En el corazón del peronismo bonaerense, una pulseada estratégica entre Axel Kicillof y Cristina Fernández de Kirchner (CFK) está re definiendo los límites del peronismo. Lo que apareció como un desacuerdo técnico sobre el calendario electoral —las PASO y el desdoblamiento de comicios— se ha convertido en un conflicto de alcance existencial para la coalición peronista. La tensión, que ya dejó su primera cicatriz en la fallida sesión legislativa del 14 de marzo, expone no solo diferencias tácticas, sino una lucha por el control del futuro político de la provincia más poblada de Argentina.
Raíces del conflicto: injerencias, listas y ambiciones presidenciales
Sin embargo la grieta entre Axel Kicillof y el kirchnerismo no nació con el debate por las PASO y el posible desdoblamiento eleccionario en la provincia de Buenos Aires. Sus raíces se hunden en una serie de fricciones históricas que incluyen injerencias en el gabinete bonaerense, monopolio en la confección de listas y una puja por el poder.
El primer quiebre significativo ocurrió cuando Máximo Kirchner, presidente del PJ provincial y operador oficial de CFK, impulsó en 2021 la incorporación de figuras ligadas a La Cámpora al gobierno de Kicillof. La llegada de Martín Insaurralde como jefe de Gabinete y de otros dirigentes de confianza de Cristina a un rol protagónico en áreas sensibles, fue interpretada por el círculo íntimo del gobernador como una intervención a su administración.
Esta acción agudizó el malestar que se había generado durante las elecciones legislativas de ese mismo año, cuando La Cámpora consolidó su control sobre las listas de candidatos, marginando a intendentes y dirigentes alineados con Kicillof.
«Fue un golpe bajo —admite un jefe comunal del conurbano—. Nosotros trabajamos en el territorio, pero las candidaturas las decidían desde una oficina en Capital». Este monopolio generó resentimientos que aún persisten, alimentando la percepción de que el peronismo bonaerense intenta operar como un feudo de CFK, incluso bajo la gestión de Kicillof.
El punto de mayor quiebre llegó en 2023, cuando Máximo Kirchner presionó a Kicillof para que abandonara la gobernación y encabezara la fórmula presidencial de Unión por la patria. Kicillof no solo rechazó la oferta y persistió en continuar al frente de de la gobernación, en ese momento también tuvo que defender con firmeza a su vicegobernadora, Verónica Magario —referente del peronismo matancero — como su compañera de fórmula ante la embestida del camporismo por ocupar ese espacio con alguien de sus filas.
La negativa selló dos certezas: Kicillof priorizaba consolidar su autonomía en Buenos Aires antes que someterse a pretensiones hegemónicas de La Cámpora. «Axel entendió que si cedía en Magario, perdía el control de su propio espacio —analizaba un senador oficialista—. Fue un mensaje claro: no es un empleado de Cristina».
El conflicto entre Kicillof y el núcleo duro kirchnerista adquirió dimensión nacional durante el proceso de elección interna del PJ. La pulseada comenzó cuando el gobernador de La Rioja, Ricardo Quintela postuló su precandidatura a presidir el Partido Justicialista nacional. Su movimiento fue interpretado como una avanzada que limitaba el liderazgo dentro del peronismo de CFK. Según fuentes cercanas a La Cámpora, esta movida contó con el respaldo tácito de varios gobernadores, incluido Kicillof.
La reacción kirchnerista no se hizo esperar: impulsaron un «operativo clamor», una estrategia para forzar la candidatura de Cristina Fernández como símbolo de unidad, pese a sus reiteradas negativas públicas. La presión incluyó movilizaciones callejeras, solicitadas en medios y un discurso coordinado de sindicatos y organizaciones sociales leales. Sin embargo, el gesto no fue bien recibido en todas las provincias. Kicillof, aunque finalmente respaldó a CFK, lo hizo con una frialdad que no pasó desapercibida. «Fue un apoyo técnico, sin fervor. No hubo actos masivos ni despliegue territorial como esperábamos», admitió un diputado nacional kirchnerista.
Para La Cámpora, la actitud de Kicillof rayó en la «traición». «Si no bancás a Cristina en la adversidad, no sos peronista», disparó un referente juvenil en redes sociales, en medio de una seguidilla de críticas públicas de intendentes camporistas hacia el gobernador. El malestar se extendió a otros gobernadores, pero fue en Buenos Aires donde la tensión se volvió personal: Verónica Magario, leal a Kicillof, calificó el operativo de «verticalismo anacrónico», mientras que jefes comunales kirchneristas acusaron al gobierno bonaerense de «fomentar la división».
Por su parte, los intendentes kicillofistas responden con datos y gestión: destacan la inversión en obras y acusan a los camporistas de «elitistas». «Nosotros estamos en los barrios, ellos en las bancas del Congreso», ironizó un dirigente del conurbano. Esta guerra de narrativas, lejos de apaciguarse, refleja que la grieta ya no es solo entre Axel y Cristina, sino entre dos modelos de peronismo en pugna: uno que prioriza los liderazgos y la gestión territorial y otro que se aferra a la épica militante.
Un debut con sabor a desafío
El Movimiento Derecho al Futuro (MDF), espacio creado por Kicillof para consolidar su autonomía dentro del espacio panperonista, protagonizó su bautismo de fuego en la Legislatura. Con un proyecto propio para suspender las PASO —presentado horas antes de la sesión solicitada por La Libertad Avanza—, el bloque kicillofista envió un mensaje claro: la gobernación ya no delega su destino en las directivas de CFK. Aunque el intento quedó en un impasse, la jugada reveló la voluntad de Kicillof de tensar la cuerda sin romperla.
Fuentes legislativas admiten que el gesto fue interpretado como una «declaración de independencia» por el kirchnerismo duro. «Axel está endureciendo su posición, pero evita el quiebre explícito», confió un diputado kirchnerista bajo reserva. El cálculo del gobernador parece claro: ganar margen de maniobra para las elecciones próximas sin cerrar las puertas a una alianza nacional de cara a 2027.
Diálogos en la sombra
Sin embargo, los tiempos electorales se acortan y son momentos de definiciones concretas. La posible alianza electoral en la provincia de Buenos Aires entre el PRO y la LLA consolidaría un frente electoral de centro derecha que podría estar cercano al 40 por ciento de votos. Una cifra que podría poner en peligro el liderazgo peronista en la provincia.
Así tras meses de roces y chicanas comenzaron las reuniones, articuladas por dirigentes que se posicionaron como mediadores, entre otros Gabriel Katopodis, Mariel Fernández y sobre todo Sergio Massa, para llegar a un acuerdo o por lo menos a una estrategia unificada para enfrentar con éxito el proceso electoral.
Según testigos hubo una ultima reunión entre Axel y Máximo donde trataron de lograr algunos acuerdos, pero sin éxito. Hoy por hoy la brecha no es ideológica, sino táctica y estratégica, mientras CFK insiste en elecciones concurrentes el mismo día, Kicillof apuesta al desdoblamiento de fechas argumentando problemas técnicos.
El ministro de Gobierno bonaerense, Carlos Bianco, resume la postura oficial: «Coexistir con el sistema nacional es inviable técnicamente». Sin embargo, analistas consultados advierten que tras el argumento logístico subyace una estrategia de separar las dos elecciones y lograr independencia en el armado de listas seccionales y municipales, sin la injerencia de los operadores de CFK.
Riesgos y cálculos
Kicillof necesita desvincular su elección de la polarización nacional para capitalizar su buena imagen de gestión. A su vez muchos intendente quieren aprovechar también su liderazgo territorial, sin el contrapeso de una elección nacionalizada que podría restarles apoyos.
CFK, en cambio, prioriza un frente unido que evite la dispersión de votos en un año crucial. Un resultado adverso podría poner en riesgo su actual centralidad. Un temor que en el Instituto Patria comentan en voz baja, es que no confían en el apoyo real y concreto de los lideres locales, estos podrían desentenderse de la campaña nacional, si no esta en juego el poder en su comuna.
Por otro lado el riesgo para el gobernador es doble: si cede, debilita su autonomía recién ganada; si avanza unilateralmente, quema puentes para 2027. «Juega al filo del abismo —analiza el politólogo Marcos Novaro—. Su fortaleza actual depende de no convertirse en otro Scioli, pero sabe que sin el aparato kirchnerista, su proyección nacional se limita».
¿Y la militancia donde está?
Axel está sufriendo una fuerte presión de parte de los intendentes y de la militancia que lo acompaña para que desdoble la fecha electoral y asuma una posición de mayor fuerza para la negociación que se viene.
«En 2021 y 2023 nos obligaron a apretar los dientes y bancar candidatos impuestos —recuerda un dirigente de La Plata—. Hoy muchos intendentes apoyan a Axel porque les prometió que esta vez no repetiríamos esa humillación». Sin embargo, la posible suspensión de las PASO y la presión por listas unitarias reavivan el fantasma de la exclusión.
«Nos prometieron competir, ahora hablan de ‘priorizar 2027’. Es una trampa», protestó un referente de La Plata. Sin PASO ni colectoras, el repuesto de candidaturas podría concentrarse en manos de CFK y Massa, relegando a los leales al gobernador». Otro dato que surge de las encuestas y del análisis de las redes sociales, la militancia silvestre y los sectores populares están pidiendo una acuerdo de unidad para enfrentar la gobierno nacional.
Un juego de ajedrez
El gobernador apuesta a construir un liderazgo que, sin romper con CFK, le permita negociar de igual a igual y consolidar su posición de cara al 2027. Máximo, en cambio, insiste en una lealtad sin fisuras. Un verticalismo duro, que por supuesto beneficia a él y a su espacio.
«Axel aprendió de los errores de Scioli —reflexiona un histórico del PJ—. Sabe que sin provincia no hay nación, y sin autonomía, no hay provincia». En este ajedrez tan complejo, «el verdadero triunfo —para ambos bandos— podría ser simplemente hacer tablas, por lo menos por el momento», reflexionaba un reconocido dirigente bonaerense.
Los próximos días dirán si estos conflictos terminan con una ruptura o en un acuerdo de conveniencia mutua. Pero una cosa es clara, la tensión entre Kicillof y el kirchnerismo trasciende lo electoral: es una batalla por redefinir las reglas de construcción del peronismo futuro.