La guerra por venir

Cuando el ganado cae, lucen los cuchillos.
Proverbio libio.

Las veintitrés mil operaciones de la aviación de la OTAN sobre el territorio libio en los últimos seis meses han dejado más de cinco mil muertos civiles. Esos mismos civiles, niños, mujeres, ancianos, enfermos, que las potencias occidentales están empeñadas en salvar del dictador Gaddafi.

La caída de Trípoli esta próxima. Quizás en el mismo momento en que se están escribiendo estas líneas el Coronel Muamar Gaddafi esté muerto, prisionero o definitivamente vencido, acabando así con cuarenta y dos años de liderazgo absoluto en la antigua colonia italiana de Tripolitania.

Las bandas terroristas capitaneadas por Barack Obama, Nicolás Sarkozy y David Cameron por fin han quebrado la resistencia del ejército libio, gracias a aquellos ataques aéreos y a los miles de mercenarios que la inteligencia norteamericana ha podido infiltrar entre los alzados en las últimas semanas. Después de un rápido avance, el que no tuvieron desde marzo hasta hace una semana, ya han tomado una buena parte de la capital, Trípoli, lo que incluye el cuartel general del Coronel Gaddafi, en el barrio de Bab Al Aziziya, donde los sicarios de occidente descargan su fusiles de asaltos franceses al aire en señal de un festejo amenazante, lleno de anuncios de revanchas, revanchas que ya televisan los medios internacionales y muestran cómo son golpeados y humillados los leales al Coronel vencido, en manos del Consejo Nacional de Transición (CNT).

Mucho más que un milagro tendría que suceder para que el gobierno legal de Libia resista el asedio y reconquiste el territorio perdido. Ya sabemos que la humanidad anda escasa de milagros. Tanto como de petróleo.

La operación Sirena podrá anotarse como un nuevo éxito de la alianza anglo-franco-norteamericana. Igual que en Afganistán e Irak.

Luego de sacarse de encima a su único rival en las próximas elecciones presidenciales, Dominique Strauss Khan, con una acusación inventada por la mucama de un hotel en Nueva York y el FBI, causa que lo retuvo en Estados Unidos, que le hizo perder su cargo como director gerente del FMI, convertirse en blanco del escarnio de la prensa del cotilleo y no tanto y que el partido socialista lo desactive a las presidenciales, Sarkozy, jugador sucio si los hay, es el que como ministro del interior del presidente Jacques Chirac, a sangre y fuego, acalló las protestas de los franceses, hijos de migrantes, en las barriadas pobres de Clichy-sous-Bois, Sevran, Aulnay-sous-Bois, Bondy, todos en la región de Seine-Saint-Denis, a las afueras de Paris en 2005. Es también quien urgido de logros inicia las acciones militares contra Libia.

La toma de Libia parece ser la única solución que han encontrado los Estados Unidos y sus socios para salvar sus economías quebradas. Libia posee 46 mil millones de barriles de petróleo que subyacen bajó las arenas de ese desierto que además guarda ciento cuarenta y cuatro toneladas de oro, unos seis mil millones de dólares, y quizás lo más importante de todo: las reservas acuíferas más grandes del planeta. Un botín demasiado atractivo para dejarlo en manos de un Coronel que alguna vez había desafiado el poder de los Estados Unidos, y más allá de sus acercamientos y coqueteos con occidente post caída del campo socialista. Toda la región esta convulsionada y si bien los Estados Unidos han debido de entregar peones importantes como Hosni Mubarak, presidente de Egipto durante treinta años y sostén de una aberrante paz con Israel, no estaban dispuestos a apostar por Gaddafi, viejo amigo de todos los grupos insurreccionales de occidente desde el See Feín irlandés a los Montoneros argentinos.

El Occidente quebrado y en las diez de última ha lanzado su zarpa sanguinolenta sobre el país con las tasas de bienestar más altas de África. Los enemigos árabes de Gaddafi son todos, desde Arabia Saudita la más pro-occidental de las naciones musulmanas hasta los virulentos fedayines de al-Qaeda, la jihad islámica, sunitas y chiítas embarcados en la misma cruzada contra el demasiado laico Muamar Gaddafi. En la cruzada mundial contra Jamahiriya (Estado de las Masas), nombre oficial de Libia, hasta un tilingo de estas pampas ha intentado rebañar el pan en el tuco que han armado las grandes potencias. Luis Moreno Ocampo, fiscal jefe de la Corte Penal Internacional, el epítome del jaurechano medio pelo, ha buscado un lugar en la fotos pero sus últimos resbalones quizás lo acomoden en un rincón demasiado oscuro para que lo alcance el flash después de haber pedido la captura del coronel, varios de sus hijos y asesores, tal como si Gaddafi fuera un ladrón de estéreos del conurbano bonaerense. Moreno Ocampo, para hacer más patético su papel, había declarado hace unos meses que Gaddafi había comprado varios containers de Viagra para incentivar a sus tropas a violaciones masivas. Y si triste y ridícula había sido tal aseveración, hace unos días en su paupérrimo inglés salió a capturar cámaras anunciando la detención uno de los hijos de Gaddafi, Saif Al Islam, que para a esa hora estaba armado la defensa de la ciudad no solo a la vista de su pueblo, sino de toda la prensa internacional. Sería importante preguntarle a Moreno Ocampo, quien le dio la información, si esta “imprecisión” no ha querido jugar un rol táctico dentro del drama libio, socavando la moral de los que resisten desde hace seis meses los bombardeos de la “libertad”.

La tercera piedra

Se le achaca al general Douglas Mc Arthur la frase acerca de que “el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra”. Al parecer las fuerza de la OTAN están empeñadas en superar la marca.

Desde hace poco menos de una década las fuerzas aliadas están metidas hasta el cuello en las montañas de Afganistán y en las arenas de Irak, sin encontrar un digno camino de vuelta a sus países. Los únicos que regresan, de a miles y embolsados, son los soldados muertos, los mutilados y los locos.

Sin contar los cientos de miles de víctimas civiles de aquellos pueblos que también las potencias occidentales han ido a proteger, llevando al mundo al borde de la más monumental crisis financiera de la que se tenga memoria, que puede convertir a la de 1930 en un buen recuerdo.

Sobre el territorio libio los Estados Unidos pueden activar un Osama Bin Laden en cualquier momento. Recuérdese que el legendario líder de al-Qaeda fue entrenado y armado por la CIA, vía el servicio de la ISI paquistaní, para que resistiera y combatiera a las tropas soviéticas que habían invadido Afganistán por pedido de su presidente Babrak Kamal, lo que significaría la operación encubierta más grande en la historia de la Agencia Central de Inteligencia. Catorce años después el joven y aplicado alumno de William Casey, el entonces jefe de la Agency, saltaría al hall de la fama cargándose casi 5500 norteamericanos, al tiempo que practicaba la más rápida demolición hecha en el centro de Nueva York.

Libia post Gaddafi

El CNT pareciera ser la base de unificación del poder en la Libia post Gaddafi, pero el CNT es solo una entelequia armada ad hoc para posibilitar que las tropas de la Otan no tuvieran que inmiscuirse en combates terrestres y darle una fachada legal a la insubordinación contra el poder central de Trípoli. La jerarquía del CNT está constituida por ministros, secretarios de Estado, embajadores y militares que hasta hace pocos meses servían al cruel criminal que con tanto empeño intentan derrocar. Estos, asentados en la ciudad de Bengazi, convirtiéndola en la capital transitoria del CNT, lo primero que hicieron fue crear un banco central, para poder operar con las potencias invasoras y seguir abasteciendo de petróleo a los sensibles mercados internacionales.

La caída de Gaddafi produciría un efecto dominó en los precio del barril, provocando una considerable baja en los precios y tranquilizando a los contribuyentes, especialmente de los Estados Unidos.

El armado del poder en Libia no se estructura en partidos políticos sino en tribus, y la reacción de estas todavía es imprevisible, ya que muchas de ellas, con poder político y militar no apoyaban hasta hace pocos días al legendario líder.

Camuflados como “rebeldes” han entrado a Libia grupos entrenados y armados de chiitas y sumitas, los dos grandes brazos de la religión musulmana, enemigos jurados que pueden desatar una guerra religiosa de un momento a otro. Resultado de ella, cualquiera fuera, será una política beligerante hacía Estadios Unidos y Europa. Sin olvidar finalmente que las fuerzas y seguidores de Gaddafi pueden reagruparse e iniciar a su vez otra guerra en torno a la recuperación del poder.

Los intereses en juego son muchos, los poderes a mediar fuerzas también. El representante (diputado) demócrata Edward Markey acaba de declarar con tanto desparpajo como obviedad: “Nosotros estamos en Libia por el petróleo” y allí está centrada toda la atención del mundo.
Gaddafi posiblemente ya sea parte de la historia de Libia y del mundo. Lo que sin duda no está en la historia sino en el futuro inmediato, es la guerra por venir.

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