La esencia de la macana

Aguardientes.

Mentir miente cualquiera, por compulsión por obligación o por sacar ventaja.

Macanear es un arte, cuanto más libre más puro. Una pintura contra la tela de lo posible; una melodía locuela enredándose en los latidos suburbanos; un cuchillo de mesa arañando el mármol de lo inexorable para sacarle un perfil de estatua. Ese arte.

Macanea mejor aquel que tiene menos que perder, porque la macana no tiene propósito. Es un despropósito, no un “sin querer”, porque la macana quiere amando ese perfil de la realidad que es iluminado por el alma de los soñadores.

La macana no engaña. Como la seducción, muestra la carta de su influjo, insinúa su parte mendaz, no traiciona. No cuenta lo que no es para fabricar la emboscada, cuenta lo que no es con la prepotencia del que no se resigna a que no sea.

El macaneador, igual que el timador, amasa verdades para el horno, pero a diferencia de este, aquel lo hace sin pretensión dañina.

La macana es un desafío a la mediocridad del universo, y le corre ventaja a la fantasía, porque lejos de querer distraer, toca pito, hace barullo al divino botón y además, es económica, no demanda palacios ni alfombras persas, se las arregla con un cajero automático, una esclusa de vereda, la raída carpa de un circo viajero o una pelota de goma.

La noche mil que fabrica la macana hace cuentos de mil y un días para estar muy despiertos detrás de los párpados semicerrados.

Y esto que digo no es ni debe ser incierto, es la macana madre de todas las macanas.

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