La estación del miedo

"Cambiemos apuesta por una narrativa del miedo, corporizado en la figura del terrorismo, que enlaza gestos, hechos y decisiones en clave despolitizadora"

En tiempos de posverdad y de identidades con filtros, la lógica de interpelación electoral parece especializarse en el manejo de las expectativas. Ante el anuncio de aumentos en servicios básicos y su inevitable impacto en los precios, la alianza electoral Cambiemos apuesta por una narrativa del miedo, corporizado en la figura del terrorismo, que enlaza gestos, hechos y decisiones en clave despolitizadora.

 

En ese sentido, resulta notable el viraje hacia el discurso del miedo en vistas a las elecciones de octubre que no deja de endurecerse. Con la complicidad mediática -o el cogobierno- el miedo se postula como el ritmo para gobernar y ganar las elecciones. A partir de la instauración de un entorno de suspenso y suspicacia extrema, la exageración de las escenas de conflicto y las posibles situaciones críticas que podría padecer la sociedad se incrementan.

 

Por ello, la inclusión conceptual del “terrorismo” gana terreno en el cambio de discusión actual porque, más allá de las enunciaciones y las lógicas ligadas a la retórica, se evidencia el protagonismo de los “hechos” y las imágenes temerarias: las explosiones, los movimientos urgentes, disturbios, la fuerte presencia de las fuerzas policiales en lugares urbanos y la proliferación de supuestas mafias que confabulan contra la gobernabilidad diagramada por la alianza neoliberal Cambiemos.

«Resulta notable el viraje hacia el discurso del miedo en vistas a las elecciones de octubre que no deja de endurecerse»

En tanto, cobran dimensiones ciertos paisajes trágicos provocados por la propia gestión macrista, desde la situación locataria de la gobernadora María Eugenia Vidal -viviendo en una base militar desde que asumió- y la construcción consiguiente de “amenazas” y afrentas contra el presidente Mauricio Macri en sus actos públicos -contraídos por la ausencia de popularidad y el despliegue policial grandilocuente-.

 

El desglose de un discurso del miedo o del terror funciona a los efectos de una óptica mayor y superior que tiene una ligazón directa con el empeño militar activo y pro-activo de Estados Unidos. En ese universo de persecutas y creaciones de enemigos internos, externos, minúsculos y macro, la señalización de una actividad terrorista en cualquier sitio del territorio argentino convoca gestualidades, decisiones y estrategias políticas que se articulan, recaen y amplifican en los medios de comunicación.

 

Desde este plano, el miedo radicaliza la desconfianza y resalta la figura de un discurso de transparencia y honestidad que tiene la potestad de conducirnos sobre los mares del mal. Aun con la confirmación de la desaparición forzada de Santiago Maldonado y la consiguiente confirmación represiva y orquestada de las fuerzas policiales, el uso del poder de fuego necesita la luz de los medios para finalmente adoctrinar. Las cámaras acompañan y transitan el camino del avance policial. No son los ojos de los ciudadanos reprimidos, sino quienes construyen el camino de los verdugos y los supuestos combatientes de ese miedo que se busca perpetrar desde sectores que se encuentran en las antípodas del pensamiento neoliberal. Desde allí, la perspectiva es agresiva y se posiciona desde un lugar de ataque y de protección de un nosotros que mira la tele y consume las imágenes de los medios en redes sociales.

«El miedo radicaliza la desconfianza y resalta la figura de un discurso de transparencia y honestidad que tiene la potestad de conducirnos sobre los mares del mal»

Por tanto, las expectativas en torno a lo económico poco importan porque es el miedo a lo latente lo que prima. En función de ello, la estrategia se instaura a partir de un terrorismo construido por el discurso multimediático de la información y se forja según los lineamientos de un pensamiento neoliberal y occidental del conflicto.

 

Al mismo tiempo, las miradas de la sociedad civil se vuelven desconfiadas al interior de la convivencia. Por ejemplo, los padres desconfían de aquellos que se desempeñan en las áreas de la educación y los maestros desconfían de los directivos. En esa desconfianza el tejido social de la política se vuelve más imposible y la idea de amenaza bloquea las nociones de colectivización en pos de un universo cada vez más individual y endogámico.

 

En este conjunto de opciones que instauran la idea del miedo, el enlace tripartito de los ministerios de Seguridad y de Justicia y Derechos Humanos activa una actuación en tándem que es utilizada por el gobierno para deslegitimar, enfatizar u oscurecer, según las circunstancias. Dentro de esos objetivos, el kirchnerismo y el símbolo de Cristina Fernández de Kirchner se ubican como los únicos y convenientes culpables, tanto para la complicidad mediática como para los sectores políticos que, en su crítica laxa hacia el gobierno, contribuyen aún más con los desguaces instituidos por el mismísimo gobierno.

 

Asimismo, en este escenario la figura del “terrorismo” y del miedo se puede configurar como una variable única de agenda que, en rigor de una estrategia discursiva y mediática, conecta conflictos políticos, religiosos y coyunturales del mundo con otros más locales y tensos para el contexto eleccionario del país. El juego de la psicosis se abre como mapa único de intervención -mediatizada, construida y dirigible- y como soslayo para que Cambiemos derribe adversarios que los circundan y simpatice aún más con una conformación de enemigos que habilitan la continuidad de una política económica ligada al mercado y la restauración conservadora.

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