¡Ay! ¿Quién escribirá la melancolía de las pasadas batallas? Esas
contiendas en que había que verse de cerca para concluir el asunto, de
milico a milico, como en el amor pero a tiros o a punta de bayoneta, de día o
de noche, en el barro, la mierda y la sangre, pero siempre con esa agresiva
intimidad que hace del asesinato organizado un acto de inesperada
sociabilidad. Pero vino el progreso, que todo olvida y nada perdona. Fíjese
nomás.
En Estados Unidos, la ametralladora Gatling de 1860 podía disparar 200
balas por minuto. La alemana Maxim, de la Primera Guerra Mundial, podía
llegar a unos 500 tiros, otros modelos alcanzaban las 800 municiones. La
también germana MG42 escupía 1200 cada 60 segundos en la segunda
guerra, superada sólo hoy por la M134 norteamericana, que le dedica entre
4000 y 6000 balas al minuto, dicen. Eso imposibilita el heroísmo. Ni hablar
de los explosivos: hoy existe una bomba para cada necesidad. Las hay
inteligentes, semi-alfabetizadas y bobas. También la cohetería y la misilística
han llegado a cimas de la tecnología jamás antes pensadas.
Pero me dicen que es peor ahora. Suponga que usted vuelve de otra
compleja jornada de trabajo. Los niños esperan a Papá, pusieron los
cubiertos para que Mamá traiga la cena a la mesa familiar. Es el momento en
que una bomba, un dron o un misil liquidan a todos. Seguro que a la familia,
tal vez al piso -ese vecino nunca fue muy simpático- o al edificio, a la
manzana urbana o al barrio entero. Mañana no veremos en los no medios de
comunicación occidentales los trabajos de los rescatistas que sacan cachos
de cuerpos de entre los escombros, y encuentran tal vez un mantel roto
manchado de restos de vísceras. Misión cumplida.
El piloto sólo recibió unas coordenadas, con un tiempo fijado para lanzar la
munición prevista por otras personas. No es culpable, del mismo modo que
los municioneros, pues es un asunto técnico. El superior sólo le entregó las
órdenes de misión, que la cosa es así, hay una cadena de mando, en la que
no puede ser inculpado. Bombardear una fábrica de rulemanes es lo mismo.
Las recibió de otra persona, más importante, que le dio las indicaciones
precisas que le pasó otra persona aún más importante, lo que hizo fue
transmitir sin más. Nada que reprocharse. Eso sí, los datos vienen de una
computadora aún más importante que todos ellos juntos. El programador del
algoritmo no obligó a nadie para matar: es inocente. Apenas sí hizo que la
compu procesara una cantidad infinita de datos. La máquina sólo especificó
que Fulano Alí Mengano estará en casa tal día a tal hora. El chip dijo “Kill”.
Así mañana sí leeremos en los sí medios occidentales la precisa proeza que
alguien que amenazaba a la civilización ya no existe, gracias al ataque sí
quirúrgico realizado por el sí Occidente. Ah, daños colaterales, puede ser. Se
abrirá una investigación. Hay que verificar. No son fuentes independientes.
Igual es costo marginal. Nadie es culpable en Occidente, nunca. Se atacan
hospitales porque curan, farmacéuticas porque medican, periodistas porque
informan, universidades porque enseñan, escuelas porque educan, barrios
por que viven, familias porque existen, civiles porque mueren. El recetario
aplicado por Occidente en Gaza es repetido en Irán y replicado en el Líbano.
Es poder. De los muchos nombres posibles los sintetizaremos en “Palantir”.
Y es muy distinto de todo lo conocido en materia de masacres. Es el
asesinato masivo asistido por ordenador. Es la muerte decidida por
computadora. ¿Un asunto técnico?
Lo bueno que tenía la “guerra fría” es que las cosas estaban claras. De un
lado estaban los buenos occidentales que nos defendían de los malvados
comunistas. Como ambos tenían armas nucleares, la mutua destrucción
asegurada permitía guerras coloniales, insurrecciones y represiones en lo
que hoy es el Sur Global. Para Fiodor Lukyanov, del Club Valdai, la base del
sistema occidental consistió en cambiar protección por lealtad. Las garantías
de seguridad eran el cambio ofrecido por el alineamiento político. Esta
relación entre patrón-cliente formó la columna vertebral de la política durante
la guerra fría. Incluso duró después de la caída de la Unión Soviética. Ya no
era ideológico, sino habitual. Es ahí cuando impera el discurso occidental
acerca de los valores e intereses comunes. “Juntos somos más fuertes”. La
victoria en la guerra fría era la prueba. Aunque el bloque socialista haya
caído por cuestiones más internas que externas, pero bueno. Occidente
prevaleció contra los adversarios, incluso durante el asesinato de Yugoslavia,
por lo tanto el sistema funciona. Hasta que deja de funcionar.
La guerra contra Irán pone de relieve esa situación. Peor, la acelera. En
efecto, tener bases norteamericanas en el propio país hoy ya no garantiza la
intangibilidad del territorio nacional. Bien lo saben los Estados de Medio-
Oriente: ahora son un objetivo legítimo para los misiles iraníes. Como
también lo son los puertos y tanqueros, las petroquímicas, las plantas de
desalinización, y hasta los hubs de las corporaciones digitales. Toda
infraestructura que sea atacada en Irán recibirá un ataque en espejo. Con la
cantidad de bases que los Estados Unidos desplegaron en la región, los
ataques pueden venir de Irán, de grupos más o menos organizados o de
simples insurrectos. Los occidentales parecen “sitting ducks”, o patos
sentados, una metáfora inglesa para decir “presa fácil”. Entonces, ¿cómo
podrán los Estados Unidos defender a sus países clientes si no pueden
defender las propias bases? Si además consideramos que ya no hay buenos
ni malos, muchos países comienzan a privilegiar los intereses propios según
vaya el destino. Peor aún, el nuevo orden es entrópico, es decir que gasta
más energía que la producida.
Y es lo que vemos en el campo de batalla. Los sistemas de defensa de Israel
ya no son suficientes para detener todos los ataques, y se registran impactos
en diferentes partes del país. ¿Cuánto cuesta la defensa? ¿Cuánto cuesta el
ataque? La guerra de desgaste… es desgastante. El AWACS E-3 es un
avión de mando y control aéreo capaz de reconocer 600 objetivos de aire,
mar y tierra al mismo tiempo que reconoce amenazas, calcula trayectorias y
guía las respuestas. Según la CNN, Estados Unidos tiene 17 unidades que
cuestan 540 millones de dólares cada uno. Bueno, ahora tiene 16, ya que
uno fue destruido por Irán en la base del Príncipe Sultan de Arabia Saudita.
Para la BBC fue destruido por un dron Shahed, que vale menos de 50.000
dólares. No sé, Rick.
No olvidemos el factor humano. Por así decir. El jefe de estado mayor del
ejército israelí, Eyal Zamir dice por una parte que las capacidades iraníes
están cada vez más debilitadas, y por el otro alarma sobre la capacidad
combativa de los efectivos que manda. Pide más soldados. Como los
ortodoxos que no pelean, y cuyo envío al frente terminaría con el gobierno de
Netanyahu. Pide más tiempo de los reservistas en el ejército. Y más ejército.
Es que con un genocidio en Gaza desde hace dos años, la habitual represión
en Cisjordania, la ocupación de Siria, y encima otra invasión del Líbano son
muchos frentes para las tropas que tiene. Ejército de activa o reservistas,
matar toma tiempo y deja huellas. Al menos si le creemos a Haaretz, que
escucha a soldados que no pueden lidiar con las cosas que hicieron. Es el
momento de recordar que Clausewitz llamaba “resistencia” al desgaste en
combate. Y en el cara a cara no hay algoritmos que alcancen. Vaya uno a
saber.
Como sea, el once de noviembre de 1918 terminó lo que sería conocido
como “la Gran Guerra”. Comenzada por un caluroso verano de 1914, dejó
más de cuarenta millones de muertos entre soldados y civiles. Era “la
guerra para terminar con todas las guerras”, o ese era el bálsamo para
justificar tamaño sacrificio. Después vinieron otros conflictos, más o menos
mundiales, siempre más cruentos y con mayor incorporación de tecnología
para aniquilar al prójimo. Pero ahora el salto de productividad provocado por
el uso intensivo del algoritmo aplicado a la tecnología militar cambia la guerra
de una manera tal que todavía no podemos pensar todas las consecuencias.
De algún modo la guerra, el hecho social absoluto, escapa de la dimensión
política y cae en el tecnologismo digital. La actual guerra cambia la guerra
porque occidente ha dejado de lado toda política y prefiere los espejismos
algorítmicos. Porque creen que son apolíticos… Felices Pascuas.
