Informe. Colombia: segundo mandato para Uribe, nuevo camino para la guerra civil con ayuda norteamericana

Por Causa Popular.- Siempre cabalgando sobre extremos opuestos. Paramilitares, secuestros, deportaciones, guerra civil, escuadrones de la muerte, sicarios, narcotráfico y estado de sitio, son los rasgos ineludibles a la hora de pensar las particularidades que Colombia muestra a los observadores internacionales. Sin embargo, aunque eclipsada por la violencia cotidiana, es el país de América Latina en el que mejor funcionó la alternancia electoral, donde más elecciones hubo y menos dictaduras sufrió. Al bipartidismo dominado por conservadores y liberales, se le opuso la guerrilla que en la actualidad controla el 42 por ciento del territorio colombiano. Las últimas elecciones le otorgaron al actual presidente el mayor porcentaje de votos de la historia del país, un resultado que analizado en forma aislada, no hace más que confirmar una tradición que toma nueva fuerza. Aunque prometió en la campaña mayor diálogo con la guerrilla, el conservador Álvaro Uribe no podrá hacer otra cosa que profundizar la guerra civil con ayuda norteamericana. Pero, a pesar de este preocupante panorama, uno de los ganadores indiscutibles de las últimas elecciones presidenciales realizadas a fines de mayo fue la izquierda democrática.

Después de las elecciones en Chile, Costa Rica y Perú -pendiente todavía de la segunda vuelta- la elección que tuvo lugar el pasado domingo 28 de mayo en Colombia, fue la cuarta en un año clave para el futuro de la región. El nuevo mapa latinoamericano terminará de delinearse con las elecciones mexicanas en julio, las de Brasil y Ecuador en octubre, y las de Venezuela en diciembre.

Con el 62% de los votos, Álvaro Uribe, el alfil norteamericano en América Latina, y el último de los presidente neoliberales que logró sobrevivir a las desigualdades sociales que generó este modelo, se convirtió en el mandatario colombiano en alcanzar el mayor porcentaje de votos en la historia de su país. No es para nada menor destacar, de todas formas, que lo hizo en una elección en la que se abstuvieron de votar el 55% de las personas empadronadas para hacerlo. De un total de 27 millones de colombianos en padrón sólo asistieron a las urnas poco más de 7,36 millones de ciudadanos.

Si los colombianos parecen estar acostumbrados a vivir en los límites, las elecciones difícilmente pudieran llegar a convertirse en una excepción. En un escenario de guerra civil que lleva más de 40 años, votar puede significar poner en riesgosa la vida. Pero no sólo el sistema institucional no parece mostrar la suficiente fortaleza para garantizar la utilidad del voto como herramienta de cambio.

No sorprende, en consecuencia, que la abstención ronde de manera permanente el 50%, y el Estado ofrezca diversas compensaciones que abren numerosas puertas al clientelismo. Otorgar prioridad a quienes aspiran ingresar en instituciones públicas o privadas de Educación Superior, en la adjudicación de becas y empleos, rebajas de uno o dos meses a quienes cumplen el servicio militar, descuentos en el pago de estudios y en trámites oficiales tales como la expedición de pasaportes o cédulas de identidad. Así y todo 20 millones de ciudadanos decidieron quedarse en sus casas el domingo.

Antes de los comicios las autoridades militares intentaron ofrecer seguridad a los votantes e informaron que alcanzarían a cubrir el 99% de los lugares con puestos de votación, en tanto que fueron movilizados 13 batallones en los departamentos con mayor presencia de la guerrilla. No hay dudas que la fuerte alianza entre el gobierno y los militares tiene un objetivo común: las fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Lejos está el despliegue militar de intentar garantizar la limpieza y transparencia de los comicios. Esto quedó demostrado con las denuncias de políticos de izquierda y analistas políticos que denunciaron presiones de los paramilitares, sobre todo en las zonas rurales, para que la gente contribuya con su voto a la reelección.

Finalmente, Uribe gobernará durante cuatro años más con mayoría absoluta en el parlamento y el apoyo incondicional de los Estados Unidos. El oficialismo cuenta con una mayoría del 61% en el Senado, y el 57% en la cámara baja, ambas ganadas en las elecciones legislativas del 12 de marzo pasado. Estos porcentajes le garantizarían al oficialismo el control absoluto del poder legislativo durante su segundo mandato.

Además de apoyo del Congreso, tampoco le faltará al gobierno el dinero proveniente de Estados Unidos, ni los asesores del Pentágono. El Congreso ya acordó prorrogar por un nuevo período el peligroso y amenazante Plan Colombia, y el Comité de Gastos de la Cámara de Representantes norteamericana aprobó, a escasos días de las elecciones, una abultada ayuda económica directa para el año fiscal 2007, que ascenderá a 624,35 millones de dólares. Sin embargo, al que después suelen acusar de intervenir en las elecciones de otros países es al presidente de Venezuela Hugo Chávez.

La cifra fue propuesta, considerando la categoría de “aliado estratégico” que Washington concede a Colombia en su vieja y cuestionada lucha contra el narcotráfico, y en su más reciente batalla “contra el terror”, según explicó Jim Kolbe, presidente del subcomité de Operaciones Exteriores del Congreso. La propuesta prevé el retiro de 220,3 millones de dólares del dinero que se destina a la llamada Iniciativa Andina Contradrogas (IAC), que se colocarán en un fondo especial del cual el gobierno colombiano podrá usar dinero cuando considere necesario.

Adicionalmente, y bajo ciertos condicionamientos, los Estados Unidos pusieron a disposición de Colombia, una asistencia de 20 millones de dólares para la desmovilización y desarme de “combatientes irregulares”, categoría donde se incluye por igual a los paramilitares, como a los movimientos guerrilleros FARC y ELN.

El Polo Democrático Alternativo, sepulturero del bipartidismo

El esquema de liberales y conservadores se mantuvo vigente en Colombia hasta el pasado domingo, no porque los partidos tradicionales hayan sido desplazados, sino porque aquello que en Colombia llaman izquierda democrática, nominalmente, ascendió los peldaños que necesitaba para convertirse en la segunda fuerza política y romper el círculo vicioso de la alternancia en el país en la que ésta mejor funcionó, y que le otorgó numerosos réditos a la oligarquía local.

En 150 años hubo en Colombia: seis guerras civiles, juntas de gobierno, revueltas palaciegas y matanzas de campesinos, algún dictador y un Bogotazo, la más grande y sangrienta sublevación popular latinoamericana, provocada por el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en la que estuvo involucrado la CIA, un caudillo liberal cuya muerte desactivó por 50 años el impulso de la modernidad política, y abrió la puertas para que los proyectos de cambio sólo se mostraran posibles recurriendo a la lucha armada.

La izquierda democrática obtuvo por primera vez el segundo lugar en los comicios. El Polo Democrático Alternativo liderado por Carlos Gaviria, un ex profesor universitario que tuvo a Uribe como alumno, aunque no logró forzar una segunda vuelta como esperaba, alcanzó separarse del liberal Horacio Serpa lo suficiente como para consolidarse como la primera fuerza opositora con el 24%, y blanquear la precaria situación del Partido Liberal, una de las fuerzas dominantes en el sistema bipartidista que sólo alcanzó un 11,92 por ciento.

El Polo Democrático Alternativo, es una coalición que se dio a conocer con fuerza cuando Luis “Lucho” Garzón, un ex dirigente sindical que participó de su fundación, obtuvo ruidosamente la alcaldía de Bogotá, en diciembre de 2003. La popularidad del Polo había quedado en evidencia, luego del honroso tercer puesto alzado en los comicios presidenciales que, un año atrás, ganara Uribe. Desde entonces los analistas colombianos califican esta coalición como “nueva izquierda”.

“Lo que nos permite llamar de izquierdas simultáneamente a gobiernos tan diferentes como el de Chávez, Lula, Tabaré Vázquez, Michelle Bachelet o Kirchner es la coincidencia en que el poder político debe ejercitarse para los que se encuentran en peores condiciones sociales. Eso para mí signa a la izquierda. Cada uno atiende las situaciones de su respectivo país habiendo cierta afinidad en las situaciones. Sin embargo, hay especificidades que determinan que el poder se ejerza de distinta manera y con el ingrediente personal que es el estilo de cada uno”, expresó Gaviria en una entrevista la semana anterior a los comicios.

Frente a la mano dura que se adivina primará en un segundo mandato de Uribe, Carlos Gaviria y el Polo Democrático preconizaron durante la campaña electoral, en primer lugar, justicia social y una salida negociada al conflicto armado con la guerrilla que posibilite invertir en salud y educación, los millones que el Estado colombiano dedica hoy a la guerra, buscando de esta manera atacar las causas de conflicto, y nos las consecuencias.

Aunque Gaviria no se considera comunista, reafirma su activismo en las filas de la izquierda democrática del país. Durante la campaña se sumó también entre sus propuestas el rechazo a la incorporación de Colombia al Tratado de Libre Comercio (TLC), la ayuda financiera exterior condicionada a la guerra y la extradición. A su vez defendió un acuerdo de intercambio humanitario en favor de los más de 4.000 secuestrados y propugna la mejora de las relaciones comerciales con el presidente de Venezuela Hugo Chávez.

La noticia en América Latina es la irrupción de gobiernos desligados de la política tradicional, si algo dejaron en claro las elecciones colombianas, es que ello no ocurrirá en ese país si Carlos Gaviria no consolida el despegue que mostró en estas elecciones.

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