La banalidad del bien

La conferencia internacional sobre drogas y despenalización para consumo personal que se realizó la semana pasada en Buenos Aires es el punto de partida de esta reflexión acerca de la agenda pública, el discurso de la reacción y la industria de las drogas ilegales.

La otra tarde, antes de llegar a la esquina, noté un revoloteo poco usual y la calle cortada, patrulleros, vigilantes, curiosos, vecinos y noteros de televisión. Pregunté a un señor a qué se debía tanto despliegue, que incluía, dispuestos a lo largo de unos ochenta metros, tres camiones y cantidad de muchachos que cualquier día hablan por celular y te piden fuego cuando pasás apurado; muchachos amables, que asienten sin dejar de hablar cuando hacés el gesto de no tener fuego porque no fumás.

Pregunté, un señor me dijo que se trataba de una requisa, que había negros con droga en el departamento, que la policía estaba desde las nueve de la mañana. Eran las tres de la tarde. Los camiones eran de Migraciones, de la división Drogas Peligrosas y otro más, todo pintado de negro, que quizá hiciera las veces de jaula. En el departamento prendí la computadora pero no había nada más que el fútbol, el no de Reutemann a la invitación de la presidente, el no de Carrió a la invitación de la presidente, el no de la presidente a los reclamos del presidente colombiano y una serie de atrocidades en cadena: un niño encañonado por un punga en Mar del Plata, el descuartizado del aljibe, un asesino de dieciséis años en Barracas, los patovicas de Berisso, el crecimiento de la instalación de alarmas, la muerte de un perro preso, cuatrocientos kilos de efedrina aparecidos cuando se cumple un año del triple crimen, etcétera. Pero del operativo nada. El portero del edificio, que regaba el jardín, me cuenta que sí, que dos o tres africanos, droga, negros, sí, que tenían droga en el estómago, que la policía esperaba, después de una purga, que cagaran las bolsitas de tendrían en los intestinos, sí, en el departamento de la esquina, que encontraron armas, y bolsitas, negros, sí, africanos, este país, pssss… salí a comprar algo para comer. Eran las cinco de la tarde. Los movileros y los camarógrafos esperaban el momento que los negros, engayolados, subieran a la jaula y será la intuición, esa cosa que lo hace estar a uno ahí, ahí donde hay que estar, en el momento exacto, salen los negros, jóvenes, no llegan a los veinte, calculo, y atrás un gordo, el jefe sería, un argentino de pura cepa, de esos que putean al gobierno en voz alta, blanquito, mucho mantecol, gordo, se escuchó, y el gordo, seboso, levantó la mano, saludó, se cerraron las puertas, y los vigilantes, con los nextel y los celulares a todo dar, corrieron a los patrulleros, a los falcon sin chapa, a los camiones, a las cuatro por cuatro con vidrios polarizados de las que todo paranoico que se precie siempre desconfía: porque que uno sea paranoico no quiere decir que no lo sigan, decía un doctor francés cuyo nombre no puedo recordar. Así que toda la sarasa arrancó con las sirenas al rojo vivo y el sonido al máximo, las presas apresadas como los naturales del sur que los ingleses invitaban, en la prehistoria del país, tal cual monstruos de feria, para educar y conocer a reyes, duques, barones, príncipes, condes, condesas y meretrices de alcurnia dudosa. El espectáculo se terminó, señores, todos a casita que hace frío, y hay negros y droga y menos mal que al gobierno de Macri no le tiembla el pulso. El paco es para las villas, no para estos barrios llenos de turistas. ¿Y en la tele, a la noche? Nada. Pero nada de nada. El movilero se acercó con micrófono y camarita. Eructé bien fuerte. Eso era lo que yo quería escuchar a la noche. Pero no, nada. En la tele tampoco.

Pésimos días para la conferencia internacional sobre drogas y despenalización para consumo personal que inauguraron especialistas de la OPS (Organización Panamericana de la Salud), Aníbal Fernández, jefe de gabinete de ministros y Eugenio Raúl Zaffaroni, juez de la Corte Suprema y autoridad en la materia. El mismo día, casualidad de casualidades, un grupo que responde al extremista norteamericano Lyndon LaRouche (amigo de Luis Palau, el evangelista argentino que financió parte de la campaña del actual jefe de gobierno porteño), se filtró en el salón interrumpiendo la ponencia de Zaffaroni, que los ignoró hasta que se hartó y los hizo echar. El penalista asegura que la nueva ley, que actualiza un articulado bocetado en 1984 por otro Supremo, Enrique Petracchi, permitirá atacar al paco, una especie de industria a escala nacional, con alto impacto en la población joven, sobre cuyo cuidado tanto pontifica la curia local. Entretanto, Bergoglio y Aguer, es público y notorio, cultivan la amistad y aconsejan políticas a hombres probos como Macri, Santiago de Estrada, los directivos del diario La Nación y Jorge Telerman —y según cuentan fuentes de indubitable honestidad, susurran los oídos de Carlos S. Fayt, el único juez de la Corte que dudaría sobre la conveniencia de votar a favor de la despenalización.

Los llamados curas villeros son el rostro humano del arzobispado argentino. Encargados de lavar las culpas de las almas superiores.

Ese mismo día también, al Papa Ratzinger, acaso advertido por lenguas viperinas, se le ocurrió decir que la pobreza es un escándalo, y que los países de la región deberían considerar la cuestión. Escándalo es una palabra que los curas utilizan o han utilizado para hablar de fenómenos como la Anunciación o la virginidad de María.

El escándalo de la pobreza en América Latina es susceptible de otra interpretación, más indignada y menos celeste. Y mucho más si no se aclaran las cosas y se utilizan los dichos políticamente. El escándalo teológico también es político, porque el fundamento de la política, en Occidente, es teológico. Pero instrumentalizar la teología para titular a cuatro columnas demuestra la falta de ideas de una dirigencia opositora que para subrayar el altísimo índice de pobreza, a falta de alguna política efectiva, abarata un concepto que suponen pueda salvarlos e iluminarlos en asuntos presupuestarios, policiales o sanitarios, que de eso se trató en la conferencia sobre drogas.

La pobreza y las drogas ilegales, habrá que repetirlo, son una industria que moviliza millones de dólares: como nadie planteó que las cosas fueran fáciles, se simula interés, coartada perfecta para discutir la baja de las tarifas de luz y de gas, los monopolios televisivos del deporte, las retenciones a las plusvalías disparatadas que soportan a las mesas de enlace, la imputabilidad de jóvenes, menores e inmigrantes y el retorno de la inseguridad, amenazando bajo cuerda la autoridad presidencial. El giro de la reacción se completa con los sobretonos forzados sobre el Indec, la indiferencia hacia la situación en Honduras, el protocolo servil del que hubiera sido objeto Alvaro Uribe, las palabras admonitorias del ex senador Duhalde, los chistes de Mario Vargas Llosa, Cobos y De Narváez y el escandaloso silencio de la diputada electa Gabriela Michetti.

El empujón compasional es inseparable del poder de la opinión del común y de la opinión pública, de la cual la primera es un subproducto. Procede de la misma lógica mimética. La posición pietista de candidatos y dirigentes con chances a futuro, responde a las expectativas de semejanza: los electores darán su voto a quien se les parece. Aquel con derecho a dirigirlos deberá ser percibido como un igual. El sonsonete ya no es guío porque encarno la historia sino puedo gobernar porque soy como ustedes. Pura demagogia, legitimidad populista en el peor sentido del término. O vino viejo en odres nuevos.

Es lo que parece estar incubando en la Argentina.

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