La crisis del pejotismo: luego de la victoria K en las elecciones de octubre, el duhaldismo se acerca a su final

Por Causa Popular.- Muy pocos le creyeron que se retiraría de la política. Menos aún el presidente Néstor Kirchner. Todos, sin embargo, estaban convencidos de que el ex presidente o, para ser más precisos, el ex senador elegido para ejercer la presidencia en forma interina, Eduardo Duhalde no se retiraría por su propia decisión, tal como intentó hacerle creer a la sociedad. Siempre se supo que era una cuestión de tiempo porque la madre de todas las batallas iba a producirse más temprano que tarde. Las elecciones legislativas de este año parecían un escenario no apto para la confrontación, pero en el más íntimo círculo de la presidencia se empezó a delinear la idea de que era el momento. Había que aprovechar la muy buena imagen del presidente y la primera dama para dar la estocada final. Cuando sólo faltan horas para que el 2006 asome, tanto Eduardo Duhalde como la “mafiosa” tropa bonaerense de los 40 municipios que controló por tantos años, son apenas la sombra de lo que en algún momento fueron. ¿El final del duhaldismo?

Néstor Kirchner, nunca fue el monigote de Eduardo Duhalde que algunos analistas presagiaron cuando analizaban su candidatura a las elecciones del 2003. Desde el primer día fue construyendo un poder propio, en forma pausada y segura, aunque no por ello sin contradicciones.

Primero se dedicó a revertir esa imagen presidencial que había terminado con Fernando De la Rúa, y debilitado la autoridad presidencial. Puede ser que haya sobreactuado en algunos casos para lograrlo, pero esta actitud no puede entenderse sin tener como referencia el final del sucesor de Carlos Menem.

Los pasos siguientes fueron repasados en numerosas oportunidades. El desplazamiento del jefe del ejército con el fin de desarticular al “partido militar”, un fuerte y renovado discurso a favor de los derechos humanos, la renovación de la corte suprema, la renegociación de la deuda externa, la reformulación de la relación con el FMI, las relaciones diplomáticas con los Estados Unidos que intentaban dejar atrás las “relaciones carnales” menemistas, la depuración de la Policía Federal, entre otras medidas.

Todos emblemas de la década del 90 que la misma sociedad había decidido dejar atrás con su voto, y confrontado en las calles en la rebelión popular del 19 y 20 de diciembre. El presidente supo leer con precisión la sensación térmica de la población y ganarse su simpatía.

Sin embargo, la popularidad de estas medidas no llegaban a convencer sobre la profundidad del cambio que proponía el kirchnerismo. Sus alfiles más cercanos, como el entonces subsecretario general de la Presidencia -hoy diputado- Carlos Kunkel, incluso declaraban públicamente que aún la madre de todas las batallas no se había librado.

La renovación institucional que el nuevo gobierno se había propuesto, despertaba sospechas de un importante lavado de cara, lejos aún de ser un cambio profundo. La alianza con el duhaldismo que llevó a Néstor Kirchner a la presidencia continuaba siendo lo viejo que se resistía a morir. La presencia de Roberto Lavagna en el gobierno, el mismo ministro de Economía de Duhalde, era una clara prueba de ello.

La estocada final

Cuando el acuerdo de cara a las elecciones legislativas entre Duhalde y Kirchner parecía un hecho, la estocada final se planeaba en secreto en la Casa Rosada. Cristina Fernández de Kirchner, fue el arma principal con la que el duhaldismo, y con él su líder, comenzaron a perder posiciones.

Sin buscarlo, Eduardo Duhalde cumplía con su promesa y comenzaba a retirarse de la política. En la actualidad sólo controla 7 municipios, y sus legisladores sin un mando claro, al menos quienes no pertenecen del todo al llamado “duhaldismo de paladar negro”, se pasan al kirchnerismo en cuanto pueden.

En el 2003, los diputados duhaldistas eran más de 45, hoy no llegan a los 30 escaños. Pero estos últimos están lejos de ser un bloque homogéneo.

El debate en torno al polémico proyecto de reforma del Consejo de la Magistratura mostró un bloque dividido entre los llamados “duros”, donde se encuentran impresentables como Carlos Ruckauf, y el ex titular de la SIDE Oscar Rodríguez, y los “dialoguistas”, cercanos al presidente del cuerpo Alberto Balestrini, entre los que forman parte quienes en algún momento pensaron en la posibilidad de que Chiche Duhalde no sea candidata: José María Díaz Bancalari, Graciela Camaño y Jorge Villaverde.

En la actualidad, salvo “Chiche” Duhalde -solitaria en el Senado-, los diputados duhaldistas se perfilan para seguir los pasos dados por los intendentes de la provincia de Buenos Aires que se pasaron a las filas del kirchnerismo antes de las elecciones legislativas.

Con estos dinosaurios del inhóspito conurbano bonaerense, en algunos casos con un siniestro pasado ligado a la Alianza Anticomunista Argentina (La triple A), que intentan reciclarse en las filas del kirchnerismo antes de las elecciones legislativas, comenzó el fin del liderazgo de Eduardo Duhalde, el caudillo bonaerense que había logrado construir una imagen de “Padrino” invencible y hombre dueño del poder desde las sombras.

¿El final del duhaldismo?. Esta pregunta sólo puede recibir una respuesta afirmativa si por duhaldismo se entiende el inquebrantable liderazgo de Eduardo Duhalde.

Sin embargo, si pensamos en las bases mismas que le permitió ser la representación viva de un guión de Francis Ford Copola, aún falta un largo camino por recorrer. Bajo el ala del kirchnerismo subsisten estructuras mafiosas trianguladas entre intendentes, comisarios y punteros, que lejos de estar en retirada sólo han bajado su perfil para adaptarse a las nuevas circunstancias.

Mientras estas estructuras pervivan, el duhaldismo, como forma de hacer política aún no ha desaparecido.

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