Intervención, ¡qué grande sos!

Solo unos pocos locos, por el momento, abominan de la intervención estatal para remontar la crisis financiera internacional, en un contexto en el que las que caen en picada son una buena parte de las corporaciones cuya capacidad de maniobra supera al de casi todas las naciones.

Pero los locos siguen en el poder. Fieles a sus intereses y reinterpretando a Keynes, Bush y Paulson organizaron un monumental salvataje bancario del que no hay antecedentes. Dicen que Allá Abajo, mientras un íncubo le aliviaba algún efecto no deseado de la eternidad, sir John recibió la medida con un pataleo histérico.

Intervenciones

La intervención estatal ya no es vista como una alternativa diabólica, y la futurología catastrófica del FMI y Banco Mundial ha perdido adeptos. O al menos eso parece: unos 2 mil millones de dólares de estos organismos financiarán una partecita del paquete de obra pública anunciado por Cristina.

Mirado globalmente, existe el riesgo de que todo se limite a algunos cambios cosméticos y que paguen más los que menos tienen.

La crisis se llevó por delante al neoliberalismo y a las doctrinas monetarias anexas, pero la mayor parte de los que hoy toman decisiones son neoliberales y monetaristas. Y además, todo indica que al crack bancario se le suma un fin de época.

Aunque suene increíble, los monetaristas creen íntimamente que el desempleo es voluntario. Al comenzar el siglo XIX, en plena Revolución Industrial, la Corona británica promulgó la Ley de Pobres que castigaba a quienes no estaban dispuestos a ser explotados durante 16 horas en una fábrica: las sanciones iban del corte de una mano para los primerizos, hasta al hacha para los reincidentes. ¡Eso sí que era intervención estatal! Es que las clases dirigentes inglesas estaban muy preocupadas por la inseguridad.

El sentido común indica que si la economía está estancada, la solución es aumentar salarios y bajar impuestos. De ese modo, crece la capacidad de compra del trabajador: al gastar más, las fábricas producen más y agotan stocks, que es lo que las envenena. El nivel del salario tiene que ser tal que no haya mayor demanda que oferta, (lo que aquí sucedía cuatro meses atrás) para huir de la inflación.

Con estos límites, santo remedio

Los 200 pesos otorgados a los jubilados ya se gastaron en una mesa navideña standard. Es probable que antes de fin de año también haya un aumento salarial, pero todos los actores son cuidadosos en tirar cifras, y de hecho el beneficio no incluirá a los trabajadores en negro, que constituyen el 40% de la Población Económicamente Activa (PEA).

La compra a crédito de autos aumentará la demanda, pero nadie sabe si las terminales agilizarán la oferta y si la tasa del 16,25% anual resultará atractiva para el consumidor.

La eliminación de la tablita confiscatoria de Machinea es una buena medida, sobre todo en lo conceptual. Aunque solo beneficia al 5% de la población económicamente activa, y no desapareció del todo la idea del goteo, es injusto que las sociedades anónimas tengan más desgravaciones que el sueldo de un trabajador.

A ponerse el casco

El otro gran reactivador de la economía es la construcción. El paquete argentino de 111 mil millones de pesos va en ese sentido, y no es la primera vez que el país acude a tal remedio. Además del período emblemático (y por ahora imbatible) del 45-55, podemos anotar las presidencias de Justo-Ortiz y la gestión de Krieger Vasena durante la dictadura de Onganía.

La construcción multiplica trabajo poco calificado, (el gobierno calcula que se crearán unos 370 mil nuevos puestos) y mueve industrias proveedoras de insumos; cemento, hierro, etc. Pero sus efectos no se verán de la noche a la mañana, y habrá que tener en cuenta otras variables, como los accidentes laborales, la planificación urbana y el trabajo en negro. Para todo eso, el gobierno está obligado a perfeccionar los instrumentos de control del Estado. Este Estado no sirve. Un país en el que ni siquiera se puede controlar el ulular de las ambulancias que recorren las calles a velocidades imposibles, no habla bien de su capacidad de regulación.

Ante el Gran Cimbronazo, Estados Unidos operó mediante la Ley de Recuperación de Industrial Nacional (NIRA), de 1933, que establecía regulaciones sobre horas máximas y salarios mínimos. La Administración de Recuperación Nacional (NRA), controlaba la producción de las industrias y sus precios, fijados en forma oligopólica.

En los Estados Unidos de la Gran Depresión, su gobierno creó la Administración de Obras Públicas (WPA), un organismo estatal que empleó en ocho años a 8,5 millones de trabajadores para levantar escuelas, caminos y hospitales. Y la estatal Autoridad del Valle del Tennessee (TVA) dragó ríos, y construyó medio centenar de represas, varias de ellas para generación hidroeléctrica. Roosevelt actuaba contra sus convicciones liberales (lo que no le impidió regular la actividad financiera), pero poco antes de que Hitler anexara Austria en 1938, la desocupación en Estados Unidos treparía nuevamente al 15% porque hubo aumento desmedido de impuestos.

No fue el New Deal el que terminó con la Gran Depresión. De hecho, la crisis continuó por casi una década y media, y debió desembocar en la Segunda Guerra Mundial, definida por Paul Krugman (premio Nobel 2008) como “un enorme proyecto de obras públicas”, que es como los economistas denominan a las grandes carnicerías. Dieciséis millones de soldados en la nómina estatal, mas una formidable reconversión industrial en material bélico, fueron suficientes como para reactivar la economía.

En definitiva, debieron suceder los campos de exterminio, la destrucción de Dresde y las bombas de Hiroshima y Nagasaki, mas unos 100 millones de muertos, para que se instaurara el Estado de Bienestar y la gente pudiera disfrutar del entrañable placer de estrenar cada año un lavarropas nuevo.

Plegarias

No hay certezas sobre lo que hará Obama aunque hay fuertes indicios de que se guiará por eso de que “es la economía, estúpido”. Afganistán, Pakistán y la India (uno de los motores de la demanda mundial) dejarán de ser territorios amigables y pueden entrar en el nuevo Eje light del Mal. La gran pregunta sigue siendo si los demócratas ejecutarán la agenda demócrata u optarán, como Clinton, por las recetas de mercado.

Lejos de esos escenarios pero a la vez como parte de ellos, la Argentina parece dispuesta a enfrentar la incertidumbre en las expectativas con una serie de medidas focalizadas que mantendrán el barco a flote. Todavía no sabemos en qué puerto se recalará.

Por lo pronto, hay que rezar para que quienes más nos compran (Brasil, la Unión Europea y China) no se caigan del mapa.

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