“Huir del nacionalismo ramplón” (Críticas a “23 píldoras amargas” de Teodoro Boot)

Por Horacio Caballero, publicado en Criticaresfácil.com (*), gentileza para Causa Popular.- A pesar de que algunas afirmaciones de Teodoro Boot son totalmente compartibles (y ciertas), otras generan enormes dudas, algunas no tienen nada que ver con el asunto que nos ocupa y otras, finalmente, son un enorme disparate. Por empezar por las últimas, no me imagino de dónde sacó el dato de que la cuarta parte de la superficie del Uruguay está forestada con especies exóticas. Semejante pifia le quita seriedad al artículo.

Otro tanto ocurre con la muy bustiana sugerencia del final de su artículo en el sentido de que el gobierno del Frente Amplio se vendió por unas monedas, como un asqueroso Judas.

Entre las aseveraciones que me producen dudas, destaco la de que la Unión Europea prohibió la instalación de plantas de celulosa. Si Boot puede aclarar cuándo y en qué resolución se tomó esa decisión, me gustaría que lo hiciera. Esto viene a cuento de que se suele afirmar que esas inversiones se desplazan a estas latitudes porque en la UE ya no se les permite contaminar cuando, en verdad, creo que se debe, como afirmo en el artículo, a la muy capitalista tendencia a elegir aquellos lugares que les permiten obtener los beneficios más elevados.

Mi opinión es que vienen a instalarse aquí, porque aquí está la materia prima de esa industria. El de la forestación me parece que es el más importante asunto ambiental y que, por desgracia, está completamente ausente de este seudodebate.

La crítica puramente ideológica al «entreguismo» y la traición de los dirigentes del Frente Amplio le merecerá a cada cual la opinión que le merecerá, pero no viene a cuento en este asunto. Estoy de acuerdo en que muchos dirigentes de izquierda de este país están diciendo ahora en el gobierno unas cuantas cosas que no decían cuando estaban en la oposición, pero entre ellas no recuerdo que estuviera la de que se opondrían a las plantas de Fray Bentos.

Aquí lo que estamos discutiendo son los eventuales beneficios y perjuicios de permitir la instalación de dos plantas de celulosa y no si las Malinches o los Pizarros eran buena o mala gente o qué pitos toca Tupac Amaru con el cloro elemental.

Los lamentos de Boot por la pérdida de «soberanía» nacional en estos países se parecen a una fiebre nostálgica, propia de los que no se enteraron de una tendencia irrevocable de estos tiempos de globalización: la impotencia de la política y de los Estados nacionales para someter a una economía nómade y globalizada a los imperativos de la justicia y la igualdad.

El reconocimiento tácito de los gobiernos de Tabaré Vázquez, Lula, Lagos y muchos otros de que el capital globalizado es escurridizo y que, por ende, hay que hacer concesiones para «evitar que emigre» a plazas más atractivas son una muestra de esa impotencia de la política. No pueden atribuirse a una coartada propia de «traidores». Me parece una explicación útil para «confirmar» las teorías de los que la enuncian, pero es simplista hasta la caricatura.

Si hay alguna posibilidad (insisto, si hay alguna posibilidad) de que la política deje de ser impotente frente al mercado (y que los gobiernos no tengan que seguir temiendo al nomadismo del capital) es precisamente terminando con esa ilusión que es la «soberanía nacional».

La única posibilidad es crear alguna forma de política e institucionalidad tan globales al menos como la economía. Esa política supranacional supondría, como es obvio, renunciar a ciertas parcelas de soberanía estatal propia.

Insistir con la cantinela de la soberanía nacional puede ser políticamente correcto pero es además la vía más segura para reproducir la impotencia. Pensaba que un Mercosur político (con su legislación propia, ergo con menos soberanía de sus Estados miembro) podía ser un comienzo en este sentido. Pero me parece que va camino de convertirse en una frustración más.

En este sentido no le sorprenderá a Boot que coincida plenamente con él en que una de las mayores tragedias del caso de las plantas de celulosa es el nacionalismo ramplón que está desatando a un lado y otro del río (pero sobre todo en Uruguay). Ya no me quedan dudas de que el gobierno del FA está intentado usar el miserable y provinciano sentimiento anti-argentino que existe en este país para legitimar un emprendimiento controvertido.

Y por supuesto que coincido totalmente con él en que la arrogancia y la terquedad del gobierno uruguayo, la decisión no consultada con Argentina de seguir adelante con el proyecto a cualquier precio están en el origen de esta lamentable pelea de barrio.

Pero insisto en que lo que está en juego en este pseudodebate no es si vivimos en un mundo injusto o si hay traidores a determinadas causas sacralizadas de antemano, sino si las plantas traerán beneficios o perjuicios a los ciudadanos y cuáles son éstos. Sería hora de empezar a discutirlo en serio, en lugar de recurrir a la propaganda o a las consignas políticamente correctas.

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