La eventual existencia de la oposición

¿Es cierto que la oposición tomó el control en Diputados, como anunció Clarín? ¿Fue una “dura derrota” de Kirchner, como tituló La Nación? Pero más aún: ¿existe la oposición?

Contra toda sensatez, se sostiene que el 70% de la ciudadanía votó contra el gobierno en junio, y que eso debe reflejarse automáticamente en Diputados. Se oculta perversamente que un porcentaje similar votó contra el justicialismo-pro y otro 70% contra las distintas variantes radicales y socialistas. Hay un sesgo demencial en esa opinión articulada por los medios concentrados con los opositores.

Eso por un lado.

El mundo está loco, suele decirse y debe ser cierto si se toma como medida el discurso delirante de Lilita Carrió, pero se debe decir en su favor que ella es emergente de una clase política local que viene dando muestras de desequilibrio desde mucho tiempo atrás, y también de una mentalidad media desde tiempo atrás enajenada, aunque no en términos psiquiátricos, de su propia realidad.

Ejemplos sobran: un carnicero como López Rega, un Massera que se imaginaba heredero de Perón; la Isabelita esotérica, un Alfonsín enfrentando discursivamente a la Sociedad Rural luego de haberle concedido lo que el sector pretendía, típica escena del doble discurso; un Cavallo llorando por los jubilados; un Menem creído –por el abuso de ese polvo blanco que enerva el hemisferio cerebral derecho– una especie de sultán periférico; un De la Rúa aburrido y flanqueado por negras siluetas policiales alquiladas por Ramiro Agulla, las mismas que luego saldrían a tirar al pichón en la avenida de Mayo, desde la sede del HSBC.

Todo eso es pasado en cierta medida, aunque algunas de sus huellas son indelebles y tardarán años de desaparecer, si es que desaparecen.

El estado actual de la locura

Antes que Rocky, Kirchner parece el Robert de Niro de Toro Salvaje, el Jack LaMota de Scorsese, jamás vencido, siempre adelante incluso huyendo frente a una oposición desarticulada que brilla más de lo que pesa.

Su figura corpulenta, desaliñada y algo torpe da para el trazo humorístico tinelizado, espejado con la descalificación de las carteras Vuitton de www.fumarpaco.com y también para el recurso fácil: hasta Feinmann opinó de él que estaba “loco”, ahora como frase amable, la surgida del corazón y la amistad.

Algunos han denominado “plebeyo” a su discurso, que sin grandes dotes oratorias, desde la simplicidad, convoca a ciertos olvidados sueños nacionales en una época en la que la militancia ha dejado paso a las consignas publicitarias y a las redes sociales, cuando no a los operadores, y la épica del Estado se ha privatizado en todas sus formas.

En esa frágil frontera entre la realidad, la parálisis y el delirio, el gobierno –en apariencia inmune al esmerilado político y a su aparente caída de popularidad– sigue avanzando desde una debilidad que parece fortalecerlo. Pero la política argentina, siempre huyendo del doble discurso, sigue requiriendo su cuota de locura, como la libra de carne de Shylock.

Una explicación napoleónica

En las fronteras entre lo real y lo delirante, un típico recurso teatral consiste en representar a un “loco” como si se creyera Napoleón, pero la condición necesaria es que el personaje sea bajito y ventrudo, ni corpulento, ni desaliñado ni torpe. El de presentar al enemigo como loco fue un hábil procedimiento del Foreign Office británico que perduró con el paso de los siglos. Es engañoso sostener que el emperador de los franceses estaba “loco” cuando para bien o para mal, durante su gestión se institucionalizó la Modernidad en Europa no solo en Francia sino en los países que lo execraron, y a su período se debe la organización civil, legal, jurídica, urbanística, educativa, de obras públicas, cultural y militar de los Estados.

Para el ex-bañero de Lomas, también Kirchner está “loco”, como Napoleón, aunque no tiene el phisique du rol del personaje original. Argentina vive la oportunidad de alguna locura luego de tanta “sensatez”. Y no es porque se hayan corrido o esfumado las fronteras de la “normalidad”, sino porque, como la civilización frente a la barbarie en la historia nacional, quizás sea sensato lo que parece loco, y loco lo que parece sensato.
En sus comentarios a “El Príncipe” de Nicolás Maquiavelo, el “loco” francés ha dejado para la posteridad un centenar de frases incorporadas al sentido común, a la literatura y a la política, que podrían alumbrar la primera semana caliente de diciembre, cuando la oposición soñó con dar un golpe de mano y adueñarse de la cámara de Diputados, esa módica Fronda de la módica clase dirigente argentina.

En una de sus ficciones, Borges recurre a él, especulando con la bala todavía no fundida que lo ha de matar. Lenin justificó su Nueva Política Económica que restauró la propiedad privada en la agricultura de la Unión Soviética en 1921 sosteniendo que era necesario retroceder dos pasos para avanzar uno. Suele decirse que se debe ir despacio cuando uno va deprisa. Menem puso en práctica aquella de que para gobernar hay que saber aprovecharse de los vicios de los hombres, no de sus virtudes. Solemos repetir que la victoria tiene cien padres y la derrota es huérfana para explicar un acto eleccionario, y los militares se dan valor mutuamente con eso de que un buen general no necesita órdenes sino suministros.

Perón fue un estudioso de las campañas napoleónicas por la influencia doctrinal prusiana que tenía entonces el ejército argentino, heredera de Clausevitz, y solía citar la estupidez de los generales austríacos (Davout, Melas, Ott) que fueron derrotados por Napoleón en el norte de Italia. En “Conducción Política” convierte esa situación en una enseñanza para los futuros líderes.

La oposición local funciona de la misma manera: son muchos los mariscales. Duhalde y Terragno han pactado, pero aunque Cobos, Buzzi, Sanz, Macri, Binner y Stolbizer aplaudieron, no se subirán a ese tren porque todos ambicionan conducir la nada.

En su “Historia Universal” en treinta y cinco volúmenes, Cesare Cantú hace decir a Napoleón que su táctica militar consistía en adormecer al enemigo con una mentira para que a la mañana siguiente se despertara víctima de la verdad. Ejemplo de ello –relata Cantú– fue la caída de Génova sitiada por el general Ott: mientras Austria celebraba la derrota de Massena, Napoleón cayó sobre el centro austríaco a cargo de Melas, destruyéndolo en Marengo. Pero esa misma batalla, gloria de la historia francesa, fue producto del azar. Considerada perdida por el propio Napoleón, una carga imprevista de la caballería al mando del general Desaix la convirtió en rotunda victoria militar y política.

Si nos conformamos con la somera explicación de contratapa, el Napoleón que novela Anthony Burgess en su “Sinfonía Napoleónica” es una especie de pequeño Prometeo cómico que padece halitosis. A pesar de esta imagen destituyente del mito nacional de Francia, de acordes beethovenianos, el autor describe con fina ironía las campañas en el norte de Italia, señalando que los triunfos de las armas francesas se producían siempre en “el reino del casi”: derrotas que de pronto el azar o el destino –siempre del lado de Bonaparte– convertía en victorias concluyentes. Se adormece al enemigo con una mentira para que a la mañana siguiente se despierte víctima de la verdad, dijo Napoleón, nombre afrancesado derivado del dialecto de Córcega: el imbatible León del Desierto, un imbatible Pingüino europeo.

De capitulaciones o treguas

¿Podrá el gobierno remontar el tropezón legislativo? ¿Ha sido esta una derrota estratégica, acaso el principio del fin de la era K? ¿Es cierto que la oposición tomó el control en Diputados, como anunció Clarín? ¿Fue una “dura derrota”, como tituló La Nación?

Pero más aún: ¿existe la oposición?

Un furibundo antikirchnerista como Edgar Mainhard, quien siguiendo la misma lógica de esmerilamiento discursivo que une a un Jorge Asís con una Elisa Carrió, suele trabajar de opositor a tiempo completo con la bendición del banquero menemista Raúl Moneta, es escéptico en cuanto al carácter del avance opositor y no por eso es menos duro con él.

En Urgente-24, bajo el sugestivo título “Cuidado periodistas: La prensa genera sensaciones que luego no puede sostener”, Mainhard, ex-columnista de Clarín durante los 90, sostiene que es exagerado afirmar que los Kirchner están acabados; que la opinión pública se ha tragado ese anzuelo; que será difícil explicarle luego por qué, a pesar de esa supuesta derrota total, ellos siguen en el poder.

Y que el grupo A –sigue Mainhard– peca de un pueril triunfalismo que los hechos terminarán por desmentir, refiriéndose a la curiosa hermenéutica legislativa de la intrigante Patricia Bullrich, quien dividió al recinto en dos equipos de fútbol: A, nosotros (es decir, ellos); y B, ellos (es decir, nosotros).

En su Canto 29, Dante escribe: Descendimos por la final orilla del largo puente, siempre a la izquierda; y entonces mi visión fue más viva hacia el fondo abajo, donde la ministra del alto Sire, la infalible justicia, castiga a los falsarios que aquí registra, empezando por “La Piba”.

En efecto, no será la primera vez que el espanto una más que el amor. Es cierto que poco tienen en común Victoria Donda y El Milico Aguad, pero tampoco lo tenían Chacho Álvarez y Fernando De la Rúa, salvo que uno crea, si “derecha” tuviera en Argentina un significado preciso, que los “progresistas” son gente de derecha con buenas intenciones. Como ya se ha dicho en esta página, Álvarez hizo un cuestionamiento moral de la banelco senatorial pero jamás criticó el sometimiento al FMI respecto de la ley de flexibilización laboral, ni tampoco su elección por Cavallo como una década antes lo hiciera De la Sota.

Como Tumini y Cevallos tampoco hicieron la autocrítica a su paso por Desarrollo Social, ni Alderete puede explicar fehacientemente cómo es tan funcional a los grupos económicos concentrados que dice combatir de la boca para afuera. Ni el cordobés y ahora democrático Oscar Aguad, su juvenil apego al general Menéndez. Ni Pino Solanas, su repentino amor por la derecha liberal a cambio de la presidencia de la comisión de Energía en la que no tendrá oportunidad de desplegar su programa político sino apenas seguir confundiendo política con un papel en “Los Hijos de Fierro”.
Los falsarios que tienen su lugar reservado en el décimo círculo del Infierno sostienen que los equívocos de la política argentina comenzaron cuando una marcha partidaria sentó sus reales “combatiendo al capital”. Pero se los debe ubicar más atrás en el tiempo, durante la corta vigencia del artiguismo, cuando sus enemigos lograron imponer que se tomara por civilización lo que era barbarie y como barbarie lo que era civilizatorio.

Kirchner hace de Caronte en esta etapa. Sabe que la oposición legislativa pudo montonerear en la elección de autoridades porque todo el escenario daba para el show, empezando por Pinky conduciendo las discusiones. Por una cosa o por otra, la política está bastante arrinconada en la visión de que es necesario apretar para conseguir algo a cambio, no importa cómo se aprieta, dónde, a qué costo ni tampoco lo que se consiga.

Un puñado de logros en la derrota

El oficialismo ha mantenido la presidencia de la Cámara, una vicepresidencia y la conducción de las principales comisiones: Asuntos Constitucionales, Presupuesto y Hacienda, Juicio Político y Peticiones, Poderes y Reglamento. La nueva realidad refleja los resultados de la elección de junio, a su vez consecuencia del torpe manejo de la Resolución 125 cuando hasta ese momento el gobierno había alentado o permanecido indiferente a la hegemonía sojera del sector y no contaba –ni cuenta en la actualidad– con un dispositivo político propio que resistiera el embate agropecuario.
Como el discurso opositor, también los reclamos industriales entran en el terreno de la exageración: ellos mismos esperan aumentos sustanciales en rubros como alimentación, obra pública y construcción, y saben que la Argentina no ha tenido la caída que sí se nota en el Centro del mundo.

La situación, como se sostiene aquí, “pone en evidencia el error cometido por el gobierno en sus mejores años, al tomar a los mayores grupos económicos transnacionalizados por la mítica burguesía nacional con la que todo peronista sueña”.
Y eso es lo que representa la oposición: algo que no existe, o en el mejor de los casos, una multitud de intereses ganados por la lógica impiadosa del mercado, donde sólo sobreviven los más fuertes. Creer en la conformación de un frente opositor cuyos términos de unidad se reduzcan a un odio compartido al kirchnerismo es otra muestra del grave estado psiquiátrico de la clase política.

Y en ese río picado navega Caronte.

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