiento

Al margen de la irregularidad de la propiedad de la tierra, y de la trama urbana que traen consigo las villas y los asentamientos, el principal problema que trae aparejado esta situación territorial es el del hacinamiento.

El hacinamiento es el disparador de las acciones colectivas que terminan con una ocupación de las características que se vieron la semana pasada en Villa Soldati, y unos días después en algunos lugares del conurbano.

Los habitantes de villas y asentamientos están acostumbrados a tolerar muchísimas adversidades de infraestructura, como la escasez de agua potable, la precariedad del servicio eléctrico, la falta de cloacas, la inexistencia de asfalto, etc. Pero lo que se hace imposible de tolerar es el hacinamiento, porque directamente va en contra de la naturaleza humana.

Una persona se puede bancar vivir colgado de la luz, o compartir una canilla con el de al lado. Lo que no se puede superar es eso de convivir con cuatro personas más en una misma habitación, o en una casa con otras doce.

Hoy en día tenemos, en el Gran Buenos Aires, hasta cuartas generaciones de villeros, que se reconocen como tales a mucha honra. Es una subjetividad más, entre las muchas que hay, producto del lazo identitario que cada habitante de la villa o el asentamiento ha ido tejiendo con el barrio.

El problema es que ya no hay más lugar en la villa, y hoy los nietos de aquellos primeros ocupantes, están teniendo hijos y formando sus familias. También quieren formar un hogar.

Por eso es extraño (y doloroso) que Margarita Barrientos haya dicho las cosas que dijo, sobre todo porque ella conoce muy bien esta realidad.

Margarita: los villeros tienen casa, nomás que no quieren vivir apilados uno arriba del otro.

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