“La derecha está a la vanguardia”

Por encargo de la revista Acción, Daniel Freidemberg entrevistó a cuatro de los impulsores de la Carta Abierta que lleva reunidas firmas de un millar y medio de argentinos vinculados a la actividad cultural. Aquí publicamos, gracias a su generosidad, una versión más extensa del reportaje gracias a las posibilidades que brinda el medio electrónico.

—A poco más de un mes de la aparición de la Carta, ¿qué efectos consideran que tuvo?

—Nicolás Casullo: Yo creo que tuvo una recepción muy buena. La intención de la Carta fue alertar acerca de una situación, podríamos decir, como lo expresa la carta, de un cierto corte destituyente. Fue alertar acerca de una batalla político ideológica cultural que hay que dar porque, efectivamente, en ese plano se están decidiendo cosas muy importantes en cuanto a lo que podríamos llamar la constitución de nuevos sujetos sociales y políticos. Y una denuncia del papel de los medios en esta nueva circunstancia –casi una nueva circunstancia civilizatoria, te diría, porque no es solamente de la Argentina–, y entonces la Carta salió planteando estas tres variables y agregándole un cuarto elemento de crítica al gobierno. A través del cual buscábamos un perfil autónomo, y criticábamos al gobierno en su flaca, limitada e incapacitada forma de salir a pelear en determinados planos, así como ha sabido salir a pelear bien en otros planos ¿no? Y bueno, fue causando una suerte de adhesión que no teníamos previsto nosotros, y ha servido para movilizar un campo cultural que estaba bastante desorientado, apagado o con intención de acercarse a la política pero que no encontraba un medio adecuado.

—Juano Villafañe: Tal como yo viví este reencuentro con la política, me parece que este nuevo encuentro con la política del sector cultural vino justamente vino a revitalizar la función intelectual, la función crítica. Hay aquí un amplio sector de la cultura que proviene de distintas configuraciones históricas de nuestra intelectualidad, y que hoy está mayormente identificado con posiciones independientes, y también gente identificada con sectores de la izquierda, de centro izquierda, del progresismo, del nacionalismo popular, si bien fundamentalmente me parece que predominan los independientes. O sea: se logró recolocar el hecho político en el núcleo de la vida cultural, con mucha calidad, y a la vez impactar en el conjunto de la sociedad. Creo que esta condición de amplitud y de independencia crítica permitió reunir a todo un núcleo de la vida cultural argentina, con la posibilidad incluso de articularse con otros sectores vinculados al hacer político, sindical, social, que me parecen valiosos.

—Jorge Testero: Creo que hay algo importante además. Porque esto, que fue la iniciativa de un grupo, de gente vinculada a la tarea intelectual, al trabajo cultural, se fue constituyendo en un espacio nuevo, y ese fue también un fenómeno. Es decir: se ha ido autoconstituyendo un espacio que se autoconvocó a partir del texto, y que hoy está superando ampliamente las fronteras de los espacios de trabajadores de la cultura, o intelectuales o universitarios, que los hay, y muchos. Hemos notado que hay adhesiones, búsquedas, demandas, que provienen de espacios no directamente vinculados a este quehacer. Y eso, a mi juicio, evidencia una carencia en el espacio público político de la Argentina de hoy, donde un montón de gente valiosa, que piensa el país –que, diríamos, como se dice, “le duele el país”–, no tiene un lugar de expresión colectivo que la contenga y que está buscándolo. Eso me parece auspicioso.

Y por otro lado, también disparó un debate entre los propios intelectuales que motivó otras cartas, y eso me parece también muy auspicioso y muy importante. Diríamos, que en este nivel de producción se instale un debate –qué tipo de Argentina queremos, cuál es el balance que hacemos en el Bicentenario, para dónde queremos que este proceso continúe o derive– es, me parece, auspicioso. Es algo de lo que los que hoy estamos trabajando con esto nos sentimos muy satisfechos.

—Horacio González: Hay una discusión actual en la Argentina sobre el Golpe de Estado, que evoca los momentos más dificultosos de la historia del país. La discusión es extraña porque en general los golpes se han dado sin tanta discusión: cuando hubo golpe, se puede decir que no había discusión, y si hay mucha discusión es probable que ya haya un Golpe. ¿Por qué se dio esta discusión con la palabra “golpe” que nuestro documento vino a interceptar y, si se quiere a poner en un estadio de discusión más interesante, con la palabra “destituyente”? Es porque, efectivamente, se vive en una atmósfera de incerteza y con un estilo político de la oposición que es un estilo novedoso.

Si fuera la manifestación de una oposición no habría efectivamente ningún problema, ni siquiera un acto de 200.000 personas en Rosario puede ser visto como un acto golpista: simplemente habría que considerarlo como parte de la tarea y la forma de expresión natural de una oposición. Lo mismo en el caso del Gobierno, al cual nuestro documento le hace diversas críticas. Es natural también hacer críticas a los gobiernos. Y aún considerando que este es un gobierno que ha realizado algunos hechos y ha definido algunas situaciones de gran importancia en la Argentina, también comete errores o deficiencias que es necesario remarcar. Nada de eso daría lugar a admitir el concepto de “golpe”, pero la percepción que muchos tienen, sobre todo en el Gobierno, es la de que hay alguna posibilidad de golpe. De modo que a veces las discusiones son bastantes graciosas y parecen estar situadas sobre un vacío: la oposición dice “no puede haber golpe”, y el gobierno dice “puede haber golpe”.

Bueno, de alguna manera había que señalar en esta situación una novedad muy importante. Es que hay un tipo de oposición en la Argentina, entremezclada con el estilo virulento de los medios de comunicación –el estilo de preguntas y repreguntas que tienen los medios, el modo en que se forjan personajes (sobre todo los personajes del costado de la ruta)–, cuyos actos y expresiones exceden la específica manifestación de una oposición en un sistema democrático. Y exceden el cuestionamiento a las acciones de las instituciones, y exceden la posibilidad de que se considere al país como un parlamento de ideas más allá de la institución parlamentaria. A eso estamos acostumbrados, y siempre aceptamos y festejamos que eso se diera así. Pero es que hay algo más en esta situación, que, en nuestro caso, lo llamamos “destituyente”, con una palabra que tuvo una carrera afortunada: de lo que se trata es de que es evidente que hay una elaboración simbólica masiva según la cual el gobierno no tiene legitimidad, según la cual el gobierno tiene algún grado de usurpación, lo que haría pensable que no corresponde su presencia como gobierno. O bien, que supone que las medidas que las autoridades toman, desacertadas o no, provienen de una raíz que tiene que ser cuestionada en términos absolutos, sin que interese que estas autoridades hayan sido convocadas a través de una elección, o que funcionan las instituciones democráticas de un modo aceptable, con las críticas normales que se puedan hacer.

El estado de anomalía que tiene la oposición en este caso, muchas veces no percibido la propia oposición –y, por supuesto, no tomado de ese modo por los miles y miles de manifestantes que la oposición congrega–, permite intuir que en el modo de procedimiento de la oposición hay un estado de percepción pública del gobierno para la cual es un gobierno que no tiene merecimientos para ser tal. Eso también hasta podría decirse que es parte de una oposición más o menos virulenta como es esta, pero no basta. El hecho es que estamos ante una nueva oposición –a la que se podría retratar como un mundo cultural complejísimo, lleno de tramas y definiciones nuevas–, que perfectamente puede ubicarse dentro de lo que llamaríamos “una nueva derecha”. Como ya se ha dicho, como lo han dicho muchas personas, como se está discutiendo actualmente en muchos foros de discusión de este tipo.

Esa nueva derecha en la Argentina, si se la mira en relación a acontecimientos latinoamericanos –los acontecimientos de Bolivia y también los de Venezuela–, de alguna manera excede lo que muchos políticos argentinos, y muchos políticos de la oposición también señalan… O incluso políticos del Gobierno, es el caso de una declaración de Felipe Solá que acabo de escuchar y que dice que estamos ante una confrontación natural que tiene un exceso ideológico y que hay que retirarlo. Bueno, ¿cómo sería retirar el exceso ideológico de esta confrontación? Evidentemente, lo que algunos políticos llaman “el exceso ideológico” es lo que hay que detectar e identificar. Y producir una gran movilización democrática de defensa, no específicamente del gobierno, aunque pueda incluirlo, si no de las instituciones públicas y democráticas. Y de un proyecto que hay que fortalecer, de transformación del país, en muchos campos en los que el gobierno también pudo haber estado ausente sin dejar de reconocer en los que sí estuvo presente. En ese sentido sí es adecuado, y hasta te diría original, producir textos que llamen la atención sobre esta situación porque, concebidos de este modo, los textos son creadores de conciencia crítica.

—Teniendo en cuenta la presencia de los medios de difusión masiva y su incidencia en la mayor parte de la población., ¿de qué modo puede un grupo de intelectuales contribuir a crear conciencia crítica, más allá del propio campo intelectual?

—Casullo: Yo creo que el documento sale, precisamente, a testimoniar. No a vencer en una batalla contra los medios de comunicación, ni podríamos pensar en la posibilidad inmediata de cambiar un rumbo en el sentido común que viene gestándose desde hace décadas ¿no? Es decir, estamos bajo una ideología de mercado neoliberal que constituye sujetos sociales en el marco de ciertos valores, ciertas conductas, objetivos, formas de vida, formas de interpretar las cosas, que son muy profundas y que ya se han asentado bastante a través, básicamente, de la sociedad mediática.

Desde esta perspectiva nosotros damos testimonio de dos cosas. En principio, dejar asentado que de esto se trata, en una nueva etapa del tardo capitalismo en donde la nueva derecha se ha dinamizado y pasa a vanguardizar batallas culturales, a diferencia de otras épocas donde estaba absolutamente claro que la vanguardia era una cultura de izquierda que pensaba la cultura y los rumbos de la historia. Entonces, salimos a plantear un testimonio de esa variable. Y segundo, salimos, y esto hay que decirlo claramente, a dar testimonio de una carencia del propio proyecto democrático popular. Una muy clara carencia del propio proyecto democrático popular en este plano. Una carencia que se da, yo creo, en no tener en consideración que, si perdés la batalla por la representación de las cosas, si perdés la batalla por los mundos simbólicos que te explican lo que es cotidianamente la cuestión, perdés la batalla. Sobre todo en democracia, donde no estás pensando en una vanguardia iluminada que impondría un destino histórico por ley del sistema, sino en una cosa tan fluida, tan amplia, tan etérea, tan de estados de ánimos, tan de situaciones existenciales, subjetivas y colectivas.

En ese sentido, la Carta podríamos decir que sale a hacer consciente ese enorme peligro. A lo que corresponde agregar que, como decía Horacio, en cuanto a hacer consciente la importancia que tiene hoy en el mundo una batalla cultural, ideológica, política, por las representaciones, hoy esa conciencia la tiene la derecha. La tienen los poderes, la tiene lo massmediático, la tiene la publicidad, la tienen los noticieros, la tienen los programas periodísticos. Es decir, la derecha tiene una altísima capacidad, pero no de hacer una nueva carta de intelectuales, porque en realidad los intelectuales de la derecha funcionan todos los días a través del locutor de la televisión, no hace falta que Botana firme ninguna carta. Digo, en todo caso, queda totalmente desfasado de lo que es en realidad la derecha actuando en términos culturales.

Entonces, la Carta sale con aspiraciones de que se tome conciencia, y esto también hay que decirlo, de algo que está retrasado en un proceso democrático popular: que es asumir que una nueva época –en términos de inclusión social, de justicia social, de redistribución de la renta, de afectar intereses económicos históricamente dominantes– implica esencialmente una batalla cultural a ganar. Y no en último término. O sea, dejar de pensar la cultura como las bellas artes, y plantearse que la cultura es exactamente lo que hoy es la política. Y desde esa perspectiva la Carta sale un poco a denunciar esta suerte de carencia, no de una Secretaría de Cultura ni nada por el estilo: hubo quienes entendieron eso y es un malentendido. Lo que hay acá es básicamente una interpelación al Gobierno, una interpelación al Gobierno tomando la idea de cultura como algo mucho más amplio, mucho más fuerte. Más te diría: es casi una interpelación al gobierno donde lo que hace la Secretaría de Cultura es lo que menos nos importa. Sabemos de sus limitaciones y sus variables; en cambio nosotros estamos planteando una cosa mucho más amplia, mucho más profunda, mucho más decisiva que compete a la conciencia del gobierno nacional.

—Villafañe: A mi me parece que esta idea del sentido común recolocado en el propio sector de la cultura generó un debate también al interior, y que se manifestó de alguna forma a través de otras dos cartas. No quiero ser petulante ni tener la pretensión de criticar para quedar mejor colocado solamente, pero creo honestamente que fue muy precaria la respuesta intelectual de las otras dos cartas. Me parece que, en ese sentido, es cierto que la derecha tiene un gran poder a través de una serie de mecanismos, pero cuando tuvo que responder desde un lugar crítico, intelectual, tuvo precariedad y fue muy binaria la opción que brindó un sector de la izquierda ante el problema. Yo creo que en ese sentido confrontamos desde el ámbito de la cultura, y nos recolocamos en un espacio tal que además empieza a considerarse, me parece a mí, muy importante: además del lugar que podemos ocupar en la política general, los desafíos que nos tocan a nosotros mismos en tanto representantes del sector cultural. Digo, pensar el país cultural, pensar la ciudad cultural, o sea pensar los gobiernos de la cultura, o sea también en todo caso pensar la política como una disputa por el poder. Lo que implica pensar también cómo circula: cómo circulan las imágenes, las metáforas, los símbolos hoy en una sociedad, qué administración tiene el tráfico de esos símbolos, de esas metáforas, en la ciudad. Esto, me parece, nos coloca ante nuevos desafíos. El hecho es que tenemos una gran deuda en tanto intelectuales con nosotros mismos, y esa deuda está en las políticas culturales.

—Testero: Creo que es cierto lo que dice Nicolás: es verdad que tuvimos una respuesta de los grupos de derecha a través de la Carta del Bicentenario, pero me parece que la repuesta del sistema, para decirlo así, provino de los medios, que son los grandes productores de ideología. Cuando un medio dice “los intelectuales K” para referirse a quienes firmamos la Carta, ¿a qué se debe? Porque no son ingenuos: los periodistas saben quiénes son los firmantes y saben que no todos ni la mayoría son intelectuales K. Pero esa calificación nos da un lugar en el sentido común y ya no se discute más. Esta es la gran ventaja que tienen los medios, y el mecanismo del sentido común: el encasillamiento automático implica que el que lee, el que escucha, el que mira a los medios audiovisuales ya dice “estos son oficialistas” y se terminó, no hay más vuelta que darle; no se discute nada, no se lee la Carta, no es necesario leerla porque “son oficialistas y todo sería una maniobra para defender al gobierno”.

—Se ha dicho que la aparición de este grupo, y en general la proliferación de debates que es fácil de advertir en los últimos meses, indicaría que asistimos a algo así como a un despertar de los intelectuales, o a un reavivamiento de su conciencia crítica…

—González: Sí, habría que ver de qué modo estaba ausente la vida intelectual en el período inmediatamente anterior. Se podría decir que nunca estuvo ausente, tiene ahora formas de explicitación a través de documentos, de escrituras y de una nueva visualización. Hubo, de los documentos que conozco, además de intervenciones personales, dos o tres documentos vinculados al rechazo de las posiciones del campo y del gobierno, presentándolas como una falsa alternativa, como las dos alas de un capitalismo renovado. En esa posición se pierde un poco el drama que vive la Argentina en relación a considerar que esta gran confrontación –que tiene una historia muy larga en la Argentina pero que así no se dio nunca, ni siquiera en la época de Perón–, es algo sobre lo que vale la pena opinar, y no sólo opinar sino tomar un partido claro y al mismo tiempo producir acciones en consonancia con ello.

En ese sentido, el debate intelectual afecta a las tradiciones de izquierda, a la tradición nacional popular, y en términos muy generales se puede decir que hubo un partido intelectual que rechazó la configuración del conflicto considerándolo parte de un mismo dilema sistémico, digamos –sería el mismo sistema capitalista para todos– y otro sector, que sería de la derecha, tomó claramente partido, un partido destituyente, digamos así: hay hoy en marcha un pensamiento que apunta a hacer legítimo apartar el actual Gobierno lo más rápido posible. Y este documento tiene la particularidad de que, sin ser oficialista, se mete en el interior, en los poros internos de esta confrontación, tratando de entenderla en términos de los que sería una nueva derecha. Que es una nueva derecha que habla a través de implícitos, a través de saberes tácitos, con enunciados oblicuos, con gestualidades renovadas, con promesas milenaristas, con un tipo de entrevistador que toma, precisamente, elementos de la tradición democrática de la entrevista. Como trabaja, por ejemplo, con la vida privada, más exactamente la vida cotidiana de los dirigentes al costado de la ruta. Como la entrevista que anoche hemos visto en un programa que debe ser muy visto: el tratamiento sentimental de la vida del dirigente rural adquiere proporciones absolutamente conservadoras.

Yo diría que la nueva derecha está en ese recorte del momento en que la televisión sabe cuándo un dirigente debe condolerse o llorar o pensarse sentimentalmente en su vida privada, en su vida familiar, en su madre. Ese tipo de elaboración de la televisión a través de una pregunta adecuada es lo que la derecha no había tenido hasta ahora en la Argentina. Es decir, un enlace sentimental con las figuras de la reivindicación social. Eso en general eran hechos que tenían que ver con la percepción de la vida cotidiana en los sectores del progresismo social, de las izquierdas sociales, de los grupos que en general buscaban una transformación radical de la sociedad. Ese es un elemento nuevo de las nuevas derechas, digamos: un nuevo plano sentimental donde de algún modo se construye un gran folletín social de índole conservador y al mismo tiempo apelando a ciertos temas de una “gauchesca” que a veces tuvo perfiles revolucionarios y que tiene, por supuesto también, una gran apelación a una comunidad nacional sin fisuras.

Y el otro tema de la vida intelectual, que no se declara así, aparece en los programas de la televisión a la noche, en casi todos, donde la forma en que se deja flotar la duda, la forma en que se coloca el interrogante, evidentemente va justamente al modo directo en que se afecta a los cimientos de sustentación de las instituciones públicas. Por ejemplo, en el caso de la doctora Carrió es evidente que el uso del vaticinio (es decir “va a pasar algo que no sé qué es”), es el punto máximo al que llegó el sistema discursivo de la derecha en la promoción del desánimo social y en la espera mesiánica de una transformación destitutiva. En ese sentido me parece que la nueva derecha no precisa ya apelar a los teóricos de derecha. No precisa más que de ciertos géneros de producir vacío que tiene la televisión, de ciertas formas retóricas sentimentaloides. Y en ese sentido me parece que hay que identificarlas. No como sabuesos y pesquisas que buscan un denuncismo torpe hacia un nuevo medio de expresión, sino colocarlos en términos de una mesa de discusión. Como en los documentos que se conoce y los que se están escribiendo perdura justamente el ánimo de la reflexión aguda y crítica, esto enlaza con los grandes movimientos sociales tradicionales vinculados a la transformación social. Los textos no están en el aire, pero si producen interés, producen lectura y producen lectores, y producen de algún modo una ciudadanía crítica, es porque recuerdan que las sociedades no pueden privarse de ellos. Las sociedades no pueden estar en manos de los locutores de la noche de los domingos.

—Tal como se plantean las cosas, parecería que, aunque el grupo se constituyó a partir de los sucesos que vive el país a partir de la rebelión de las entidades empresarias rurales, sus intenciones exceden esa circunstancia y apuntan a una actividad de más largo alcance…

—Casullo: Yo creo que en sí, el documento trata de expresar la conciencia de que se está en un momento, o en una encrucijada argentina, de reformulación epocal, podríamos decir, donde las informaciones –la propia Presidenta en Roma discutiendo el problema alimentario, el editorial de Clarín planteando los próximos diez o quince o veinte años que se vienen en cuanto a lo que va a ser la producción primaria frente al despertar de China y la India– hablan de que la Argentina se precipita hacia un proceso histórico que no estaba muy presente en las lecturas de lo que podríamos llamar el centro izquierda. En general el centro izquierda discutió y combatió permanentemente pensar una Argentina agro exportadora, quería más bien una Argentina sustituyendo importaciones, una Argentina industrializadora de liviano y pesado… Es decir, esto también evidentemente es todo un cambio de época muy fuerte. Desde esta perspectiva podríamos decir que el documento no apunta solamente a este lock out empresarial agrario sino que da cuenta de que se están constituyendo políticas y bloques políticos, socio políticos, que van a tener una determinada historia, que van a hacer una determinada historia, y en la dinámica que adquiere cada uno de estos bloques. Esto es muy importante, porque nosotros nos la pasamos recitando que del 40 al 46 se produce un nuevo bloque histórico por una dinámica, producto de un momento capitalista, de un momento desarrollista, de un momento de sustitución en donde los sujetos sociales aparecen y convergen, y en ese caso era el proletariado industrial metropolitano con una dinámica que explicaba la época. Y hoy estamos en otra circunstancia en donde hay que leer otra vez cuáles son los sectores dinámicos, a dónde se ubica el epicentro del capitalismo en la Argentina, cuáles son los sectores que implican inversión, desarrollo, cómo es la industria agro exportadora capitalista argentina. Es decir, todos datos que no dejan de ser nuevos y que, yo digo, el documento, de alguna manera, los hace presente como algo de mucho más largo alcance que la coyuntura.

Es decir, se entra en un proceso donde la Argentina es rediscutida en cuanto a quién la tiene que gobernar, qué instancias la van a gobernar, qué instancias van a tener hegemonía, qué instancias van a tener votos, qué instancias van a tener mayorías. Esto es, diría, los próximos veinte años, con medios de comunicación en su interior que definen cada vez de una manera más decisoria, porque son sociedades mediáticas, a tal punto que si no se reformula esta sociedad mediática en beneficio de lo democrático popular es muy difícil que esto pueda avanzar mucho, porque son poderes muy fuertes.

Eso por un lado, por el otro lado está el cariz del documento, y esto también hay que marcarlo: el documento nace al calor de una lectura de época, pero también el documento nace al calor de que considera que en esas circunstancias es propicio situarse en apoyo de un gobierno democrático popular. Entonces, también el grupo tiene que hacerse cargo de esa autonomía, de esa independencia, de esa identidad propia, de esa capacidad crítica no renunciable, sin desatender esta variable que implica decir “acá hay un gobierno democrático que necesita ser defendido, no por el simple hecho abstracto de una cuestión democrática si no por una serie de políticas que implementó y llevó adelante, con sus limitaciones, con sus contradicciones, con sus incapacidades”.

Esto también caracteriza la carta, y por eso hubo gente que no firmó la Carta porque precisamente no leía eso. Y esto es un tema nuestro a discutir permanentemente: cómo conservar una identidad, una autonomía y una capacidad crítica muy fuerte, y al mismo tiempo salir planteando que, por determinadas variables, este gobierno necesita ser defendido frente a la embestida de una derecha, podríamos decir, de ,alto alcance, y que aparece de manera renovada con capacidad de masa, con capacidad de ciudadanía. Yo digo, desde esta perspectiva, me da la sensación de que nosotros mismos estamos permanentemente discutiendo esta dualidad. Pero no la neguemos porque si no seríamos la constitución de un simple grupo testimonial que se abre a cualquier circunstancia y que evidentemente está a la espera, desde una especie de afuera, de ver quién gana: River o Boca. No es el caso de esta variable; y creo que lo que le da la peculiaridad, lo que la hace entrar en un debate, con asperezas muchas veces, lo que provoca la polémica, lo que provoca la discusión, es que tuvo una forma muy particular de haber entrado al ruedo. Y bueno, eso me parece que es una de las características.

—Villafañe: Es una batalla cultural, como decía Casullo y reforzaba Testero, que no se limita a lo tradicionalmente “cultural”. No es una batalla cultural desde lo artístico literario ¿no? Está clarísimo, aunque las metáforas funcionan y circulan. Este, justamente, es un capitalismo que se apoya en lo artístico ¿no? Es un capitalismo cultural, por ende hay que resolver este plus, esta diferencia, también a favor de un debate dentro de la cultura que, como dicen acá todos –Casullo insiste mucho en esto– vuelve interesantísimo el problema de los medios. Cómo los medios imponen, en la batalla cultural, sus propias condiciones. En ese sentido, creo que no es un problema sectorial el que se viene para largo plazo, y que la batalla cultural está a cargo de los intelectuales en tanto es una tarea que nos corresponde específicamente a nosotros, pero trasciende al conjunto de la sociedad.

—¿Hay próximas actividades previstas?

—González: Bueno, a mí me gusta definir al grupo como un conjunto de actos, que comienzan por ser actos de escritura e inmediatamente se fusionan en actos de reunión. Son formas de congregación que tienen una fuerte expresividad. En general, cuando hay reuniones y escritura, en la tradición partidaria clásica, se presupone que eso es para otra cosa, esa otra cosa es repartir el periódico en la vía pública o acrecentar las formas militantes tradicionales. Bueno, nada de esto me parece mal, todo eso lo hacen los partidos políticos, los núcleos políticos que actúan en los términos que llamo clásicos, que son absolutamente indispensables. Pero a esto que estamos haciendo –de algún modo lo hemos descubierto todos– no es necesario colocarle la inmediatez de una conducta política clásica en el terreno de la ciudad, de modo que haga visible al militante y que haga permanente un núcleo político, porque eso sería usurpar las funciones de partidos políticos, núcleos políticos directos. Lo que tiene este grupo como característica es que es la suma de los actos que produce cada vez que se reúne. Y las reuniones son fervorosas, son asamblearias, de fuertes intervenciones de personas de distintas tradiciones, de distintos lenguajes. De algún modo se lo puede caracterizar como una asamblea de lenguajes, y los escritos están destinados a intervenir en la vida cultural, sobre todo en la vida de los medios, difundirse entre periodistas, entre esos intelectuales que los consideran, los critican, e incluso se burlan de ellos –ya he leído artículos burlones sobre los trabajos que hicimos– y de alguna manera señalan que había algo que faltaba, que era la vida intelectual produciendo lo que es el elemento, el objeto, digamos, el instrumento básico que la caracteriza, que es la reflexión plasmada en escrito.

Lo que nuestro grupo hace es intervenir en este debate con las armas más genuinas de la reflexión de un grupo que considera la tradición de los grandes escritos que conmovieron a los lectores, que los convirtieron en ciudadanos, en militantes, y ese es un poco el secreto de su extraña permanencia a lo largo de cuatro o cinco reuniones con muchísimas personas que provienen de experiencias tan diversas.

—Casullo: están previstas dos jornadas, una dedicada al tema de esta gestación de un nuevo tipo de derecha político ideológica, y una jornada dedicada al tema de las comunicaciones y la Ley de Radiodifusión. Y también las próximas cartas van a ser sobre la Ley de Radiodifusión, que va a tener una rapidísima entrada, según sabemos, en el Congreso, y sobre esta constitución de la derecha. Serían dos temas que concentran en un principio el interés pero que son de largo alcance y que son de un debate que pensamos que tendría que hacerse conciente en las más anchas franjas de la ciudadanía. Estas son las tareas, después se sigue con estas reuniones de los sábados, de muchísima gente.

—Testero: Un detalle importante en cuanto se va construyendo en ese transcurso un sujeto político, como lo nombró Nicolás: hubo una demanda de otras organizaciones sociales importantes del país, digamos de CTERA y de otras –el movimiento cooperativo, los pequeños y medianos empresarios, grupos campesinos pobres también– que propusieron la firma de una especie de declaración que se está redactando. Eso fue también sometido a la reunión última y se aprobó que la Carta Abierta aparezca como sujeto firmante de esa declaración.

Para leer la Carta Abierta 1, 2 y 3, ingresá aquí.

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