Inteligencia criminal

Vida y obra siniestra de Miguel Conde, el espía “intelectual” del Batallón 601 que operó en las mazmorras de la Esma. Ideas, acciones y obsesiones de un represor epistémico.

Atendió el teléfono antes de concluir el primer timbrazo. Una celeridad nada anómala en alguien con arresto domiciliario. Su voz era jovial pero cavernosa, como si sonara desde un tiempo remoto. De entrada se negó a ser entrevistado dada la fragilidad penal de su presente. Ocurre que Miguel Conde es uno de los diez procesados en el cuarto juicio oral por los crímenes cometidos en la ESMA. Aún así, se mostró muy hablador.

 

“Me acusan de mil secuestros con tormentos y otros tantos homicidios”, exageró, con un dejo de indignación.

 

En realidad sólo está imputado como coautor en 550 casos de privación ilegal de la libertad y 575 casos de imposición de torturas (seguidas de muerte en nueve ocasiones). Además se lo responsabiliza por el robo de 37 bebés.

 

A diferencia de sus colegas de causa, él no es marino; tampoco integró el Servicio de Inteligencia Naval (SIN) ni el tenebroso GT (Grupo de Tareas) 3.3.2 de la ESMA, aunque circulaba con absoluta libertad por los pasillos de aquel inframundo. Lo cierto es que pertenecía al Batallón 601 del Ejército. Y sus visitas al feudo secreto de Massera eran “en comisión”.

 

Tal circunstancia fue fruto de la singularidad de este personaje. Porque no se trataba de un esbirro común. En sus manos, el ejercicio del terrorismo de Estado poseía una finalidad –diríase– “académica”. En otras palabras, aquel hombre era una suerte de “represor epistemológico”. Un motivo valedero para explorar los recovecos de su vida y obra.

 

Legajo de Conde en el Batallón 601 de Inteligencia del Ejército.
El falangista

Alto, delgado y con una pronunciada calvicie. Así lucía él durante la segunda mitad de los setenta, cuando su presencia en las mazmorras de la Armada era cotidiana. En los interrogatorios, sus dedos solían juguetear con un llavero que exhibía el rostro de José Antonio Primo de Rivera, el fundador de la Falange Española. También tenía otra extravagancia: su insistencia en definirse como un “antiborbón de paladar negro”. O sea, odiaba al rey Juan Carlos, el sucesor de Franco. El sello hispánico de sus obsesiones tenía una razón de ser: Conde había nacido el 24 de febrero de 1931 en Madrid.

 

Era el menor de los cuatro hijos concebidos por el comerciante español José Luis Conde y la argentina Catalina Capdevielle. Siendo niño, la familia se estableció en Buenos Aires. El papá regenteaba una distribuidora mayorista de productos domésticos en la calle Fraga al 400. El joven Miguel egresó del Nacional Buenos Aires con calificaciones sobresalientes. Y empezó a cursar la carrera de Administración de Empresas. Pero después –por cuestiones que se desconocen– abandonó definitivamente los estudios universitarios. A partir de entonces se puso a trabajar con su progenitor. Recién a fines de 1972 ingresó al Batallón 601.

 

Conde estaba por cumplir los 42 años. Una edad algo tardía como para iniciarse en el mundillo de los “servicios”. Por aquellos días él residía –con su esposa, doña Norma Rosa, y dos hijos adolescentes– en un departamento de la calle Azcuénaga 1031. Y su existencia no podía ser más anodina. Pero alguien le vio condiciones para el nuevo trabajo.

 

Tal como consta en su legajo del Ejército –al que Zoom tuvo acceso–, quien firmó su aval para ser admitido en el Batallón 601 fue nada menos que Carlos Antonio Españadero. Posiblemente también haya sido su reclutador.

 

Es que Españadero era muy influyente. Se lo consideraba un verdadero burócrata del espionaje. Su espacialidad era el análisis y la valoración de datos e informaciones basadas por lo general en denuncias anónimas, infidencias o simples presunciones. En paralelo cultivaba otra habilidad: la penetración y el doblaje del enemigo. Estaba convencido de ser el funcionario del Batallón 601 que más sabía sobre el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). Además era un descubridor de talentos. De modo que no fue antojadiza su atracción por el aspirante Conde.

 

En el legajo de Conde figuran las «bonificaciones» que cobró por tareas «de riesgo».

Ya se sabe que éste poseía un perfil ideológico adecuado. Y su intelecto –superior a la media de los empleados del organismo– hizo de él una figura prometedora. Al ingresar como Personal Civil de Inteligencia (PCI) obtuvo la categoría “C-C3”, que significaba “agente secreto con funciones operativas”. Su alias de cobertura fue “Manuel Carames”. Pero en los centros clandestinos de exterminio se lo conocía como el “Pelado Cortés”.

 

El historiador

Ahora, a los 87 años, esgrime por teléfono: “Yo no puedo decir que no estuve, pero le aseguro que jamás le toqué un pelo a nadie. Hasta intercedí por ciertas personas, con todo el riesgo que eso suponía, eh.”.

 

Seguidamente, pasó a explicar su elección laboral:

“Entre allí porque necesitaba trabajo. Ni siquiera hice cursos con otros agentes. Yo no estaba en el día a día de la lucha antisubversiva. Yo tenía una tarea muy especial; una tarea investigativa. Pero no un tema táctico”.

 

Cabe destacar en este punto una particularidad de su legajo: desde julio de 1976 hasta por lo menos fines de 1982, hay por lo menos nueve órdenes de pago –que duplicaron su sueldo durante la totalidad de ese lapso– en carácter de “bonificación complementaria por actividad riesgosa”.

 

En ese tiempo es también cuando empezó a frecuentar “chupaderos” de otras fuerzas, como la ESMA; en este caso, por ser el GT 3.3.2 la encargada de enfrentar la guerrilla montonera. Ese precisamente era su “Santo Grial”. Al señor Conde le habían asignado una pintoresca misión: investigar a la “orga”, pero desde una perspectiva conceptual. Ello hasta incluía el alma del asunto. Y no es exagerado decir que él se había obsesionado con la cuestión.

 

Pero los represores navales le dispensaban a ese hombre más recelo que los cautivos. Y ordenaban: “No le digan nada a este tipo”.

 

El “Pelado Cortés” interrogaba convidando cigarrillos y chocolates. Su conversación era muy amena, llena de desviaciones –en apariencia– casuales. Era su manera de obtener información. El tipo “atendía” a sus “fuentes” en un habitáculo únicamente amoblado con un pupitre y dos sillas.

 

La sobreviviente Mercedes Inés Carazo lo recuerda –en su declaración testimonial– por su empeño en preguntar por la fusión de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y Montoneros. “Parecía una persona muy conocedora, y las FAR tenían para él un interés muy particular”. A su vez, la sobreviviente Pilar Calveiro –en su declaración testimonial– lo recuerda por llevar siempre una carpeta con fotos de militantes. “Hablaba de ellos como si los conociera de la infancia y –aseguró– sus características personales le interesaban más que los datos “duros”. Eso también llamó la atención del sobreviviente Martín Gras, quien –en su declaración testimonial– sostuvo que ese inquisidor era “un experto en la denominada ‘montología’; es decir, quien era amigo de quien, y como eran en la ‘orga’ las internas más insignificantes”. Desde un plano más totalizador, señaló que ese individuo privilegiaba la “reconstrucción histórica por sobre la información de valor operativo inmediato”. Pero también evocó su notable curiosidad por el malogrado jefe montonero, Roberto Quieto, cuyo secuestro y destino final aún es un enigma. Al respecto –según Gras–, Conde se “adjudico su participación en un interrogatorio que le hicieron en Campo de Mayo inmediatamente después de su captura.

 

Y –en diálogo con Zoom– amplió: “El Pelado Cortés se fue entonces de boca, al decir que Quieto había cometido un error: creer que se iba a negociar con él de comandante a comandante”.

 

Gras entonces quiso saber si Quieto todavía estaba vivo. La respuesta de Conde habría sido: “No me haga una pregunta que me obligue a mentir”.

 

Por este crimen, dicho sea de paso, Conde jamás fue molestado.

Conde (izquierda) ante el tribunal que lo juzga por crímenes de lesa humanidad.

 

El fugitivo

Al concluir la última dictadura, Conde se replegó al área administrativa del Batallón 601. Y en la primavera de 1987 obtuvo la baja; entonces se reintegró a la vida civil con suma discreción. Casi nada se supo de él desde entonces.

 

Tal vez el 18 de febrero de 2010 haya sentido un ramalazo de pánico al ver su nombre completo en la lista del Batallón 601 que acababa de publicar la revista Veintitrés. Pero el asunto no pasó a mayores.

 

Recién el 23 de abril de 2013 el pasado cayó estrepitosamente sobre su cabeza cuando la Policía Federal lo detuvo en Necochea.

 

Conde se había radicado allí a fines de los ’90. Y residía en un cómodo departamento del edificio Ciudad Marítima, donde hasta consiguió empleo de administrador. Es que él, al igual que el criminal nazi Erich Priebke, supo ser un “buen vecino”. A su edad aún jugaba al tenis en un club del barrio, además de disfrutar del mar aún en los días ventosos. Y sin descuidar su vida social.

 

Ahora sabe que su suerte está echada.

 

 

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