La gran farsa

La reacción internacional frente al ataque a Siria constituye una sobreactuación que buscó tapar los dobles discursos, las complicidades y la indiferencia internacional que habilitan que el país siga explotando en mil pedazos.

Estados Unidos, Francia y Reino Unido bombardearon con 103 misiles crucero a tres grupos de objetivos del Ejército sirio en el oeste de ese país. Anunciaron que los destruyeron todos, que no provocaron víctimas, que golpearon la capacidad militar química de las Fuerzas Armadas y que lo hicieron por el pueblo sirio, “para evitar más sufrimiento humano”, como explicó esta semana la primera ministra británica, Theresa May, para calmar las críticas de la oposición, que no fue consultada antes de tomar la decisión. El ataque internacional, que una vez más se salteó a la ONU y su necesidad de consenso entre potencias, desató las alarmas de los medios y analistas del mundo, muchos de los cuales pronosticaron una profundización de la guerra en Siria o, inclusive, un conflicto armado a escala global. Todo, desde las reivindicaciones de Washington, París y Londres hasta la indignación de Rusia y los temores de una Tercera Guerra Mundial, fue una sobreactuación que buscó tapar los dobles discursos, las complicidades y la indiferencia internacional que habilitan que Siria siga explotando en mil pedazos.

 

En primer lugar, ni Estados Unidos ni Francia ni Reino Unido bombardearon por primera vez el territorio sirio el sábado pasado. Desde 2014, los tres participan de una coalición que dice intentar combatir y destruir a la milicia Estado Islámico a través de ataques aéreos y con alianzas con grupos armados que combaten en el terreno. Pese a algunos roces y “errores” en el camino, esta alianza occidental no confronta directamente a las Fuerzas Armadas sirias. Esto, sin embargo, no significa que sean aliados. Washington, París y Londres siempre apoyaron políticamente, con dinero, entrenamiento o armas a grupos de la oposición armada, una estrategia que los propios funcionarios estadounidenses reconocieron que fracasó.

 

Con la asunción presidencial de Donald Trump, surgió la posibilidad de que Estados Unidos se abandone el rol de potencia beligerante en el conflicto sirio. Así lo había propuesto el magnate inmobiliario durante la campaña y coincidía con su intención de enmendar las relaciones con Rusia, la otra potencia internacional que se sumó abiertamente a la guerra en 2015. Como Washington, Moscú dijo que peleaba contra el Estado Islámico. Pero a diferencia de la estrategia de la Casa Blanca, la del Kremlin terminó siendo mucho más efectiva y abarcadora porque lo hizo codo a codo con el gobierno de Bashar al Assad y sobre todas las zonas controladas por la oposición.

 

Al mismo tiempo que Rusia avanzaba, Estados Unidos se retraía. Con Trump, Washington dejó de impulsar el proceso de paz dirigido por la ONU y el conflicto en Siria desapareció de las prioridades de la Casa Blanca, con una sola excepción. En abril del año pasado, la denuncia de un ataque con gas sarín contra civiles en la provincia de Idleb, en el noroeste sirio, desató la indignación humanitaria del flamante presidente. Desde dos buques destructores en el Mediterráneo, la Armada estadounidense lanzó 59 misiles Tomahawk contra la base de la Fuerza Aérea desde la que, aseguraron, se inició el ataque con gas sarín que mató a 80 civiles.

 

Como sucedió el sábado pasado, el mensaje militar era claro: el ataque era limitado y de ninguna manera intentaba desestabilizar realmente al gobierno de Al Assad y su creciente posición dominante en el conflicto. La misma May lo dijo esta semana en el Parlamento al justificar su decisión: «No se trataba de intervenir en una guerra civil. Y no se trataba de un cambio de régimen. Se trató de un ataque limitado, dirigido y efectivo que buscaba aliviar el sufrimiento del pueblo sirio, debilitando la capacidad del arsenal químico del régimen y disuadiendo su uso», explicó.

 

El argumento de los ataques limitados con objetivos meramente humanitarios, sin embargo, tiene varios problemas.

 

Por un lado, ninguno de los tres gobiernos parecen estar preocupados por el pueblo sirio cuando frenan, bloquean o dificultan la entrada de refugiados de ese país (y del resto del mundo, es cierto). En 2016, durante el último año del gobierno de Barack Obama, Estados Unidos recibió a casi 15.500 refugiados sirios. Un año después, ya con Trump en el poder, esa cifra se redujo a poco más de 3.000. En lo que va de este año, sólo 11 sirios pudieron entrar legalmente al país con asilo político.

 

Paralelamente, en Europa, la política de puertas abiertas terminó en 2015, cuando más de un millón de refugiados, muchos de ellos sirios, llegaron como una gran procesión desde el Mediterráneo. Esta cifra desató una crisis política en la Unión Europea (UE), el ascenso de la extrema derecha en varios países y llevó al bloque a cerrar sus fronteras. Mientras el mundo entero veía cómo la UE abandonaba algunas de sus leyes y principios fundantes, en los países vecinos de Siria -principalmente Turquía y Líbano- más de cinco millones de refugiados sirios se apiñaban en campamentos y perdían su última esperanza de conseguir, en algún momento, una vida mejor.

 

Por otro lado, el discurso de ataques limitados choca con los objetivos a largo plazo declarados recientemente por las potencias occidentales. Esta semana el presidente francés, Emmanuel Macron, aseguró en una entrevista que había convencido a Trump de quedarse “a largo plazo en Siria”, una afirmación que fue confirmada más tarde por la embajadora estadounidense ante la ONU, Nikki Haley, quien prometió que su país se quedará hasta que se cumplan “los objetivos”.

 

La pregunta que surge entonces es: ¿cuáles son los objetivos de Estados Unidos, Francia y Reino Unido en Siria? ¿Derrotar al Estado Islámico, como declaran desde 2014, o garantizar que no haya más ataques químicos? Si es lo primero, la milicia está en clara retirada tanto en Siria como en Irak. Si es lo segundo, una serie de ataques limitados a sectores no vitales de las Fuerzas Armadas sirias no lo conseguirá.

 

Pero las contradicciones no son monopolio de las potencias occidentales.

 

Rusia, quizás la voz más indignada junto con Siria tras los ataques de este fin de semana, también tiene una preocupación humanitaria selectiva en este conflicto. En el pasado, misiones de investigadores internacionales -de la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas (OPAQ), la ONU y una independiente creada por el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas- comprobaron el uso de armas químicas en ataques contra civiles en Siria y en varios de esos casos todas las evidencias señalaban al Ejército. Sin embargo, Moscú utilizó su poder de veto en el Consejo de Seguridad para garantizar que ninguna condena en contra el gobierno de Al Assad en estos siete años de guerra se concrete en hechos reales, una protección muy parecida a la que Estados Unidos garantiza hace décadas a Israel y su ocupación de Palestina.

 

Bajo la protección de Rusia, el gobierno sirio no sólo dio el puntapié inicial a un conflicto interno en 2011 al reprimir masivamente las protestas opositoras que intentaban comenzar una Primavera Árabe en ese país, sino que desde entonces pelea una guerra, ya internacional, en la que todo opositor, aún los civiles, son objetivos militares. El Ejército no es el único en violar las leyes más básicas del derecho humanitario -milicias opositoras apoyadas directamente por países rivales como Turquía, Qatar o Arabia Saudita también han cometido un sinfín de crímenes de guerra- pero sin duda el Estado ha sido el actor dominante y el que estableció muchas de las reglas de este conflicto.

 

Con un Consejo de Seguridad paralizado desde hace más de siete años, el costo humano ha sido devastador en Siria. Según la ONU, más de la mitad de la población tuvo que huir de sus casas por miedo a los combates, al asedio del Ejército y sus aliados o a la violencia religiosa de milicias islamistas extremistas como el Estado Islámico. Más de 6,5 millones lograron cruzar las fronteras -la mayoría no pudo ir más allá de los países vecinos- y un número similar se tuvo que contentar con instalarse en campos de desplazados dentro del país.

 

Cada vez que el Ejército sirio y Rusia o Estados Unidos con sus aliados lanzan una ofensiva masiva para recuperar una ciudad o un pueblo tomado por el Estado Islámico u otra milicia opositora, lo que obtuvieron fueron cientos de miles de desplazados nuevos, un número incierto de muertos y escombros.

 

Tal es el nivel de impunidad en Siria y la falta de compromiso real de la comunidad internacional que la ONU declaró en 2014 que no tenía los medios ni las garantías para seguir contando los muertos. La última cifra oficial fue de 250.000, pero el Observatorio Sirio para los Derechos Humanos, una organización pro opositora con sede en Londres, estimó este año que las víctimas fatales ya superaron el medio millón.

 

Por eso, la indignación internacional de último momento en esta guerra no es más que una farsa. Estados Unidos, Rusia, Francia, Reino Unido, Irán, Turquía, Israel, todos bombardean Siria desde hace tiempo y todos con poco respeto a la vida de los civiles. Indistintamente de si el Ejército lanzó este último ataque químico contra una localidad controlada por una milicia islamista, como denuncia la oposición y está intentando investigar ahora la OPAQ, o si todo fue una mentira montada por Londres, Washington y los rebeldes para justificar un nuevo ataque de las potencias occidentales, como sostienen Damasco y Moscú, la pregunta que pocos se hacen es: ¿de qué sirve este tipo de ataques limitados y cuáles son sus objetivos reales?

 

¿Realmente alguien cree que Al Assad, un presidente que ha seguido el legado familiar y gobernado en base al miedo y la represión, va a dejar de utilizar alguna de sus herramientas militares por dos ataques en dos años que no dañaron ni por cerca su capacidad militar ni la de sus aliados?

 

Torcer la mano de Al Assad, y por transferencia la de Vladimir Putin, requiere de una amenaza militar mucho más contundente y la voluntad política de concretarla de ser necesario. Ni los líderes de Estados Unidos, Francia y Reino Unido tienen la intención de embarcarse realmente en otra guerra a largo plazo en Medio Oriente ni esta doctrina de intervención humanitaria -como se bautizó a esta nueva excusa imperialista- funcionó en el pasado.

 

Tras siete años de guerra ya no hay una solución justa, especialmente para los sirios.

 

Estados Unidos, Francia y Reino Unido se reivindican como protectores del pueblo sirio, pero no están dispuestos a comprometerse realmente con el desastre humanitario de esa guerra o a utilizar su capital político para avanzar en un proceso de paz. Lejos de reconocer que Rusia se erigió en los últimos años como la potencia externa con más influencia sobre el gobierno sirio y, por ende, sobre el conflicto en general, las tres potencias occidentales escalan día a día su enfrentamiento con Moscú, convirtiéndolo en un socio improbable en un diálogo multilateral.

 

Entre la farsa del intervencionismo humanitario limitado de los poderosos de Occidente y la farsa del anti imperialismo de Rusia, millones de sirios siguen atrapados en una guerra que ya no les pertenece.

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