Kirchner lo hizo

Ya está. Lo prefiguró la imaginación de Torcuato Di Tella hace unos años y Néstor Kirchner lo hizo realidad a pura voluntad. Dar una vuelta de campana al mapa político partidario de la Argentina y transformar el bipartidismo que marcó los últimos 60 años en dos espacios contrapuestos y complementarios en la escena democrática: centroizquierda y centroderecha. Puede ser que aun resten los formalismos propios de la compulsa electoral y la consolidación que brinda el tiempo pero, si bien se mira, los actos de Congreso y de Palermo podrían señalar el alumbramiento definitivo de ese nuevo mapa soñado por K hace menos de un lustro.

El desmembramiento que la UCR y el PJ evidenciaron en las presidenciales de 2003 dejaba la pelota picando. Tres listas peronistas (Menem, Rodríguez Saa, Kirchner) y dos devenidas del tronco radical (Carrió y López Murphy). Ese proceso, antecedido por la agonía del radicalismo, el surgimiento del Frepaso, el fracaso de la Alianza y la descomposición del peronismo, se prolongó tras la asunción del pingüino mayor en el poder.

Con estrategias y tácticas varias y a veces contradictorias, Kirchner lo hizo. Renegando del PJ y abrazando la transversalidad primero y más tarde la Concertación Plural. Asumiendo la presidencia pejotista, en una suerte de ataque preventivo, tras dejar el sillón de Rivadavia. Pero también eligiendo meses atrás como líder opositor a Macri y ninguneando a Carrió hasta obligarla a recostarse cada vez más a la derecha de su pantalla, señora, despejando así la cartelera nac&pop y progresista para su propio provecho.

Ya está. El resultado de la votación en el Senado será una anécdota. Importante pero efímera. Si el oficialismo triunfa, será por un pelo y le quedará gusto a poco. Si la oposición da el batacazo, el Gobierno sufrirá una derrota dura pero no será el fin ni mucho menos. Tampoco importa quién gatilló más veces el cuentaganado (justamente) en los dos actos del supermartes. El dato más relevante a tener en cuenta, según la modesta opinión de quien escribe estas líneas, está en la conformación manifiesta de un espacio de centroderecha dispuesto a confrontar por el poder para imponer el mismo modelo de país de siempre. Ahora, por la vía democrática, ganando la calle y los medios, y seguramente corporizándose política y electoralmente en el corto plazo. Las palabras de Buzzi ya las escuchamos. El triunfo PRO en las elecciones porteñas de 2007 constituye un hito insoslayable en este enfoque y habla no solo de la voluntad de ese espacio sino del acompañamiento de sectores medios y populares así como de la ineficacia de sus contendientes en la ocasión.

En este julio de 2008, se abre una nueva etapa, independiente de la decisión de los senadores y del destino de la 125. Cristina y el kirchnerismo deberán aprender a gobernar con oposición. Hasta ahora, no hubo más que la tibieza tilinga de Mauricio, los vaticinios mediáticos de la pitonisa del Apocalipsis y las zancadillas a la interna de la fuerza propia. Esto es muy otra cosa, algo desconocido para el Gobierno desde mayo de 2003: se ha constituído una opción de poder de cara a 2011. La migración peronista es prueba contundente de lo antedicho, respaldada por años de olfato agudo en salvaguarda del pellejo propio.

Ya está. El alerta del clima destituyente y las denuncias de golpismo (que bienvenidas y pertinentes fueron) deben dejar paso al entendimiento de que la derecha se ha decidido a pelear en nuestra propia cancha. Sería ingenuo esperar que lo haga con buenas artes y modales venecianos. Tan naif como seguir tirando mandobles en un ring donde el adversario ya no está. El viejo truco de correr el arco, como lo vienen haciendo históricamente, está en marcha una vez más. La pelea se corporiza en estos dos grandes y heterogéneos espacios de centroizquierda y centroderecha que Kirchner predijo, alentó y que quizá comienzan a cristalizarse fuera de tiempo, desfasados de sus proyecciones pretéritas.

Y por casa ¿cómo andamos?

Los ríos de tinta, éter y rayos catódicos que los medios masivos desgranarán sobre la emergencia del nuevo espacio de centroderecha, ese que hoy se atribuye la representación del federalismo y del interior descontento y que disfraza con pedidos de unidad nacional sus intenciones de dominación, nos eximen de acometer ese análisis y encararlo en otra oportunidad.

Más urgente resulta reflexionar acerca de la media naranja que nos compete. Cuando Néstor Kirchner dibujó el escenario que nos ocupa, la iniciativa política le pertenecía. Hoy, la derecha está a la vanguardia. Analizar qué ocurrió antes de tiempo o qué proceso se demoró sería un ejercicio de onanismo. Lo cierto es que la construcción del espacio de centroizquierda es materia pendiente y la definición de la política de alianzas que conlleva implicará repensar ciertas decisiones.

Una foto del acto del Congreso sirve de ayuda. Allí están, entre otros, Hugo Yasky, Martín Sabatella, Carlos Heller, Norberto Galasso, Ricardo Forster, Horacio Verbitsky, el presidente del Centro Cultural de la Cooperación, una señora con pañuelo blanco cuyo nombre ignoro. Esa imagen se parece más a la mixtura política y simbólica que prefiguró el kirchnerismo en sus albores (CTA, socialistas, derechos humanos, gente de la cultura, clase media) para potenciar la representatividad del grueso de los trabajadores y de un sector mayoritario del peronismo. Varios de esos actores que están en la foto y estuvieron en el acto no han sido precisamente beneficiados con las mieles del Gobierno, pero siguen apostando por subirle el techo y no bajarle el piso a la experiencia K. Por esa razón no resulta banal “por qué algunos prefieren estar adentro aun cuando coincidimos en las críticas, y nosotros preferimos estar afuera, aun cuando reconocemos sus avances” como firma el diputado nacional por el SI Carlos Raimundi en Página 12, tras sumar sus votos en la cámara baja a la oposición al proyecto oficial.

Para alegría de muchos y pesar de otros tantos, el personalismo del diputado monoposto Claudio Lozano, las huestes de Macaluse y algunos sectores del socialismo, deberán entrar en una agenda amplia de diálogo y acuerdos junto a los movimientos sociales no afines al Gobierno, si se pretende conformar realmente un espacio de centroizquierda con expectativas en 2009. En los términos pedestres del poroteo, remplazar los votos de los Reutemann, los Schiaretti y otros oportunistas obligará saludablemente a despojarse de viejas cuitas entre compañeros hoy distantes y poner manos a la obra. Quizá, con mucho viento a favor, hasta alcance para deshacerse de algunas rémoras que hoy mantienen su lealtad pero flaco favor hacen a la gestión oficial y a una política distinta.

La más incómoda de las noticias es que todos estos ensayos pudieron hacerse en la cresta de la ola y no con el agua a cuello. Ayer se pudo apostar por el camino difícil con las espaldas anchas, aun a riesgo de perder. Hoy, aquel camino difícil parece la única vía posible para encontrar una salida superadora que permita fortalecer una alternativa que represente a los trabajadores, a los humildes, a los desposeídos y también a una clase media solidaria, para confrontar con herramientas renovadas en el nuevo escenario político sincerado tras la guerra de la soja.

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