La domesticidad del mal

El Presidente se enojó con los dirigentes de la colectividad judía porque mientras éstos en privado fungen de voceros de las presiones de Israel y Estados Unidos para que no se derribe la Historia Oficial que tiene como piedra basal la existencia de una Trafic-bomba (historia que les permite descargar retóricamente las culpas sobre Hezbolá e Irán despreocupándose de tener que probar su participación), en público se hacen los distraídos y le reclaman un esclarecimiento que desean tanto como una patada en los dientes: de haberlo, demostraría hasta qué punto han sido cómplices activos o pasivos -pero objetivos- de los asesinos, al mantener el encubrimiento piloteado por el ex juez Galeano, contra viento y marea hasta el naufragio final.

Kirchner se enojó por tanta hipocresía (ver, más abajo ¿Qué dijo Kirchner?) . Y no es para menos, porque dirigentes de «la cole» que secundaron al estafador Raúl Beraja en aquellas maniobras, pretenden ahora ser considerados víctimas inocentes e incluso apostrofarlo con el índice en ristre.

Para qué vamos a hablar de DAIA, la AMIA y los fariseos del acto central, que fingen demencia y aseguran que está archicomprobado que Irán impulsó los atentados a la embajada de Israel y la AMIA, por lo que seguidamente exigen que se rompa relaciones con Teherán. Aquella afirmación es rematadamente falsa. Para nada está probado que Irán haya instigado a cometer el ataque a la AMIA… ¡si ni siquiera se ha identificado a quienes lo cometieron materialmente! Las condenas a Irán son genéricas, retóricas, inconducentes. Carecen de mayor respaldo probatorio que las suposiciones del famoso «Testigo C», un ex jerarca de los servicios secretos iraníes… que desertó mucho antes de que se produjera el ataque a la AMIA.

El miércoles por la noche escuché con desazón y tristeza en El Tren, el programa de radio de Gerardo Yomal y Hugo Presman, el discurso de Diana Malamud, vocera habitual de Memoria Activa. Con profunda, abismal tristeza, porque las palabras de Diana fueron una acabada síntesis del modo más sofisticado y perfecto del encubrimiento. El gatopardismo que denuncia que se ocultan cosas, para disimular que el propio discurso echa tierra sobre lo esencial. Porque Diana inició su discurso diciendo, palabras más, palabras menos: «Tengo muy pocas certezas. Sólo que la AMIA fue volada por una Trafic y que su conductor se inmoló». Y agregó en una entrevista que le hizo Página/12 que creía (?) que el ataque fue perpetrado por «fundamentalistas».

Pues bien, lamento informarles que las tres cosas son falsas.

Ambos atentados fueron cometidos por expertos locales, contratados por allegados al entonces presidente Menem, y ejecutados por indicación de un poderoso primo de éste, nacido en Siria. Dios no tuvo nada que ver. Tampoco sus heterónimos Yavhé y Alá. Fueron ataques mafiosos planeados por una variedad de motivos. Por ejemplo, como venganza por la traición de Menem, que prometió festejar su triunfo en Siria y lo hizo en Israel; que le prometió darle a Damasco asistencia en materia nuclear y no cumplió; que también le prometió a Irak (a Irak, no a Siria, como dijo Malamud) terminar la construcción del misil Cóndor II y en verdad lo desmanteló y entregó las piezas vitales a los norteamericanos.

Pero su objetivo principal, como explico en mi reciente libro Narcos, banqueros & criminales, fue forzar la devolución de centenares de millones de dólares. Dineros «mexicaneados» por la CIA y el Mossad a Pablo Escobar; por Carlos Menem a Monzer al Kassar; y por los banqueros judíos de Panamá y Buenos Aires a ambos socios y a la Cosa Nostra siciliana. Para entrar de lleno en el capítulo local: parte de ese dinero se esfumó cuando el juez Baltasar Garzón desbarató la triangulación de cocaína y valijas llenas de dólares-billete hecha por agentes de los gobiernos de Argentina y Siria (como Amira Yoma y su marido de conveniencias, Ibrahim al Ibrahim) y una banda de cubano-panameños vinculados a la CIA con larga experiencia en el lavado de narcodólares.

Los expertos locales, uniformados, aprovecharon que ambos edificios estaban en refacciones para colarles adentro ingenios explosivos y volarlos con sendas «implosiones» (en el caso de la AMIA, ayudándose con un volquete depositado frente a la puerta del edificio, que produjo una segunda explosión). Los mismos asesinos dejaron en ambos ataques dispuesta la coartada de las camionetas-bomba, a la que se aferraron enseguida, en el primer ataque, el propio embajador israelí, y en el segundo, el general «rescatista» Zeev Livne, quien anunció la inminencia de que se hallarían en la AMIA no sólo los restos de la supuesta camioneta-bomba, sino incluso del supuesto chofer-suicida… Un bolazo más grande que el Monumental, ya que lo único que «se supone» se encontró (se demostró judicialmente que el acta de hallazgo es tan falsa como un «diamante» de vidrio) fue un pequeño pedazo de motor (que bien pudo haber sido transportado a mano), sin que hubiera rastros de la fantasmal camioneta y, menos, del espectro que, dicen, la habría manejado.

El Mal estaba y está más adentro que afuera

El encubrimiento es producto de un acuerdo entre quienes pusieron las bombas y caraduras que las van de víctimas y no tienen empacho en ciscarse en los muertos. Es producto de un acuerdo Estados Unidos-Israel y CIA-FBI-Mossad, acuerdo al que, por cierto, se sumó la Argentina en tiempos de Menem, ya que aparecían involucrados en el ataque tanto miembros y allegados a la Policía Federal como al propio Presidente. La persistencia a través de sucesivos gobiernos al frente de la parte operativa de la SIDE del encubridor más sofisticado, el ingeniero electrónico Antonio «Jaime» Stiusso, es muestra evidente de que aquél pacto no se ha roto. Como de que integre el gobierno como ministro de Justicia Alberto Iribarne, que secundó en el Ministerio del Interior a encubridores tan conspicuos como Ruckauf y Corach. Por si hubiera alguna duda, «jueces de la servilleta» como Canicoba Corral y Bonadío sucedieron al exonerado Galeano con la supuesta misión de continuar sus «investigaciones» e investigar sus maniobras de encubrimiento, respectivamente.

Pero esto, con ser importante, es secundario frente al hecho de que ni Israel, ni la DAIA, ni los «Familiares» ni Memoria Activa, luchan verdaderamente para que los ataques se esclarezcan. Lo que diferencia a Memoria Activa de los demás es que quiere que los principales factotums del encubrimiento, como Menem y Corach, sean castigados.

En este contexto, se comprende por qué el Kirchner se cabrea con los dirigentes de «la cole». El Presidente está decidido a llevarse bien con el judaísmo cosmopolita, y prueba de ello es el nombramiento en Nueva York de un cónsul de lujo como Héctor Timerman. Pero se enoja porque le piden que sea hipócrita, y eso no es lo suyo. Escucha cómo los fariseos le reclaman airadamente que esclarezca lo que no quieren que se esclarezca y le sube la presión. Se cabrea porque aquellos sirven a quienes buscan forzar a la Argentina a romper relaciones con Irán y allanarse a otros pedidos del eje Washington-Jerusalén, como el de considerar y tratar como «terroristas» a los contrabandistas libaneses y palestinos de Ciudad del Este y la Triple Frontera con el ridículo pretexto de que cotizan una mensualidad para Hezbolá o Hamas. Tipos que sangran por la herida porque el gobierno desistió de firmar un convenio comercial marco entre el Mercosur e Israel en momentos en que Israel, después de invadir Gaza, prepara la invasión del Líbano.

¿Por qué le piden a él lo que no le piden a Israel y a los Estados Unidos?

Porque le quieren torcer el brazo.

Dentro de este contexto, escucho muchas voces cínicas. Y las cotejo con las voces del Presidente y de los ministros Alberto Fernández y Jorge Taina. Aunque Kircher habló con calentura al denunciar «el contubernio» entre la DAIA y Menem y les enrostró a aquellos su completa complicidad con las maniobras distractorias del exonerado juez Galeano, y sus ministros lo hicieron muy reposadamente. Las tres voces sonaron sensatas, esforzadas en no mentir (que una cosa es no poder decir toda la verdad, como explicó Fidel Castro en Córdoba que casi siempre sucede, y otra, muy distinta, soltar aviesos bolazos a troche y moche) y mantener un diálogo civilizado con la magmática «opinión pública».

Insisto. Escucho al Presidente decir que espera que haya autocrítica y señalamiento de responsabilidades dentro de «la cole» y me parece lógico. Sus dirigentes mantuvieron en funciones al delincuente Galeano, contra viento y marea y durante muchos años, a sabiendas de que Galeano, lejos de investigar, estaba destruyendo pruebas y fabricando supuestas evidencias tal como le «sugerían» que hiciera Menem, Ruckauk, Corach, la SIDE, la Policía Federal… e Israel, la DAIA y hasta la AMIA a través de Avirán y Beraja. Así, su enojo está plenamente justificado.

Claro que el responsable último de que no se avance en las investigaciones es el Estado. Es decir, él, que mal que le pese a Beatriz Sarlo, es el rostro del Estado. Y llegó la hora de demostrar que la Argentina es un país verdaderamente soberano.

Mientras el Presidente y sus ministros se dirigieron al pueblo con respeto, sin dar golpes bajos ni fabricar «culpables», algunos periodistas hacen que uno se muerda los labios. Nos toman por tontos. Para dar un ejemplo: uno, muy conocido, dijo el miércoles pasado por TV, mirando muy serio a la cámara que «Antes de fin de año se podría concretar la extradición de los iraníes» (sic) acusados… lo que sería milagro, puesto que Interpol ya señaló que el pedido de libramiento de órdenes de detención internacional para ellos (varios de los cuales jamás pisaron Buenos Aires) carece de fundamentos.

Claro, si se le echara al periodista en cara que dice bobadas, respondería que él no ha seguido en detalle el caso AMIA. Como si no ser especialista en algo extendiera patente de corso para decir cualquier paparruchada.

No son detalles. Se trata de no se quiere ver lo evidente. De que se habla al pepe para difundir bulos que encima se pretenden verdades reveladas, cuando, miradas de cerca, no resisten el menor análisis.

¡Qué fácil que es echar culpas! Sobre todo sobre quienes hace rato que murieron y no pueden contradecirnos. Como ese libanés, Imad Mugniyé, que dirigió la voladura del cuartel de los Marines en Beirut… y que quizá lleve más de dos décadas muerto. O el vero Berrode Galeano y Nisman.

Lástima que por entonces Osama Bin Laden no era conocido… De otro modo le hubieran echado la culpa. Sólo falta que aparezca Batman.

Las Historias Oficiales I y II son falsas. Pero a nuestros peculiares paladines parece importarles un rábano.

«Perseguimos justicia», mienten.

«Miente, miente que algo quedara», decía cínicamente Joseph Goebbels.

Para probarlo, ahí está el fantasma de la Trafic-bomba que nadie ** vio. Y, encima, ahora Clarín dice que hubo cuatro en danza…

Buenos Aires es un agujero negro en el Cosmos. El único sitio donde no quedan restos negros, retorcidos y humeantes pero fácilmente reconocibles de los coches-bomba. Donde las Trafics se evaporan. Donde se siembran pilotes para no reconocer que el mal, las bombas, estuvieron adentro.

Y que se les abrió la puerta.

* Procedente de la Juventud Peronista de los ’70 y conocido periodista de investigación, El Pájaro Salinas fue contratado por la propia AMIA para investigar el atentado a su sede, y ha escrito, entre otros, dos libros que se refieren a estos atentados, AMIA, El Atentado. Quienes son los autores y por qué no están presos (Planeta, 1997) y Narcos, banqueros & criminales. Armas, drogas y política a partir del Irangate (Punto de Encuentro, 2006).

** La enfermera que dijo haber visto una Trafic mintió alevosamente: describió una camioneta beige (no blanca) con volante a la derecha. Su hermana, que la acompañaba, dijo no haber visto nada. Por fin, en el proceso oral, la enfermera admitió que se presentó a declarar impulsada por una compañera, esposa de uno de los jefes de los bomberos de la PFA

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