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La danza de los verdugos

Una escena de infancia en Los Toldos abre la puerta a una trama oscura del siglo XX argentino: memoria familiar, violencia estatal y herencias que atraviesan generaciones. Por Ricardo Ragendorfer

A los 9 años, Patricia Bullrich era petisa, levemente chueca y con una cabellera ensortijada que dificultaba el esfuerzo de su abuela, doña “Toto” (Esther Lidia Pueyrredón Meyans), por peinarla. En esa época, su apodo era “Patus”. 

Transcurría un atardecer del verano de 1965 en el campo familiar “Granja Grande”, aledaño a la ciudad bonaerense de Los Toldos. Y estaban en la galería del casco con otra nieta de la anciana: Fabiana Cantilo Luro Pueyrredón, un año menor que su prima (ya adulta sería cantante de rock).   

Toto tenía sobre su falda una caja de cartón repleta de fotografías, algunas muy antiguas, y entretenía a las niñas con el relato de sus recuerdos.   

En eso, extrajo un retrato de su progenitor, Honorio Pueyrredón, quien fuera un reputado político radical durante la primera mitad del siglo XX. 

Entonces, le vino a la mente un episodio ocurrido casi siete lustros antes. Y su expresión se ensombreció.  

El primer signo del asunto fue una llamada telefónica. Del otro lado de la línea, la voz de un pariente solo dijo: 

—Se lo llevaron a tu padre…

Y tras una pausa, agregó: 

—Fue ese esbirro. Tú sabes a quién me refiero.

Con pocas palabras, Toto resumió lo sucedido ante Patus y Fabiana.

Pero, he aquí sus detalles completos.  

A primera hora del 16 de diciembre de 1932, una patota perteneciente a la Sección de Orden Político de la Policía de la Capital había allanado de mala manera el estudio jurídico de don Honorio. Y éste reconoció enseguida al civil que encabezaba el operativo, un individuo esmirriado de mirada turbia y cabello ralo a la gomina. Era el “esbirro” en cuestión. 

Su nombre: Leopoldo Lugones, como su papá, el escritor; pero le decían “Polo”. Y se le adjudicaba la invención de la picana para agilizar confesiones. El propio general José Félix Uriburu lo había puesto al frente de esa mazorca ni bien derrocó al presidente Hipólito Yrigoyen, dos años antes. Y su sucesor, el general Agustín Pedro Justo —elegido con fraude en los comicios de 1931— lo conservó en funciones. 

—¿Se nos va de viaje, don Honorio?— dijo con malicia, al ver una maleta abierta con ropa, algunos libros y papeles. 

El doctor Pueyrredón lo escrutó con desprecio. 

Cuando se lo llevaban, Lugones soltó una carcajada escalofriante.

Aquel día fue llevado a la Penitenciaría Nacional. Y semanas más tarde, al penal de Ushuaia. Cada noche sonaba en su cerebro la risa de su captor.

En los círculos de la elite porteña era un secreto a voces su condición de perverso polimorfo. Y que arrastraba un grave desliz: violar niños internados en un reformatorio que él administraba. Y que, en su infancia, su papá lo pilló sodomizando una gallina. Dicen que fue un momento muy difícil para el “poeta nacional” que había proclamado “la hora de la espada”. Su vástago retorcía el pescuezo del ave para optimizar aquella performance con sus convulsiones de muerte. Aquel ser no dejaba ningún detalle librado al azar.

Lo cierto es que, esta parte del relato, Toto se la sintetizó a sus nietas del siguiente modo: 

—Padre sabía que esa era una persona muy mala. 

Tal vez a Patus, al oír estas palabras, la figura espectral de Polo Lugones se le haya pegado en la conciencia como un chicle en la suela del zapato.

Bien vale reparar en este personaje. 

La letra con sangre entra

A punto de cumplir 32 años, Polo sentía una felicidad casi salvaje. 

Uriburu, atrincherado en su escritorio, lo escrutaba con beneplácito. Le había ofrecido la jefatura de la Sección de Orden Político de la Policía de la Capital. Esa designación incluía el grado de comisario inspector. 

Para alguien sin formación en el oficio policíaco y con prontuario por delitos sexuales, tal cargo era como tocar el cielo con las manos.  

—No lo voy a defraudar —insistía Polo, con un tono muy agudo. 

Era el mismo tono que se oía en sus arengas durante los actos de la Liga Patriótica, el grupo de ultraderecha al que pertenecía desde su adolescencia. 

Uriburu confiaba en él. Y sonrió.

—Tenemos mucho trabajo por delante –fue su frase al despedirlo. 

Sabía de lo que hablaba. Ya había instaurado el Estado de Sitio y la Ley Marcial. Así empezó una siniestra cosecha. Sus blancos preferidos: radicales yrigoyenistas, obreros comunistas, anarquistas, intelectuales y estudiantes de la Federación Universitaria Argentina (FUA). Cientos de inmigrantes fueron expulsados del país por la Ley de Residencia. Las cárceles se abarrotaban con presos políticos y hasta hubo parodias de juicios sumarísimos con ejecuciones. En ese contexto, Polo Lugones no fue una pieza menor.

A diferencia del modelo represivo aplicado a comienzos del siglo XX por el comisario Ramón L. Falcón y también en la denominada “Semana Trágica” —basado en la utilización intensiva de tropas policiales y hordas fascistas a los fines de sofocar protestas con embates homicidas contra los manifestantes—, él fue a todas luces —o, en este caso, sombras— un verdugo de laboratorio.

Ya se sabe de su fama como introductor del uso de la picana eléctrica sobre seres humanos, un adminículo hasta entonces únicamente aplicado al arreo de ganado. Una celebridad inmerecida, puesto que aquella innovación en realidad le pertenecía al comisario uruguayo Luis Pardeiro, quien en 1926 ya la había puesto en práctica con fines “investigativos”. Pero el mérito de Polo fue haber importado tal metodología a la Argentina. Y lo cierto es que, en lo suyo, además, puede ser tildado de “revisionista”, ya que —tras una paciente pesquisa histórica— ordenó reconstruir elementos de tortura quemados públicamente por disposición de la Asamblea del Año XIII. Con tales herramientas equipó una sala de interrogatorios en un sótano de la Penitenciaría Nacional, situada sobre la avenida Las Heras. Aquel fue su gabinete de trabajo. Y allí solía alternar la obtención de datos bajo tormento con trabajos de campo; o sea, allanamientos, persecuciones y cacerías callejeras.

El 27 de noviembre de 1933 su notoriedad en tales menesteres le valió una caricatura en la tapa del diario Crítica que lo mostraba como un monstruo bajo un título por demás elocuente: “El torturador Lugones”.

—¿Qué es un torturador, papi? —le preguntó entonces la pequeña “Piri” con los ojos clavados en ese dibujo. Su hija tenía apenas 8 años.

La mirada oblicua

Es posible que Piri se cruzara con Patricia Bullrich durante la década del ’70, ya que ambas militaban en Montoneros. De ser así, es probable que ninguna de las dos supiera quien es la otra. 

En julio 1975, “Cali” —así le decían a Patricia en la “Orga”— fue detenida por hacer una pintada. Y terminó en la cárcel de Villa Devoto. 

Allí era visitada con frecuencia por Toto. 

Las presas políticas que compartían el pabellón con su nieta la adoraban. Y hasta solían sentarse en semicírculo a su alrededor para oír sus relatos.

Dado el lugar en cuestión, a Toto le resultó inevitable contar la historia del encarcelamiento de su padre, y el rol de Polo Lugones en ello.  

A Cali, que le brillaban los ojos, quería saber más y más. Todo indica que ese tipo —vaya uno a saber por qué— seguía revoloteando en su conciencia. 

Quizás, ya en libertad a fines de agosto –gracias a una gestión de su padre, Alejandro Julián Bullrich–, ampliara su conocimiento sobre este sujeto.

Polo se había casado en 1923 con Carmen Aguirre, de apenas 15 años.  Era la hija del pianista y compositor Julián Aguirre, pionero del nacionalismo folklórico. Ella tuvo dos hijas con el inquisidor: “Babú” (bautizada Carmen como ella) y Piri (Susana). El matrimonio tuvo sus problemas; la personalidad psicopática del esposo y sus apetencias pedófilas resintieron la relación. De modo que el inicio de la “Década Infame” sorprendió a esa familia en medio de una crisis terminal. La pareja se separó poco después.

Sin embargo, había algo que a Polo lo desvelaba aún más: su padre tenía una amante. Sí; el hombre que se jactaba públicamente de ser el “esposo más fiel del país” solía citarse a hurtadillas con una estudiante casi adolescente en un “cotorro” de Retiro. 

Comenzaba la tercera década del siglo cuando ella, Emilia Cadelago,  abordó al poeta. de 54 años, en la Biblioteca del Maestro, donde habitualmente él escribía, sin otro propósito que pedirle un ejemplar de Lunario sentimental para su tesis en el Instituto del Profesorado. El flechazo fue inmediato. 

Prueba del carácter tortuoso de tal vínculo eran las epístolas que él solía enviarle. Una rezaba: “Mi amor en tu boca, el anhelo/ Mi amor en tu alma, el consuelo/ Mi amor sin el tuyo, la muerte”. Cabe destacar que Lugones había incurrido en la originalidad de suscribir el manuscrito con sangre y semen para así subrayar su pasión. Un romántico de pura cepa. 

Aquel detalle enfureció sobremanera a Polo, quien sintió un ramalazo de repulsión al obtener por sus fisgones policiales tal misiva.

¿Acaso el viejo Lugones llegó a percibir que su hijito le interceptaba la correspondencia?

La estocada final contra tal romance ocurrió al irrumpir Polo en el hogar de la familia Cadelago para amenazar a sus progenitores. Y a ella le dijo que si no abandonaba al papá la haría encerrar en un manicomio.

Lugones pasó seis años intentando recuperar sin éxito a su amada.

Su última aparición pública fue el 18 de febrero de 1937 en el velatorio de Horacio Quiroga. El autor de Historias de amor, locura y muerte se había suicidado con cianuro. Lugones se paró ante el féretro para acariciar la frente al finado, y decir: “Horacio, te suicidaste como una sirvienta”.

Fue notable que él se haya suicidado en una isla del Tigre exactamente el mismo día del año siguiente, ingiriendo nada menos que ¡cianuro!

Su hijo —indudable causante de ese desenlace— escribió mucho después al respecto: “Una tremenda realidad, compuesta de pena, soledad y angustia precipita al ser y lo despeña en la eternidad”. La frase forma parte del prólogo de la Selección de verso y prosa, de Leopoldo Lugones, publicada por editorial Huemul en 1971.

Polo Lugones se suicidó en noviembre de ese año. Primero quedó herido al dispararse en el cuello; luego, prendió una hornalla y murió asfixiado. 

Piri fue asesinada siete años después en la ESMA. Quizás entonces haya visto la mirada oblicua de su padre en los ojos de sus verdugos.

Tal vez, ahora, Patricia Bullrich también vea esa misma mirada oblicua, pero en sus propios ojos ante el espejo.

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