Hay momentos en los que la política deja de ser un ring de frases y vuelve a ser lo que siempre fue: una disputa por la vida concreta. En la Argentina de Milei, el Gobierno ofrece una promesa simple y brutal: desarmar el Estado, “liberar” los mercados y ajustar hasta que cierre. Lo que queda del otro lado es una economía real que se autodestruye, provincias obligadas a sobrevivir con lo mínimo, pymes que hacen malabares para sostener empleo y una sociedad que siente que la cuenta siempre la pagan los mismos.
En ese cuadro, el peronismo —si quiere seguir siendo movimiento nacional y no un archivo de recuerdos— necesita una decisión política: pasar de la resistencia dispersa a la construcción de una alternativa de poder. Y esa alternativa, hoy, necesita un liderazgo con volumen nacional. No para “poner un candidato”, sino para ordenar un rumbo. Por eso, construir alrededor de Axel Kicillof un liderazgo nacional no es un capricho de interna: es una necesidad estratégica frente a un proyecto que no viene a administrar, sino a desarmar.
Porque Milei no es solo un presidente con estilo irritante o una retórica de shock. Es la expresión concentrada de un programa: desregulación, privatizaciones, reforma laboral, recorte del Estado social y subordinación de la política a los intereses más fuertes. Se gobierna desde la idea de que el mercado “ordena” y el Estado “estorba”. Ese relato puede seducir cuando la sociedad está cansada, pero se rompe cuando el ajuste se vuelve rutina, cuando el consumo se cae, cuando el trabajo se precariza y cuando el “orden” financiero no se traduce en bienestar.
La pregunta entonces deja de ser maniquea (“Milei o anti Milei”) y se vuelve histórica: ¿Quién conduce la reconstrucción del país real? ¿Quién se anima a articular una mayoría social que incluya a laburantes formales e informales, clase media golpeada, pymes asfixiadas, economías regionales, universidades, cooperativas y sectores productivos que todavía apuestan a un horizonte argentino?
Ahí aparece Kicillof como posibilidad, con una condición: salir definitivamente del molde “gobernador bonaerense” y asumir el rol de articulador nacional. Un liderazgo nacional se construye con diagnóstico, pero también con capacidad de organizar intereses, negociar, sumar, fijar prioridades y sostener un programa cuando aprietan los poderes de siempre. No se trata de gritar más fuerte; se trata de conducir mejor.
Y para conducir hay que decir lo que muchos esquivan: la Argentina no es una sola cosa. No es “AMBA contra interior”, ni “campo contra industria”, ni “Estado contra privados”. La Argentina es un mapa productivo diverso, desigual y en transformación: energía en Patagonia, minería en Cuyo y NOA, agroindustria en el centro, pymes y conocimiento en núcleos urbanos, servicios en expansión, con cadenas logísticas que fallan e infraestructura que se deteriora. Un proyecto nacional que pretenda gobernar tiene que integrar esa diversidad, no esconderla.
El desafío de fondo es construir un programa de país que tome las banderas históricas del peronismo —trabajo, producción, soberanía, justicia social y federalismo— pero las proyecte al futuro, sin consignas de museo.
Actualizar no es abdicar del pasado: es planificar el futuro. Hoy, trabajo también es formación, tecnología aplicada, productividad con derechos, combate a la precarización y reglas claras para que la modernización no sea una excusa para bajar salarios. Hoy, soberanía también es energía, datos, ciencia y control de cadenas estratégicas. Hoy, justicia social también es acceso a vivienda, salud, educación técnica y conectividad. Hoy, federalismo es infraestructura, logística y financiamiento: sin rutas, trenes y puertos en condiciones, el país se vuelve caro y chico.
Un liderazgo nacional tiene que hablar de eso con palabras simples y con medidas posibles. No alcanza con denunciar el ajuste; hay que explicar cómo se reconstruye. No alcanza con “unidad” como foto; hace falta unidad con programa. La gesta necesita épica, pero la gente también pide previsibilidad, laburo, precio razonable, seguridad cotidiana y una mínima certeza de que el esfuerzo tiene sentido.
Por eso, la construcción alrededor de Kicillof tiene que asumir una tarea doble. Primero, enfrentar el proyecto destructivo del neoliberalismo en su versión actual: la idea de que la sociedad es un costo y el Estado una molestia. Segundo, ofrecer un proyecto nacional integrador, capaz de contener a los 47 millones de argentinos sin borrar la diversidad regional, sin pedirle al interior que se subordine, y sin caer en el centralismo porteño que tantas veces nos hizo daño.
No hay conducción sin coraje, pero tampoco sin método. Eso implica federalizar la estrategia: caminar el país, construir acuerdos con gobernadores e intendentes, recuperar vínculos con sectores productivos, sindicales y sociales, y armar una agenda de desarrollo que no sea un listado de deseos, sino un orden de prioridades. Implica también entender que el adversario no es solo Milei: es la estructura de poder que se beneficia cuando la Argentina se desindustrializa, se endeuda, se primariza y se fragmenta.
La discusión de fondo no es si “vuelve el peronismo” con tal o cual formato. La discusión es si vuelve un proyecto nacional o si nos resignamos a vivir en un país partido: un enclave extractivista, exportación y finanzas, y un resto que se arregle como pueda.
Si el peronismo quiere seguir siendo el nombre político del movimiento nacional —aunque cambien los rótulos— tiene que volver a ser herramienta de organización y ascenso, no sólo identidad nostálgica.
La etapa que viene exige algo más exigente que el comentario indignado: exige conducción. Y si Kicillof va a encarnar esa conducción, el desafío es claro: salir de la defensiva y pasar a la ofensiva, integrar regiones, convocar mayorías y ofrecer un futuro que no sea sacrificio eterno.
En síntesis, construir alrededor de Axel Kicillof un liderazgo nacional no es un capricho personalista, ni solo la instalación de un candidato: es una necesidad estratégica. Y si esa construcción logra hacer lo que el momento exige —unidad con programa, federalismo real, defensa del trabajo y la producción y, sobre todo, futuro. Entonces puede volver a aparecer una palabra que hoy está en disputa: esperanza, pero con un plan y con poder para ejecutarlo.
