La clase obrera va al paraíso. Una metáfora política extraída del cine

Qué tipo de fronteras o murallas operarán con la suficiente efectividad simbólica como para permitirnos cierta astucia intuitiva de cara a la elección que se viene (y donde las fronteras de lo desconocido, a caballo de promesas libertarias como “eliminar el Banco Central”, no parecieran consolidarse). Un repaso a través de tres imágenes fundamentales de las últimas elecciones que marcaron los destinos del país.

Por Ignacio Adanero

Existe una vieja costumbre familiar (por cierto, en vías de extinción), basada en el ejercicio de revolver anticuarios, muebles o cajones; allí donde entre polvo se descubren fotos antiguas. Observar esas fotos permite rememorar en colectivo ciertos personajes, momentos o situaciones de la historia. Como tales, las fotos poseen limitaciones explicativas, pero su potencia radica en la captación de recortes que indefectiblemente son comparativos con el ahora. 

Detengámonos un instante y repliquemos aquella vieja costumbre en medio de la batería agobiante de internas y relatos pre-electorales. Probemos viajar a nuestro pasado reciente como argentinos y tomemos como referencia tres fotos viejas: la elección presidencial del año 2011 (victoria de Cristina Fernández por el 54 % de los votos); la elección del año 2015 (batacazo de Mauricio Macri contra Daniel Scioli) y la elección de 2019 (derrota precipitada de Juntos por el Cambio a manos del Frente de Todos). Concentremos arbitrariamente el interés en determinados recortes y vayamos con la ocurrencia a donde la memoria nos lleve, al igual que en la costumbre familiar. 

En la foto de 2011, se recordará que el nudo discursivo del peronismo kirchnerista se sintetizaba en la consigna: “Hay que profundizar el modelo”. Si bien esta tenía como destinataria a la sociedad toda, su foco se dirigía especialmente a sectores sociales que comenzaban a sumarse a las críticas de ciertos grupos opositores. La consigna contenía una clara interpelación al universo de los trabajadores y trabajadoras: si por un lado el kirchnerismo estaba reconociendo que ciertos indicadores económicos habían desmejorado su performance, por el otro ratificaba el rumbo (“el modelo”) adoptado desde hacía casi una década. Dar un paso atrás significaba un retroceso a las transformaciones sociales distributivas, inclusivas y de crecimiento que marcaban la pendiente; máxime ante una alternativa opositora como UNEN, que se mostraba precaria tanto en su armado político como en su coherencia ideológica. La foto del 2011 evidenciaba que el peronismo post mortem a Néstor Kirchner estaba por inaugurar un nuevo ciclo bajo Cristina Fernández, pero a diez años de la crisis 2001, no podían soslayarse los sólidos indicadores económicos.   

La foto de 2015 muestra cómo las imágenes de esperanza y promesa de futuro se habían mudado de vereda, aglutinándose bajo la égida consignataria del “Cambio”. En aquella foto podemos observar cómo la narrativa del naciente Cambiemos contenía apelaciones universalistas que aventajaron la rigidez ideológica del kirchnerperonismo de entonces: estandartes como la “década ganada” o la promesas de consolidar el proyecto con “fe” y “esperanza” (en palabras de Daniel Scioli), resultaban insuficientes para contrapesar una fuerza política montada en un aluvión de imágenes esperanzadoras como la “revolución de la alegría” o “cerrar la grieta” y “unir a los argentinos” (en palabras de Mauricio Macri). Los destinatarios de estas consignas, una vez más, eran todos, pero en especial aquellos para los cuales la instalación de la idea de “fin de ciclo” que se acentuó durante el bienio 2013-2015 constituyó una apuesta (donde operó el factor mediático) por definir una coyuntura plagada de imágenes distópicas u apocalípticas en la que una nueva victoria del peronismo podía implicar el “camino hacia Venezuela”. La idea de fin de ciclo, como señala De Gainza, jugó un rol preciso al colaborar con un ajuste de temporalidades y afectividades necesario para el avance estratégico de la derecha: si el 2011 se enmarcaba en cierto nivel de estabilidad macroeconómica para que trabajadores y trabajadoras continuaran apostando a lo que el kirchnerismo llamaba un “modelo”, el 2015 se plagaba de emotividades prestas al riesgo en una suerte de juego fundacional donde nadie podía quedarse fuera (¿quién puede oponerse a la “revolución de la alegría”, a la “nueva política” o a “la lluvia de inversiones”?). El imaginario de un fin de ciclo y su contracara la necesidad de “Cambio”, cumplieron un papel apaciguador no sólo para los históricos segmentos crispados con el peronismo, sino para aquellos segmentos sociales (trabajadores o sectores populares) que se plegaron a sumarse con menor temor o culpabilidad a la propuesta que encabezaba un empresario fundador de un espacio político donde sus principales figuras eran “de otra clase”.

La foto de 2019, sorpresivamente, halla a Cambiemos como Juntos por el Cambio imbuido de una retórica antagonista y defensiva, habiendo abandonado casi la totalidad de los elementos simbólicos que apelaban a una reconciliación prospera entre los argentinos. Tras el acuerdo con el FMI y el derrotero de indicadores socioeconómicos alarmantes, la apuesta discursiva polarizante basada en “defender la república” frente al retorno de la “amenaza populista”, no alcanzó para reconstruir un horizonte seductor entre la ingente cantidad de electores desencantados con un programa que había pasado desde la promesa de prosperidad en un segundo semestre, a una narrativa de la espera donde había que aguardar más de una generación para observar los frutos del crecimiento. El desencanto originado en la postergación e incumplimiento de las propuestas de 2015 (como la eliminación del impuesto a las ganancias, la baja de la inflación o la creación de empleo) no pudo ser suplido por una narrativa confusa que combinaba imaginarios poco atrayentes como el del emprendedorismo sin resultados o las consignas de índole republicana basadas en defender la libertad y la constitución. La foto de 2019 refleja la ausencia (por fuera de los discursos xenófobos, securitistas y punitivistas), de consignas o modulaciones interpelativas de la centroderecha hacia trabajadores o sectores populares. Esa carencia fue captada indefectiblemente por las distintas fracciones del peronismo, que al menos por su focalizada batalla en la reversión de indicadores económicos que multiplicaban demandas sociales (pymes cerradas, despidos y nuevos bolsones de desempleo, clubes de barrio afectados por los tarifazos, centrales gremiales que no adhirieron a una política de flexibilización laboral, …), dieron paso a la conformación del actual Frente de Todos mediante la instalación de consignas reparatorias.

Como se puede ver, en las tres fotos las clases trabajadoras y los sectores populares aparecen interpelados bajo afectividades distintas. Si auscultamos un poco, observaremos que en cada una de ellas se aparece una suerte de frontera, umbral o límite a derribar. Mientras que en la foto de 2011 las promesas electorales a la cabeza se anclaban en la plausibilidad de indicadores económicos que constataban mejorías y avances redistributivos a profundizar; en las promesas de 2015 las consignas a la cabeza proponían el vértigo de lo desconocido derribando el supuesto lastre de “70 años de peronismo” en pos de aperturas fundacionales: una especie de año cero al que ningún trabajador ofuscado podría negarse en un “fin de ciclo”. La foto de 2019 vuelve a mudar relativamente la posición de las barreras por atravesar, pues si bien el peronismo concentró sus ejes en consignas tales como desandar los pasos del ajuste y retomar vías inclusivas o reparatorias “para todos y todas”; el macrismo y sus anexos diagramaron una campaña con ribetes dramáticamente abismales: un retroceso del umbral de “país normal” era un retorno al tiempo oscuro del “populismo”; una narrativa para impeler al no-retroceso del tiempo. 

Es evidente que nos queda saber qué tipo de fronteras o murallas operarán con la suficiente efectividad simbólica como para permitirnos cierta astucia intuitiva de cara a la elección que se viene (y donde las fronteras de lo desconocido, a caballo de promesas libertarias como “eliminar el Banco Central”, no parecieran consolidarse). Una posible clave de lectura sería analizar las elecciones y sus consignas como trazos del desenvolvimiento de las luchas o contradicciones en una formación social dada. En términos althusserianos, sería pensar las formas específicas en que se perpetúa conflictivamente la dominación en el capitalismo contemporáneo a pesar de sus efectos materialmente desintegradores. Si “profundizar el modelo” fue la consigna que halló el último proyecto peronista para impeler a sus navegantes a que no se bajen del barco, la misma demuestra tanto las dificultades que tuvo el kirchnerismo por constituir su sujeto histórico como los límites o contradicciones a que se enfrentó un “modelo” anclado en la expansión del consumo. Si la experiencia macrista halló una profusa productividad política al punto tal que desdibujó las viejas caras de la derecha en consignas que revolvieron imaginarios de esperanza, encontró sus límites una vez sus elementos simbólicos (como el relato del ajuste sacrificial) entraron en litigio con la realidad social del 2019. El kirchnerismo, el movimiento obrero organizado y los sectores populares, terminaron hallando límites a su potencia articulatoria pese a todos sus esfuerzos contra-tendenciales a la era neoliberal. Cambiemos, pese a toda su productividad política de combinar slogans esperanzadores y reconciliatorios en el marco de una concepción reaccionaria y neo-colonialista del país (que alimentó ilusiones entre sectores populares), debió afrontar una intensa conflictividad política y movilizaciones múltiples, ante las cuales trastabilló en más de una oportunidad.  

Llegados a este punto, reposadas las fotos en sus respectivos muebles o anticuarios, estamos un tanto perplejos para intuir lo que puede venir, pues si Juntos por el Cambio oscila entre el resabio polarizador y antagonista vis a vis una pretensión dialoguista en manos de nuevos dirigentes; el Frente de Todos carece de monedas de cambio lo suficientemente instaladas como para convertirlas en consignas del momento (para trascender el “modelo” y convertirse en “proyecto”). De allí que cierta libertad imaginativa, al igual que en la costumbre familiar de revisar fotos, nos lleva por esos caminos de la memoria un tanto difíciles de explicar. Si las clases trabajadoras argentinas apostaron a la profundización del modelo pero el engranaje de las máquinas las colocó frente a la misma lógica inequitativa de siempre, si el viraje hacia promesas de optimismo o revoluciones de alegría terminó por demostrar que la insustancialidad discursiva es otro de los ropajes del neoliberalismo, o si la promesa reparatoria de una patria de todos y todas sólo significó recuperar precariamente las conquistas perdidas; ello trae a la memoria una lejana escena proveniente del cine,  donde un conjunto de trabajadores de una planta industrial, luego de haber pasado por los distintos estadios de movilización, huelga y pensar una nueva sociedad; finalizan un día en medio de la reconciliación entre Sindicado y Empresa, aceptando el trabajo a destajo con sus horas extras, y discutiendo nuevamente una mañana cuál será el destino de la clase obrera. Aquella mañana, pasadas las consignas que modulaban ambigüedades, ilusiones y frustraciones, los obreros comenzaron a compartir un sueño que se figuraban en las noches. Ese sueño constaba de derribar un muro tras el cual había un paraíso: “la clave es derribar el muro”, decían los viejos. La similitud entre aquella clase obrera y el desasosiego de los millones de trabajadores y trabajadoras que en Argentina se encuentran en la antesala de una nueva elección, nos obliga a retomar la pregunta que el director Elio Petri (1973) se hiciera en aquella particular película italiana La clase obrera va al paraíso: una vez derribados los muros, los trabajadores y las trabajadoras… ¿habitaremos algún paraíso?   

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