“No me reconozco en el joven maduro presto a hacer las valijas del destierro y tampoco suscribiría nada de lo escrito por mí a la vez que no me arrepiento de ninguna línea”. Así prologa Blas Matamoro el rescate, a través de una nueva edición —publicada por Blatt & Ríos—, de Olimpo, que ostenta el triste privilegio de haber sido el primer libro que prohibió la dictadura militar que tomó el poder en la Argentina el 24 de marzo de 1976. Como advierten sus editores, “esta reedición no es un rescate, es un intento de reparación”. Vale entonces asomarse a ella en un contexto en el que, a medio siglo de aquel día infausto, vivimos una democracia que cruje en sus cimientos fundantes en los primeros años ochenta, y que se arriesga, quizás con cierta inconsciencia, a dar paso a formas autoritarias capaces de replicar el gesto de aquellos que prohibieron esta obra. Por lo que el rescate no es solo el de un libro arrojado a la hoguera, sino de la posibilidad de evitar un giro represivo hoy mismo.
Olimpo es un ensayo que realiza un ejercicio caro a la cultura política argentina, en la que el pasado y sus usos desempeñan un papel central. Su reedición repara aquello que la dictadura hizo: secuestrar y destruir una publicación de la que afortunadamente se habían alcanzado a distribuir algunos ejemplares. Pero a la vez, permite asomarse, a través del análisis de su autor, a un clima de ideas en torno a aquellos personajes históricos, pero también de la cultura de masas, que aparecían entonces como representativos de cierta “argentinidad”. Lo curioso es que, así como algunos de ellos quizás ya no despierten resonancias en los más jóvenes —Isabel Sarli, Rolando Rivas—, otros aún tienen la vigencia vetusta de las figuras históricas como Rosas, Perón, o son figuras mediáticas de gran popularidad: Susana Giménez y Mirtha Legrand.

La mirada de Matamoro es la de un intelectual marxista crítico del peronismo pero que no es “gorila” (para usar su propia expresión y, a la vez, uno de los conceptos que problematiza). Con este bagaje hace una aguda crítica de la “peronización de los sectores medios” y que, con el amargo beneficio de leerlo en este presente, tiene una gran lucidez. Porque si hoy es evidente el entramado del enfrentamiento entre Perón y la “juventud maravillosa”, desmontarlo y analizarlo contemporáneamente a los acontecimientos, en aquella atormentada década del setenta, era un gesto de valentía intelectual y física. Para Matamoro el viejo líder es un realpolitiker. Leamos: “merece la pena tenerlo en cuenta, para desbrozar la imagen del líder revolucionario que formaron acerca de él los ultraizquierdistas que aparecían (…) en el peronismo. Los jóvenes sofisticados que se ‘peronizaron’ en los años setenta eran herederos de los jóvenes que se habían ‘antiperonizado’ en la Universidad demoliberal de 1945. Entonces lo tomaron por Mussolini y lo combatieron. Ahora lo confundían con Mao Tse-Tung y lo apoyaban. En ambos casos, él era otra cosa y tenía razón ante sí mismo. El extravío era de los otros, y él lo empleó a su favor, hasta el 1° de mayo de 1974, en que el conflicto subió a la superficie”. Todavía hoy, acotamos. Decir que Perón echó a los montoneros de la plaza, o que estos se fueron, es toda una posición no solo política, sino analítica.
En todo caso, la lectura de Olimpo tiene esta dimensión insoslayable: no solo es un libro que fue prohibido y destruido, sino que genera una profunda melancolía, en tanto nosotros, lectores, habitamos —y según nuestra edad, construimos parcialmente — esta democracia hoy impugnada desde su propio corazón. Si algo vuelve cercano el texto, es la percepción de la profundidad de la derrota, no solamente la de los distintos proyectos revolucionarios, armados o no, sino de diferentes representaciones de país que desde aquellos años setenta se han ido deshilachando y que orientaron a generaciones de argentinos: el país del ascenso social, la anómala nación latinoamericana capaz de tener una clase media; una burguesía, tan poderosa en su peso simbólico como para obligar a abrir el exclusivo Olimpo de los próceres, el excluyente panteón nacional, a figuras de los medios de masas. La reedición de Matamoro refulge entre las ruinas del país que, aunque desgarrado, aparece tanto más vital en sus discusiones a través de las páginas que el propio autor, medio siglo después, se ocupa de relativizar. En ese desacuerdo con lo que escribió y a la vez, reafirmación del acto de hacerlo, hay también una energía potente, la de fuerzas sociales truncas que hoy solo una derecha alocada parece capaz de canalizar.
Como queda dicho, algunos personajes de los que menciona parecen guiños para entendidos, reconocibles por edad o por aquellos que transitan canales al estilo del viejo Volver. Símbolo de época, en ese Olimpo en el que conviven Yrigoyen y la Coca Sarli, la síntesis es, para el Matamoro de 1976, el programa de almuerzos de Mirtha Legrand, “esa suerte de banquete iniciático para ingresar en la secta de los olímpicos” en los que se reúnen “individuos igualmente notorios o poderosos o prestigiosos, que suelen desconocerse entre sí. Un diputado comparte la mesa con una bataclana; un dietólogo se codea con una modelo; una escritora, con un cura; un boxeador, con un cardiólogo; y si acude un almacenero será el presidente de la asociación respectiva, y si un obrero, el secretario general del gremio equis, que hace tiempo no trabaja (de obrero del gremio equis)”.
Al llegar a este párrafo, es inevitable detener la lectura y pensar en la permanencia de ese programa. Podríamos pensar en el recorrido de la Chiqui, a quien el paso de los años parecería haber sensibilizado frente a las penurias de sus compatriotas. En contraste, Susana Giménez, la Mary —objeto de análisis en el libro de Matamoro—, en ese mismo lapso se ha reafirmado en muchas de las ideas y prejuicios que cavaron zanjas de sangre en la sociedad argentina. No se trata de reivindicar a una u otra, sino de pensar, como con el Perón del 74, qué nos dicen estos procesos acerca del país que creemos que somos.
En aquellos años, en las propias palabras de la anfitriona, asombrada de que lo hubieran prohibido, el programa era prenda de unidad y símbolo de argentinidad “pensé que una mesa limpia, bien puesta, cálida, es también la imagen de la gente de un país. ¿Por qué atacarla?”. La propia Isabel Perón respaldó la reiniciación de los almuerzos. Un doble estándar que sigue hasta el presente, en el que la diva casi centenaria y sensible ocupa el lugar de tribuno de la plebe abandonado por periodistas y políticos. Una dulce decadencia, podríamos decir, no de Mirtha, sino de la Argentina. El adormecimiento del conflicto. En aquellos años en los que Matamoro escribió, la misma vicepresidenta que pugnaba por la reapertura de los almuerzos era parte de un gobierno que alimentaba la represión y organizaba la Triple A. Un gobierno que muerto Perón, impulsó la erección de un “Altar de la Patria”, jamás realizado, en el que por fin los argentinos sepultarían todas sus antinomias al hacer que todos sus muertos ilustres descansaran juntos.
Sabemos lo que pasó: el monumento de la reconciliación convivió con la matanza, y dio paso a la política de exterminio orquestada desde el Estado, a la negación del conflicto mediante el ocultamiento y el robo hasta del nombre de sus víctimas.
Esta reedición y rescate no lo es solo de una obra prohibida, iniciativa que de por sí hay que celebrar, sino sobre todo una invitación a la pregunta por dónde está la batalla ahora.
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Píxel / Redacción Zoom
