Imaginar o perecer

Por Teodoro Boot, especial para Causa Popular.- El grado de consubstanciación entre la sociedad argentina y su clase dirigente puede dar a veces la falsa impresión de que en nuestro país hubiera triunfado un proceso revolucionario. Tanto es esta consubstanciación que pueblo y dirigentes acabaron por ser la misma cosa. O quizá haya sucedido todo lo contrario, porque ¿Cómo explicarse la obsesión de los dirigentes políticos por desentrañar qué es lo que tienen en la cabeza los ciudadanos, ya sea a través de encuestas semanales como de la meticulosa lectura de las demandas mediáticas?

No es broma. Los dirigentes políticos realmente tratan de hacer lo que la gente quiere, tal vez porque ellos mismos no saben que es lo que quieren. Pero ocurre que “la gente”, una generalización, no puede saberlo, y sus demandas son contradictorias y a menudo excluyentes: “Que los desocupados puedan reclamar, pero que no corten el tránsito y que no sean reprimidos por la policía”; “Estoy de acuerdo con el paro de subterráneos, pero yo tengo derecho a llegar a Constitución”; “La seguridad de los boliches es imprescindible, pero que los abran porque tenemos que trabajar”; “No me importa que haya un temporal, yo saqué pasaje, tengo pocos días de vacaciones y quiero viajar, pero exijo que no se hunda el Buquebús”; “Quiero acostarme con la más linda del burdel, que me salga gratis, no usar preservativo y no contagiarme de Sida”. Como querer, se puede querer cualquier cosa, y aunque no es posible ni deseable que todos quieran lo mismo, debe exigirse que las demandas se presenten con un mínimo de coherencia y un razonable orden de jerarquías. Pero no más que eso: un automovilista cuaquiera no puede saber que el extremo de dirección de su auto está flojo, y si bien es cierto que ante la disyuntiva de lavarlo o llevárselo al mecánico lo que haga no da lo mismo, si va al mecánico es responsabilidad de éste advertir la avería antes de que se produzca una catástrofe.

Si en vez de hacer su trabajo los mecánicos estuvieran pendientes de los deseos más recónditos de sus clientes, habría muchísimas catástrofes cada día. Esto es lo que pasa cuando los políticos están pendientes y dispuestos a satisfacer los deseos más recónditos de “la gente”: se estrellan los autos y hay que salir de apuro a reparar los daños. Sucede cuando la dirigencia política actúa -y lo que es peor, piensa- según se vayan produciendo las catástrofes o escándalos.

Fueron necesarios sesenta kilos de cocaína que quedaron boyando en el aeropuerto de Barajas para que después de 22 años de gobiernos constitucionales el Poder Ejecutivo decidiera poner fin a un negocio en que la Fuerza Aérea hacía “caja” con el contrabando múltiple aunque especializándose en armas y drogas.

Dije el Poder Ejecutivo y dije mal: el Presidente de la Nación, porque si era por el ministro Pampuro todo hubiera quedado en un parche más o menos prolijo, exactamente como viene ocurriendo en los últimos 22 años.

Ahora bien, si el descabezamiento de la Fuerza Aérea y la presumible disolución de la Policía Aeronáutica son reacciones elogiables, también es cierto que no era necesario que se produjera la catástrofe (el escándalo internacional) para saber que aquella iba a ocurrir, inevitablemente, pues para eso fue organizada la Policía Aeronáutica, privatizados los depósitos fiscales y aeropuertos y desquiciada la Dirección Nacional de Aduanas.

Tan obvio como que si cubro un salón con una malla plástica inflamable, tarde o temprano se va a prender fuego.
Este hábito o patología de nuestra clase dirigente de reaccionar a medida que se producen los escándalos, que sobrevienen las catástrofes o que un problema adquirió tal dimensión que ya no hay Dios que lo arregle -tributario de su obsesión por seguir minuciosamente los humores y malhumores de los ciudadanos- lleva a que en este episodio de exportación de cocaína se pase por alto un detalle mucho más importante: que esa droga entró.

La Argentina no es un país productor de cocaína, sino de tránsito. Es muy serio que se lo use de trampolín para introducirla en otros mercados, pero mucho más grave que esa mercadería transite, porque eso supone que entra, y, en consecuencia, que también queda.

Más allá de la imprescindible discusión sobre la conveniencia de legalizar y regular la comercialización de algunas de las sustancias hoy prohibidas, en tanto estén prohibidas dan lugar a un mercado ilícito, no regulado, delictivo en más de un sentido, y sumamente rentable.

Desde hace ya muchos años, pequeños núcleos poblacionales del Gran Buenos Aires viven y subsisten de y para el narcotráfico, ante la permisividad, complicidad y luego impotencia policial, y la vista gorda de gran parte de una dirigencia política, que cuando finalmente quiere tomar el toro por las astas, termina agarrándose la cabeza: lo que empezó como una industria pequeña, de la que era posible obtener financiación para las campañas políticas y recursos operativos para las fuerzas policiales (que además suponía una fuente de empleo, para ancianos que de otro modo habrían muerto de hambre, o niños y adolescentes que podrían haberse vuelto mucho más peligrosos, por ejemplo, exigiendo los derechos que asisten a cualquier ciudadano, en mayor medida si se encuentra desprotegido) se transformó en muchas y grandes zonas del conurbano, en un poder paralelo, profundamente imbricado con una sociedad que, en tanto subsiste gracias a él, lo protege y apoya, pasiva y activamente.

Como todavía no estalló ningún escándalo de envergadura, el coche no se estrelló contra el guardarrail, no se produjeron catástrofes, para nuestra dirigencia política el problema no existe y lleva alegremente el auto al lavadero para que se vea más lindo, que al cabo es lo que importa.
Esta idea de que lo único importante es lo que se ve condena a cualquiera a una perpetua frustración: lo invisible, tarde o temprano estalla. Y cuando lo hace, suele ser tarde.

A una sociedad sumida en la confusión, incapaz de establecer prioridades y jerarquías, insatisfecha y demandante, y a la vez incapaz de asumir el mínimo costo a fin de obtener lo que pretende, lo peor que puede ocurrirle es que su clase dirigente se conforme a su imagen y semejanza, que su preocupación esencial sea averiguar qué es lo que “la gente quiere”. Una clase dirigente sin la voluntad, inteligencia y autoridad moral indispensables para interpelar a esa sociedad, cuestionar sus valores, establecer prioridades y marcar un rumbo.

Y sin embargo, todo está ahí, a la vista. Está a la vista la “favelización” de nuestro país, la cooptación por parte del delito de extensas áreas del Estado, las no tan lejanas guerras entre narcotraficantes. De la misma manera que estuvo a la vista cómo la creación de la Policía Aeronáutica, la privatización de los aeropuertos, la soberanía absoluta de Edcadassa y la destrucción de la Aduana, sólo necesitaba, para cerrar el circuito, de la creación de una línea aérea concebida para el contrabando en general, y el narcotráfico en particular.

Hay mucho más que una exportación de drogas: existe una mucho más grave y previa importación, que siempre va a suponer una distribución local, la conformación de un mercado y en consecuencia, de un poder paralelo que lejos de ser controlado, fiscalizado o combatido por el Estado, opera sobre él, lo perfora y lo desarticula.

Hay mucho más que una trama delictiva en la Fuerza Aérea, que una asociación ilícita entre brigadieres y empresarios; se trata de un sistema ilícito, una trama seudoempresaria creada con el propósito de delinquir. Si todo queda en el descabezamiento de la Fuerza Aérea y la disolución de la PAN, será un maquillaje que nos permitirá estar más o menos presentables en la fiesta, tan presentables como los muertos en el velorio.

Cuando es necesario replantear el papel que el Estado juega en la sociedad (teniendo presente que siempre y en todo rubro, los negocios sin control ni regulación estatal devienen inevitablemente en actividades mafiosas) lo peor que puede ocurrirnos es enredarnos en un debate de naturaleza ideológica, en una guerra de supuestos principios detrás de los que nos escudemos para no tomarnos el trabajo de pensar, poniendo los instrumentos por encima de los propósitos. Se trata de crear o, en palabras de Simón Rodríguez a su alumno Bolívar, de “imaginar o perecer”.

Y va de suyo que esto no se consigue mediante encuestas, leyendo los diarios o haciendo “lo que la gente quiere”.

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