La inseguridad es un gesto que vuelve

Buenos Aires es una ciudad muy insegura.

Si me dan a elegir, prefiero viajar, ser testigo de la diversidad cultural.

He estado en Bagdad, sufriendo los ataques de Saddam Hussein con armas de destrucción masiva.

En Tokio, entrevistando a una japonesa víctima del default argentino, cuyo sueño era tener una huerta ecológica en Aldo Bonzi, a orillas del río Matanza.

He estado en Finlandia y en Galicia, constatando que no hay industria más limpia y perfumada que la fabricación de papel. En Salta, entrevistando a unos wichis pentecostales.

En Córdoba, siguiendo las huellas de un violador serial. En Austria, donde los secuestros express no existen.

Nunca viajé en avión.

Me las he ingeniado para trasladarme por el mundo en micro, camello, bicicleta, patineta, moto, combi, barco, lancha colectiva, mula, automóvil. Hasta en un tanque de la Coalición de la Libertad.

Los derechos son de todos

El viaje en avión me enferma, como a muchos. En Ezeiza, una oenegé sin fines de lucro te cobra 140 dólares por una sesión terapéutica para perder el miedo a las alturas.

En mí, la terapia no tuvo efecto pero no me devolvieron la plata.

Dicen que el viaje en avión es seguro, y lo comparan con las innumerables víctimas del semáforo rojo, las gomas lisas, las pastillas gastadas, las barreras rotas, los choferes dormidos y las distracciones.

Las cifras de accidentes de tránsito en Argentina son escalofriantes, la primera causa de muerte en el país.
Blumberg la ha incorporado como punto 179 de su petitorio: “Exigimos que los registros de conduptor los entregue una empresa responsable”.

A él se lo sacaron.

Dicen los que lo conocen que en el pasado, el ingeniero andaba como loco por la Panamericana, su cabellera al viento, al volante de un Mercury Monterrey descapotable, remedando a Bill Halley.

Motor V8, mucho cromado, cuenta-revoluciones, carburador de cuatro bocas, una Fender en el asiento trasero tapizado de cuero rojo, un escarpín brincando en el retrovisor.
Por exceso de velocidad le quitaron el registro, luego de toparse con un policía de tránsito adicto a la serie del oficial Ponchiarelo y que no aceptó el billete disimulado entre la tarjeta verde y el último recibo de la patente.

¡Un honesto anónimo entre la multitud corrupta!

En su descargo, el ingeniero dijo que si el Presidente paseaba a 280 kilómetros por hora en su Ferrari Testarrosa sin que nadie lo detuviera, por qué se ensañaban con él, un ciudadano que pagaba puntualmente sus impuestos.

– ¡Los derechos son de todos!- clamó.

Desde entonces, desde que no puede manejar su Mercury, se ha convertido en un individuo vacilante y confuso.
Fíjense en qué grado: él prefiere que los chicos malos vayan a la cárcel en lugar de ser protegidos por la Fundación Felices los Niños.

Ahora viaja en una 4×4 negra, con chofer, blindada, como las que usan en la Embajada, o las que conduce Harrison Ford en sus películas.

Seguridades eran las de antes

Las rutas, calles y avenidas son lugares muy inseguros, aunque no te secuestren ni te laven el parabrisas por la fuerza. Sin embargo, once mil víctimas anuales, a razón de 30 por día, son apenas una estadística.

Ciento cincuenta de golpe, cuando se estrella un avión, son toda una catástrofe.

Casi no tenemos accidentes en el agua. Será porque la Argentina no tiene una gran tradición marítima.

Es cierto que en un pasado remoto se hundió el vapor Ciudad de Asunción luego de perder el rumbo; que no hace mucho, un catamarán de Buquebus chocó con otro barco porque ninguno de los capitanes quiso ceder paso al otro, y que cada tanto se pierde un pesquero de altura, pero son excepciones que confirman la regla.

Esto es, vivimos de espaldas al mar: salvo el veraneo en La Perla, los homenajes al almirante Brown o la merluza que se receta a los ancianos por su alto contenido en omega-3, el mar no existe.

¿Se acuerdan de la frase “la solidaridad es un gesto que vuelve”? No se quién la inventó, pero sí puedo dar fe de que en esa misma época desaprovechamos la oportunidad de convertirnos en un pueblo con tradición marítima. Fue cuando a los opositores se los arrojaba vivos al mar desde los aviones navales.

¡Aquello sí que era tener seguridad! ¡Ni siquiera se necesitaba construir nuevas cárceles, y la edad de imputabilidad importaba poco y nada!

Por eso no me subo

En Buenos Aires las calles son inseguras, pero hay incertidumbres que Blumberg no entiende porque se desplaza en una 4×4 como las de la Embajada y lo custodian los “Sin Gorra”.

Se te puede caer un avión en la cabeza mientras caminás por la avenida Corrientes, por ejemplo.

El Boeing de Lapa cruzó la Costanera sin respetar el semáforo rojo de la calle Salguero.

Hoy en día, las turbinas se atan con alambre, las fisuras en los flaps se arreglan con poxipol y los pilotos cobran en negro, como los chóferes de micros.

El modernísimo taller de Aerolíneas en Ezeiza desapareció.
Los simuladores de vuelo, también.

El Servicio Meteorológico dejó de serlo: hoy se limita a comentar las noticias del Weather Channel.

Si los empresarios locales quisieran remedar a las compañías que en Europa ofrecen pasajes a bajo precio a costa de la seguridad y la calidad del servicio, podríamos volar en aviones de madera balsa enteramente argentinos.

Los radares, imprescindibles para controlar el tráfico de aparatos que vuelan a 800 kilómetros por hora, son más viejos que mi abuela.

Y no es que, como los DNI, no se hayan hecho esfuerzos por modernizarlos.

Esfuerzos

Fue en 1998, cuando nuestro Presidente estaba terminando «el período más exitoso de la tierra».
Imaginemos la escena.

Residencia de Olivos, pizza y champán, unas chicas contratadas por Sofovich revoloteando alrededor de la piscina. Un sol radiante, como el de la bandera. En el perímetro, hombres con traje y anteojos negros, los brazos cruzados protegiendo las pelotas.

– En la Fuerza hay inquietud- reflexionó el brigadier Antonietti.

– ¿Qué quieren? ¿No muerden en Edcadassa y el free shop?- protestó el Presidente.

– Dicen que los pasajeros VIP no pasan por la aduana.

– ¡Pero estos hijos de puta las quieren todas! ¿Escuchaste, Ramoncito?

Sí, había escuchado, pero su atención estaba centrada en una morocha que le había tirado los garfios.

– Habría que cambiar los radares para darles un chupetín- interrumpió Antonietti.

– ¿Y eso cuánto cuesta?

– Entre doscientos cincuenta y quinientos palos verdes- respondió el brigadier, poniendo cara de Bernardino Rivadavia.

Ramoncito eructó: las aceitunas le caían mal.

El Presidente brindó a la salud de todos.

Así se decidió reemplazar los viejos radares instalados a fines de los cincuenta, una tarde, en la Residencia de Olivos.

Carlitos Piloto

Aviones y helicópteros que se estrellaban, y las muertes dudosas pero siempre violentas, eran el karma de Carlitos Piloto.

Por un pelo no se viene abajo en 1988, siendo candidato, mientras efectuaba un vuelo rasante al mando de un Lear Jet sobre El Chamical, pero todo el daño se limitó a hacerle volar el peluquín a su amigo el brigadier Juliá.

Su amigo el ministro Corzo había fallecido en un accidente de aviación.

En 1995, le tocó a su amigo Raúl Schwarztein, presidente de la recién privatizada LAER (Líneas Aéreas de Entre Ríos) y con oficinas en Panamá. El Cessna que tripulaba, recién revisado, se desplomó sobre el Río de la Plata porque se le soltó la hélice derecha. Le habían aflojado un tornillo.

En octubre de 1996 un helicóptero Puma cayó sobre la cancha de polo de Palermo: murieron el general Andreoli, amigo del Presidente, su esposa, la del general, y Rodolfo Aguilar, que desde la embajada de Perú había visto lo que no debía, y además había cometido el error de informarlo a los alcahuetes de la Rosada.

Después se caería el helicóptero de su propio hijo, Carlitos Jr. (con dos o tres acompañantes, nunca se supo) que desató una seguidilla de muertes accidentales entre los testigos.

Schwarztein era amigo y socio de Leopoldo Bravo.

Cuando Bravo era embajador en la URSS, en 1981, su agregado militar en Moscú, el brigadier Rodolfo Echegoyen, recibió la orden de investigar las causas de la caída de un avión Canadair matrícula argentina LV-JTN de la empresa Transporte Aéreo Rioplatense (TAR) propiedad de otros brigadieres, que había caído sobre las montañas armenias con un contrabando de armas.

Echegoyen se suicidará en 1990 con un tiro en la boca.

El disparo de 38 le explotó el cráneo, pero tenía hematomas en la cara y hundida la nariz, como si después de muerto lo hubieran transportado boca abajo, por un largo trecho, sobre una calle empedrada. No hay adoquines entre la calle Arroyo donde lo encontraron y la morgue judicial de la calle Junín.

Accidentes verdaderos

También cayeron dos aviones comerciales, un Boeing de LAPA y un Douglas de Austral.

Uno en Aeroparque, porque sonaba una alarma; el otro en Fray Bentos, porque no sonó.

Autoridades y empresas atribuyeron la culpa a los pilotos, que no estaban en condiciones de defenderse.
De contar con radares modernos, se hubiera podido avisar al piloto de Austral que volaba a una velocidad superior a la normal aunque no repicara la chicharra.

Alsogaray propuso trasladar el Aeroparque en medio del río para no molestar a los pescadores de la Costanera, pero la idea fue rápidamente abandonada.

Primer mundo, éxito y bendiciones

El reemplazo de los viejos radares bidimensionales instalados a fines de los años 50 produjo durante los 90 fuertes emociones asociadas con el patriotismo.
Recuerdan las crónicas que durante una visita al Papa, mientras Carlitos era introducido en la ilustre sala de audiencias donde se otorgan bendiciones urbi et orbi in secula seculorum, los funcionarios Carlos Borgonovo (asesor presidencial) y Cacho Caselli (embajador) se agarraron a las trompadas ante la mirada estupefacta de los cardenales, quienes -salvo excepciones como los padres Grassi, Sodano, Wernicke, Plaza o Storni- suelen vivir sin sobresaltos.

La pelea de dos personas mayores no fue causada por una cuestión de polleras, ni por celos derivados del protocolo. Había habido desprolijidades, efectos no deseados o daños colaterales en la licitación de once nuevos radares de última generación.

Uno de los oferentes era italiano.
Se entiende entonces que reemplazar los radares fuera como sacarse la grande de navidad, porque mientras hagan, no importe que también roben.

Tomemos por caso a Luis Sarlenga.

No digo que él fuera uno de los tantos interesados en pegarla con la lotería: sólo es un ejemplo. De chofer de Thomson (la francesa que fabricaba radares y luego, como Thales Spectrum, también controlaba el espectro radial) pasó a interventor de Fabricaciones Militares.

Sarlenga era una entrepreneur, un tipo de éxito.

Los radares clase 3, o tridimensionales, que se adquirirían, permiten controlar las características del aparato, su matrícula, altura y velocidad.

Son especialmente aptos para identificar a pequeños aviones charteados para llevar turistas, digamos, entre Bolivia y Catamarca, entre Bolivia y La Rioja, o entre Colombia y las haciendas del gobernador Romero.

En los 90, la aerolínea SW inauguró un servicio regular entre el Chapare y Córdoba, sólo para transportar valijas Samsonite, como las de Amira.

¿Se imaginan un avión de pasajeros cargado exclusivamente con valijas?

Dicen que la plata atrae a la plata, pero también es cierto que un buen negocio puede pudrir otro muy buen negocio.

Conclusión: las empresas involucradas, los recaudadores, los tipos exitosos y los librempresistas trabaron la licitación y desde entonces estamos como cuando vinimos de España.

Ahora dicen que los fabricará INVAP.

Algunos de los que estuvieron en la Plaza el 31 de agosto, día de Corpus Christi, sostienen que volver a tener industrias nacionales es un anacronismo, que hay que ser competitivos en diversidad cultural, turismo sexual y enseñanza de tango.

¿Para que fabricar radares si podemos producir caramelos?
Los asesores de marketing e imagen de Juan Carlos Blumberg le aconsejan que incorpore el tema de la seguridad aérea a su petitorio genérico de seguridad y pajaritos.

¿Quién no quiere vivir seguro?

Todos tenemos ese derecho, pero mientras no se cumpla, sigo viajando en bicicleta.

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